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¡Sígueme!

Por: Alma Rosa Sarabia Méndez

Existen tres dimensiones o áreas en la vida de una persona. La altura que representa su relación con Dios; la anchura que se refiere a su relación con los demás (prójimo) y la profundidad, que es la dimensión interna que incluye nuestras emociones y sentimientos.
La biblia nos enseña que los seres humanos fuimos creados a semejanza de Dios; somos tripartitas y estamos formados de espíritu, cuerpo y alma.
La dimensión vertical (nuestra relación con Dios), es la más importante y de ella dependen las otras dos. Si no hay una relación personal con Dios a través de Jesucristo, o ésta relación es deficiente, se reflejará en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos (nuestra salud física y emocional).
Todo empieza con un llamado.
Juan el bautista recibió un llamado: ser el precursor de Jesucristo, el hijo de Dios. Conocía su misión y al que lo llamó. Él predicaba “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. (Mateo 3:3)
Jesucristo conocía su misión: “El Espíritu de Jehová está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel;” (Isaías 61:1)
Él llamó a gente impulsiva y poco instruida como Simón Pedro y a Andrés su hermano; a Tomás que dudaba de su autoridad divina; a Mateo que defraudaba a la gente y a Judas Iscariote, que lo traicionó, entre los 12 discípulos que Jesús escogió para fundar su iglesia. Ellos no dudaron en responder al llamado de Jesucristo: “Sígueme”.
Y estaban también los que querían seguir a Jesús y no lo hicieron porque su corazón estaba inclinado al mundo y sus prioridades eran terrenales.
Una vez que se ha establecido una buena relación con Dios, la relación con el prójimo mejora. Nadie puede estar bien con Dios y no estarlo con los demás.
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, gritería y maledicencia, y toda malicia antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:31-32)
La dimensión interna, la del corazón, el asiento de las emociones y los sentimientos; el manantial del que fluye la energía, el discernimiento y la fuerza capaz de resistir no solo la turbulencia externa, sino de vencerla.
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.” (Pr. 4:23)
El corazón puede estar enfermo, debilitado a causa de la preocupación, de la ira y el enojo, de la duda y el resentimiento, del pecado, del egoísmo y una baja autoestima y principalmente del temor. El temor nos paraliza e impide recordar quiénes somos en Cristo y sobre todo, quién es el que nos llamó.
“Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí que se levantó una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!
Él les dijo; ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aún los vientos y el mar le obedecen?
Amigo (a) ¿conoces a Jesús? Él quiere salvarte de la condenación eterna y librarte de la tempestad que se haya levantado en tu vida o en tu hogar. Hoy puedes decidir responder a su llamado: ¡Sígueme!
Padre de familia, tú tienes una misión aquí en la tierra: Ser el líder en tu familia con todas las responsabilidades que ello implica. No estás solo. El Padre eterno te invita a descansar en Él porque ha prometido bendecirte, fortalecerte, ser tu proveedor y tu refugio en medio de la tempestad.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28)

Informes: almarosa_sarabia@hotmail.com y a los teléfonos (866) 6352877 y 6503371 (cel)

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