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1983 cuando perdí la Presidencia Municipal de Durango por 3 mil votos

Tenía prisa por llegar a ser un joven edil, para acercarme a la edad en la que Silerio Esparza llegó, a los treinta y dos años y como llegó Don Epifanio Alanís, en los años 50’s, a los 29 años de edad. Incluso Lalo Campos tenía también posibilidad de ser candidato a la alcaldía; pero él, sabedor de lo difícil que serían los comicios, se resistió como siempre, a ser candidato.

Encontré mi madurez emocional

Ya inmerso en mi campaña para ganar las elecciones, cometí nuevamente otro error, desaté una exagerada campaña publicitaria que provocó reacciones opuestas, ya que con la profunda crisis económica en la que se vivía, muy semejante a la de ahora, era un insulto abusar de la propaganda. A otro día, amaneciendo, había tapizado la ciudad de carteles y bardas alusivas.

Por otra parte, mi soberbia me hizo subestimar la necesidad de sumar a todas las corrientes políticas, de pactar, de negociar, y de lograr su incorporación a la campaña. Mi orgullo mal entendido me lo impidió; la consecuencia fue que los tuve al margen y a otros francamente en contra. Para qué más que la verdad.

Esa fue una gran lección, pues en la vida a veces se necesita de una tragedia o de un fracaso para ver las cosas con humildad y en perspectiva. He aprendido a superar con madurez esa etapa y tomarlo como una gran y dolorosa experiencia para mi vida; mi corazón no conoce de odios ni de resentimientos, no me lastimo de esa manera. Soy humano, con las debilidades inherentes, pero siempre trato de ser positivo, y de las derrotas o de las calumnias quiero salir fortalecido porque aprendo algo nuevo.

Y ya que estoy en honestidad conmigo mismo y ante todos, trato de hacer un inventario de mis fallas en las que incurrí en mi lucha para llegar a la alcaldía, debo agregar otro más: dado mi origen netamente popular, quise ser el candidato de las colonias populares, el candidato de los pobres, “El candidato amigo del pueblo” -era el slogan-; no le di importancia de querer ganar el voto de las clases medias-altas y altas; así cerré al pensar que con el voto de los marginados era suficiente para triunfar. Fue un monumental error de apreciación, toda vez que mi principal opositor, Rodolfo Elizondo, logró penetrar a las clases sociales media-alta y alta, que simpatizaron en su mayoría con él.

Sin embargo, debo también aclarar que fue una lucha muy cerrada, ya que sólo me faltaron alrededor de tres mil votos para salir triunfador de ese proceso. No fue de ninguna manera una pérdida apabullante, aplastante. Tres mil votos no eran muchos en comparación, a los casi setenta mil votantes que sumamos entre los dos. Él 35 mil; yo 32 mil.

Soy de la convicción de que debí haber instrumentado una campaña más agresiva o crítica hacia la avalancha de corrupción, que entonces se denunciaba a flor de labios, por Juan Pueblo. (Durazo, Díaz Serrano e incluso se hablaba con coraje de López Portillo); abanderar el sentimiento de protesta y de malestar que imperaba en la ciudadanía, al menos por la carestía y en lo económico; yo me puse a justificar y a defender lo indefendible.

Debí, quizá, haber diseñado un proselitismo más acorde al tema de una debilitada economía y de la canasta básica familiar lastimada, con tesis críticas y audaces. La corrupción del gobierno federal era irritante y yo no podía ser crítico.

Presidente espurio o impuesto, no

Se podría abonar a mi favor que nunca se trató de desviar el sentido del voto, que nunca hubo el intento de fraude y eso, a Elizondo le consta. Nunca se preparó la alquimia, ni me llegó a pasar por la mente torcer el resultado de las elecciones. Absoluto respeto brindé al resultado electoral. Rodolfo Elizondo me invitó a su toma de protesta, pero yo andaba en el DF., buscando una chamba y la primera fue como Delegado Federal de la Secretaría Federal del Trabajo en Durango.

Estoy cierto que no se podría agotar el tema en sólo este artículo: me quedan cosas en el tintero, pero también estoy cierto que está dicho lo fundamental de ese pasaje político en que me tocó participar, como parte de una carrera obviamente cancelada de manera definitiva, pero que viví intensa y felizmente.

Recuerdo de la contienda… Rodolfo Elizondo y yo

Acompañado, desde luego, de mi imprescindible café, para dar rienda suelta a los recuerdos y descongelarlos de mi memoria; he estado tan absorto, tan metido en la crónica de este rico capítulo de Durango, que no me he dado cuenta que llevo algunas horas sentado frente a la máquina de escribir y apenas estoy iniciando esta segunda parte. Nos quedamos pues, en cómo y por qué, perdí las elecciones y en el momento en que ganó Rodolfo Elizondo Torres.

Con todo mi dolor a cuestas por la impensable derrota infringida, le ofrecí un detalle de caballerosidad a Rodolfo Elizondo, cuando estaba él recibiendo la noticia de su triunfo en las oficinas de Comité Municipal Electoral, poca gente supo que cuando me enteré de ello, acudí acompañado de algunos colaboradores de campaña, para felicitarlo y ofrecerle con un abrazo, mi apoyo para su administración. Había que ser buen perdedor, y el que perdió, perdió.

A Durango lo integramos no sólo priístas ni nada más panistas; tampoco puros petistas ni perredistas o ahora morenistas: somos una gran y numerosa familia en un lugar común, nuestra ciudad, nuestro municipio. Nuestro Estado, ha sido nuestra cuna, nuestra escuela y nuestro destino; aunque parezca discurso, así es, por lo que estamos comprometidos a saber convivir con pluralidad y coexistir con armonía. Tenemos amistad con militantes de todos los partidos, nos saludamos a diario con muchos de ellos; todos nos conocemos, sabernos dónde vive cada quien. Nos vemos con frecuencia los unos a los otros en lugares comunes: restaurantes, cines, oficinas públicas, en las propias calles de nuestra ciudad, etc.

Rodolfo, como es bien sabido, es el hijo mayor de Don Jesús H. Elizondo, quien fue todo un personaje del panismo nacional, pues fue uno de los más verticales fundadores de ese partido, quien también compitió por la Presidencia Municipal en el año de 1953, hacía exactamente treinta años cuando compitió su hijo. Se llegó a decir -por sus seguidores- que ganó don Jesús Elizondo y fue despojado de su triunfo. Patriarca del blanquiazul, con mayor autoridad y liderazgo -en su tiempo dentro del Instituto Político-.

Fue él quien prácticamente se convirtió en el coordinador de tiempo completo de la campaña de su hijo “echando todo el resto”, pues era la oportunidad coyuntural que tanto había esperado. Don Jesús H. Elizondo, hombre de ideales firmes, recio y “colmilludo”, fue hombre y político muy respetable también. La verdad sea dicha.

Continuará…

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