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Relata terror en Egipto

2-RelataMÉXICO, DF.- Durante las horas que pasó tumbado en el desierto con una fractura expuesta en la pierna derecha y quemaduras en su cuerpo, Juan Pablo García tranquilizó su angustia pensando en  sus sobrinos y en el jugo de una lima.

Una serie de coincidencias lo llevaron sin gran planificación a ese viaje a Egipto organizado por su grupo de oración.

Al segundo día del viaje, tras conocer las pirámides y la Esfinge, el plan era terminar el recorrido en un oasis. Salieron en cuatro camionetas 4×4 y cerca del desierto llamado “blanco” se pararon debajo de una duna para almorzar.

Mientras jugaban y se tomaban fotos un sonido parecido al de un helicóptero los paralizó y entonces  explotó una camioneta.

Nunca vieron la primer aeronave. Entre sollozos, Juan Pablo recuerda el shock al ver que sus compañeros sostenían parte del rostro desprendido de su compañera Lulú.

Los gritos de “¡Estoy herido!” se multiplicaron. Todos tocaban su cabeza, su cuerpo, sentían en la piel escozor por vidrios y arena.

Pasó otro helicóptero con metralletas por fuera y comenzaron los disparos. Sólo recuerda las luces de las ráfagas que salían en círculo de la aeronave y que destrozaron la segunda camioneta.

Entre el humo, las llamas y la arena, desde otro helicóptero les dispararon. Juan Pablo corría, sintió una bala en la pierna y algo en las costillas que lo quemaba.

En la duna sentía que se desangraba. Veía  a sus compañeros, los escuchaba rezar y hasta respirar.

Pasó horas tirado hasta que se ocultó el sol. Agradeció a Dios lo que le había dado y preguntaba: “¿Dios mío, dime, qué quieres que haga? Si me quieres vivo ¿Qué debo hacer?”.

Por la tarde comenzaron a llegar civiles que los grababan con sus celulares. Las patrullas y los policías pasaban a su lado y los miraban preocupados.

“Sentí como un soplo de vida y me incorporé. Al verme me subieron a la camioneta y el traslado de la ambulancia fue muy largo, pedía agua”, recuerda.

En el hospital, los enfermeros y médicos se disculpaban. Al día siguiente llegó el Embajador con su esposa y personal de la Cancillería.

Ahora en el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) donde atienden sus heridas, asegura que tiene un compromiso de servicio para que su testimonio pueda producir esperanza.

Su principal recomendación: “Digan te quiero, te amo. Abracen y con métodos dóciles ayuden a mejorar la conciencia”.

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