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A 50 años del Movimiento estudiantil del Cerro de Mercado (Segunda parte)

Una vez que fuimos revisados por los soldados los estudiantes citados Memo Rodríguez, Juan Pablo Badillo y el que esto escribe, nos ordenaron no oponer resistencia para bajarnos del Cerro de Mercado, al resto de compañeros los habían bajado minutos antes.
Pedíamos infructuosamente, que nos permitieran hablar con el señor Isaac Rubio, a la sazón, gerente de la Cía. Fundidora de Fierros y Aceros de Monterrey, a quien ingenuamente le pediríamos que esa Compañía realizara inversiones en una Planta Siderúrgica y dejara las utilidades del hierro extraído a Durango, para su industrialización en pago a la explotación que hicieron del mineral por tantos años.
Mientras esto sucedía, con las manos en alto y el temblor que nos hacía presa, sólo alcancé a ver de reojo la instintiva y estrepitosa carrera que inició Antonio Villarreal hacia debajo de la montaña ferrosa, lo cubrían por segundos los pináculos y rocas rojizas y en una desesperada carrera en zigzag, observé que rápidamente se alejaba, al tiempo que una estentórea e iracunda voz le ordenaba, ¡Alto o disparo!..Pero Antonio no paró su carrera, fueron segundos en que la vida de Villarreal estuvo en vilo, éste, seguramente arrojando una gran cantidad de adrenalina, pues el miedo no estaba para menos, la fuerza de la gravedad lo ayudó y se perdió en la fuga.
Eran tres camiones militares que cubrían sus cajas con gruesas lonas verdes y en su interior bancas de madera, los que nos rodearon, transportaban unas tres decenas de soldados. En uno de esos camiones nos subieron a Juan Pablo Badillo, a Memo Rodríguez y a mí, ignorando nuestra petición de hablar con el gerente de la Fundidora, el oficial militar al mando, se concretó a decir que nos iban a trasladar a la X Zona militar, ordenando a todos con un grito ¡ Súbanse rápido, no venimos a platicar!
Los soldados presurosos se subieron primero a uno de los camiones, dejándonos a los estudiantes abajo, una vez que el Oficial se dio cuenta, les dijo muy molesto: “Así no pendejos, al revés, los estudiantes primero! Antes, se había dado un memorable forcejeo entre un soldado y Juan Pablo, pues el primero lo empujó con la culata de un rifle, a lo que Badillo reclamó que no lo golpeara y desbotonándose la camisa le gritaba ¡Dispárale, dispárale, pero no me pegues. El oficial tranquilizó las cosas.
Ya en el interior de la Zona Militar, no fue sino hasta en la tarde, que nos llevaron escoltados a las oficinas del comandante de la Zona Militar, el Gral. de Div. Salvador Rangel Perales, un hombre de menuda estatura y muy delgado, con lentes Ray Ban para el sol e impecable uniforme color caqui, en el camino salió al paso el Tte. Corl. Álvaro Andrade Guarneros, quien era mi maestro de literatura en la Preparatoria y quien nos había ayudado a formar el primer grupo de poesía coral de la Prepa diurna.
El Teniente Coronel, mi querido maestro, me hizo saber que yo traía los labios blancos y secos y de color muy amarillo el rostro, pidiéndome que me tranquilizara, que no iba a pasar nada y le explicara los motivos por los que nos tenían ahí. “Es una demanda justa y limpia la instalación de una Siderúrgica en Durango, le dijimos y le hicimos un breve relato de ese sueño y sobre quienes estábamos ahí. Acto seguido, el Teniente Coronel se introdujo al privado del General en donde hablaron a solas alrededor de unos quince minutos. Luego salió el maestro y nos hizo pasar al privado del Comandante de la Zona Militar.
De pie nos recibió el General, con la consabida altivez de un militar de alto mando y con una mueca como de sonrisa de lado, irónica, sin quitarse los lentes nos empezó a interrogar que quién nos financiaba, que si éramos comunistas, yo le dije que era del PRI. (Desde entonces). Insistía que cómo íbamos a subsistir indefinidamente arriba del cerro, que quién estaba a tras de nosotros, hizo la observación que el vehículo en el que nos transportamos era muy elegante, que quién nos lo había prestado.
A lo que Juan Pablo le informó que era de su propiedad porque además de ser estudiante el devengaba un sueldo federal como maestro de una escuela Primaria. En síntesis nos compartió que él tenía ideas progresistas, pero que primero era soldado y tenía que obedecer cualquier orden que le dieran, que ya no volviéramos a subir porque se iba a ver obligado a bajarnos de distinta manera.
Para terminar, en una actitud de perdonavidas dijo “por ésta se las paso” y nos conminó a que nos fuéramos con nuestras madres ya que era su día el 10 de mayo en vez de darle problemas. Al salir sentí que volví a nacer y me gustó tanto esa tarde tan luminosa y me parecieron más bonitas las calles, el aire fresco, respiré hondo. Radiante.
Sin embargo, por la noche nos volvimos a reunir en la Plaza de Armas los estudiantes técnicos y universitarios anteriormente citados y algunos más. Pensé que iban a estar amilanados y todavía asustados, no, para mi sorpresa, estaban más envalentonados, no se habían amedrentado, y de allí se empezó a dar por hecho que se iba a volver a subir al cerro, pero ahora sí, cientos, miles de estudiantes.
Se propusieron fechas, había varias opciones, la del 2 de junio obviamente fue la definitiva, pero acordada por consenso en la cúpula apenas dos días antes, con otras reuniones previas y sin bajar el acuerdo a las bases. Lejos estábamos de imaginar la magnitud del impacto social que iba a tener este movimiento que nació siendo estudiantil pero que escaló a un movimiento popular.

Continuará…
“La toma del cerro el 2 de Junio,
hace 50 años”.

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