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El corazón

Por: Irma Gómez de Rodríguez

El hombre de hoy por lo general considera la cabeza con su cerebro como el centro y rector de la actividad humana. Sin embargo, la Biblia se refiere al corazón como el centro de la vida misma. Leemos en el libro de Proverbios “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Desde el punto de vista bíblico, el corazón pudiera verse como que abarca la totalidad del intelecto, de la emoción y de la voluntad del hombre. Un corazón impuro corrompe los pensamientos, los sentimientos, las palabras y las acciones.
Cuando Adán y Eva optaron por seguir la tentación de la serpiente para que comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal, su decisión afectó drásticamente al corazón humano, el cual se llenó de maldad. El Profeta Jeremías en el capítulo 17, versículo 9 da testimonio de que: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Es por eso que la gente se vuelve al egoísmo y a la maldad en vez de volverse al camino de la justicia de Dios. Jesús confirmó las palabras de Jeremías cuando dijo que lo que contamina a una persona delante de Dios no es el dejar de observar alguna ley ceremonial, sino la disposición a hacer caso de las inclinaciones negativas guardadas en el corazón, tales como “los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez” (Marcos 7:21, 22).
Jesús enseñó sobre la gravedad del pecado en el corazón cuando dijo que el pecado de enojo y odio equivale al asesinato (Mateo 5:21, 22), y el pecado de codicia es tan pecaminoso como el verdadero adulterio (Mateo 5: 27, 28). Los corazones que día tras día tienden a hacer lo malo corren el grave riesgo de endurecerse. Los que de modo persistente se niegan a escuchar la palabra de Dios y a obedecer lo que él ordena, y en vez de esto siguen los deseos de su propio corazón, y se apoyan en su propia prudencia creyendo que están bien, descubrirán que finalmente Dios endurecerá sus corazones para que pierdan toda sensibilidad a su Palabra y a los deseos del Espíritu Santo de Dios. En la Biblia encontramos varios ejemplos de esto, y uno de ellos es el caso de Faraón en la época del Éxodo del pueblo de Israel. Dios endureció el corazón de Faraón como castigo porque su corazón ya era duro y se oponía a Dios. Las diez plagas fueron el método de Dios parea mostrarle a su pueblo Israel que él era más poderoso que todos los dioses egipcios. Cuando Dios quitaba cada plaga, se endurecía otra vez el corazón de Faraón, es decir, el Faraón endurecía su propio corazón siempre que Dios mostraba misericordia (Éxodo 7 – 11).
En nuestro caminar encontramos personas que cuando tienen una gran necesidad vienen a Dios, prometen servirle y obedecerle, y Dios, en su infinita misericordia extiende sus manos de amor para ayudarles, pero cuando tienen lo que desean se olvidan de sus promesas. Cualquiera que siga rechazando la Palabra de Dios finalmente tendrá un corazón endurecido.
La solución de Dios para el carácter pecaminoso del corazón humano es la REGENERACION, que viene a todos los que se arrepienten de sus pecados, se vuelven a Dios y ponen su fe personal en Jesucristo como Señor y Salvador. La regeneración es una cuestión del corazón. La persona que se arrepiente de corazón de todo pecado y confiesa en su corazón que Jesús es el Señor nace de nuevo y recibe un nuevo corazón de parte de Dios. El Apóstol Pablo en su carta a los Romanos escribe: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (ROM 10:9, 10).
Dentro del corazón de los que experimentan el nacimiento espiritual, Dios crea un deseo de amarlo y obedecerle. Jesús enseñó que el amar a Dios con todo el corazón y el amar al prójimo, resumen toda la Ley de Dios (Mateo 22:37 – 40).
El amor que procede del corazón es el ingrediente esencial en la obediencia a Dios. Con demasiada frecuencia el pueblo de Dios trató de sustituir el genuino amor del corazón con la obediencia a simples formas religiosas externas (tales como días de fiesta, ofrendas y sacrificios). La religiosidad sin un deseo profundo de servir a Dios es hipocresía y el Señor condena eso severamente.
Amigo (a) lector. Yo te invito a que entregues tu corazón a Dios, aceptando la invitación que él mismo te hace en Proverbios 23:26.
“Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos”
¡Hasta pronto!
Para mayor información sobre este tema, estamos a tus órdenes en los teléfonos: 6-35-28-77 y 650-33-00-71 (cel.) o al correo electrónico almarosa_sarabia@hotmail.com

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