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Cómo enseñarle inteligencia emocional a mi pequeño hijo

1-inteligenciaLa regulación afectiva está profundamente ligada a su base cognitiva, la denominada capacidad reflexiva. Se trata de la capacidad de pensar en los estados emocionales y mentales propios y ajenos. Las relaciones tempranas de apego suponen el escenario en el que se desarrolla dicha capacidad

La capacidad reflexiva, o también denominada “mentalización” es la que permite comprender las emociones, intenciones y pensamientos propios y ajenos, aquello que no se observa, pero se infiere (Fonagy y Target, 2000; Fonagy, 2004; Fonagy y Bateman, 2008). Constituye un importante hito del desarrollo que se da durante la primera infancia en el escenario de una relación de apego segura (aunque siempre hay posibilidad de desarrollarla más tarde).
Aprender a identificar las propias emociones y, sobretodo, a pensar en ellas es el primer paso para desarrollar la capacidad reflexiva pero…¿cómo se aprende?

¡Socorro! ¡Estoy sufriendo
y no sé cómo decírtelo!
El niño está sufriendo por algo y manda una señal a la persona que está con él, en forma de llanto: “estoy sufriendo mucho, no sé qué hacer, te mando este sufrimiento a ti, a ver si puedes hacer algo”.
Al adulto que está vinculado emocionalmente con el niño, lo que le llega es toda su angustia. El niño pasa al adulto aquello que no puede digerir.
Para poder devolver un reflejo de esa emoción ya digerida, el adulto debe tener cierta capacidad reflexiva, ya que tiene que hacerse una idea mental de lo que el niño siente; una vez hecha esa representación mental de la emoción, podrá calmarle y devolvérsela de una manera manejable. Le está dando el modelo de alguien capaz de calmar el sufrimiento, y el niño comenzará a hacer suya esa imagen para poder empezar a conocerse, aceptarse y calmarse a sí mismo en futuras ocasiones.
Devolver al niño una versión más manejable de sus estados emocionales facilitará la génesis de estrategias de regulación emocional y le ayudará a ir organizando una identidad coherente (Fonagy, 2004; Fonagy y Bateman, 2008). Es comprensible pensar que un sistema de apego seguro y sensible será el campo de práctica perfecto para el desarrollo de esta capacidad, pues equivocarse no trae consecuencias negativas. Es en este tipo de relaciones en las que el niño puede aprender a manejar sus sentimientos con la seguridad de saber que, si no lo consigue, siempre habrá alguien ahí para ayudarle.
El niño que no es recogido ni cuidado durante sus primeros meses de vida va a aprender muy pronto que no hay nadie ahí fuera que le pueda contener. Y si eso no lo aprende recibiéndolo, no va a poder ser continente de sí mismo, no va a aprender a tolerar las experiencias dolorosas de la vida porque nadie le enseñó.
Hoy se sabe que abandonar a un niño en su angustia, además de afectar a regulación afectiva, podría provocar escasa tolerancia a la frustración e impulsividad. Han aprendido que, si no se obtiene lo que se desea inmediatamente, el sufrimiento es intolerable y que la espera nunca trae nada bueno.
¡No me digas que “eso es una tontería” porque para mí no lo es!
Si a un niño que ya entiende lo que se le dice no le explicas nada de lo que siente o le dices que lo que le pasa es una tontería, mantendrá toda su angustia sin saber ponerle un nombre.
Al calmarle le comunicas, “estoy contigo”. Es entonces cuando aprenderá que en el mundo hay personas en las que confiar. Si además le explicamos qué le sucede, aprenderá a entender qué es lo que le pasa y comenzará a desarrollar la importante capacidad reflexiva.
Si el cuidador supone una amenaza, equivocarse al reflexionar sería demasiado peligroso; al no contar con un campo de entrenamiento óptimo, estos niños generarán una capacidad de mentalización limitada y rígida. Esta capacidad no llegará a desarrollarse del todo, por lo que los niños se quedarán a medias en su percepción de la mente de sí mismos y de los otros.
Su realidad mental adquirirá para ellos carácter de realidad absoluta, no serán capaces de comprender otras perspectivas que no coincidan con la suya y perderán la capacidad de ser flexibles.

Los mejores padres: ¡los imperfectos!
Los científicos Dicorcia y Tronick (2011) plantean que los niños que se ven expuestos en su desarrollo normal a pequeños fallos que surgen en la relación con su cuidador principal tendrán un desarrollo socioafectivo óptimo. Esto coincide con el concepto de “madre suficientemente buena” de Winnicott (especialista en la teoría del apego).
Son fallos esporádicos y cotidianos que permiten una reparación. La clave está en conseguir que concluyan que, aunque un día no lleguemos a tiempo, no le hemos abandonado. Que, aunque alguna vez no consigamos calmarles, estaremos ahí para acompañarles si lo necesitan. Que nadie es perfecto, ni siquiera mamá o papá, y que ellos tampoco tienen porqué serlo.
Son aprendizajes importantes que pueden llevarse a cabo sólo si se han puesto previamente unos buenos cimientos y la relación de apego es segura y consistente.
Por último señalar que, si bien la capacidad de mentalización y regulación emocional se generan en el seno de las relaciones de cuidados tempranos, la posibilidad de desarrollarla no se detiene ahí. El entorno familiar inmediato juega un papel esencial durante los primeros años, pero se ve influido por la familia extensa y más adelante por otros adultos significativos fuera de la familia, por los iguales e incluso por características culturales y sociales más amplias (Twemlow, Fonagy y Sacco, 2001, 2005).

Helena Arias Vidaurre
Psicóloga

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