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Adiós a la intercampaña (venga la realidad)

Ivonne Melgar

Candidatos y estrategas que los acompañan: Bienvenidos a la realidad.
La intercampaña casi termina y la lección es para todos: La disputa por el voto no se resuelve con meras percepciones diseñadas desde los llamados cuartos de guerra.
La realidad es terca en una sociedad plural en la que resulta imposible construir realidades alternas por la vía de la publicidad o el discurso.
La realidad se impone cuando existe un electorado que sigue con ojo crítico a los medios tradicionales de comunicación y todavía más a esas voces que sueñan que las mentiras que se repiten hasta el cansancio cobran credibilidad.
La realidad cruda también es esa masa de criticones que se desatan en las redes sociales y que sobreviven así, criticones, a pesar del dinero que se le invierte a seguidores hechizos en Twitter o a la propaganda en Facebook.
La gelatinosa realidad que no puede sustituirse con disciplina tuitera partidista, cierre de filas de fotografía, consignas temerarias de cárcel al Presidente ni referéndums facilones.
Una realidad en la que no caben las hegemonías. Ni siquiera las del entusiasmo y el fervor ciego.
Porque a una semana del arranque de campaña, Andrés Manuel López Obrador va puntero en las encuestas, por supuesto, según coinciden todos los sondeos de opinión. Pero no por ello puede sustentar su estrategia en generalizar la percepción de que ya ganó.
Faltan 99 días de pelea en serio y cada jornada contará y mucho.
Así que ni el candidato de Morena ni sus colaboradores ni sus potenciales votantes pueden reclamarle a la realidad que se detenga.
Habrá quienes confíen que los nombramientos de gabinete, ternas para fiscales y negociadores del TLC por parte de López Obrador es la ruta correcta para mantener un clima emocional de triunfo.
Habrá, sin embargo, muchos potenciales votantes que verán en esa apuesta un desdén a la búsqueda del respaldo ciudadano por la vía del convencimiento y la solicitud humilde del voto frente a segmentos marcados por el escepticismo.
Porque, a seis días del banderazo de salida, no existen evidencias de que el PRI, dirigido por Enrique Ochoa y el coordinador de la campaña presidencial, Aurelio Nuño, haya conseguido eliminar o descarrilar a Ricardo Anaya, abanderado del Frente PAN-PRD-Movimiento Ciudadano.
De manera que la realidad indica, y el promedio de las encuestas así lo avalan, que el segundo lugar que los priistas declaran tener para su candidato José Antonio Meade sigue siendo compartido con el panista.
Habrá quienes confíen en que el golpeteo a Anaya por un presunto caso de lavado de dinero, hasta ahora no probado, irá minando a la coalición de Por México al Frente y eso consolidaría al exsecretario de Hacienda como el mejor retador de AMLO.
Habrá, sin embargo, muchos potenciales votantes que verán en esa apuesta un montaje, como lo han valorado intelectuales y líderes de opinión que cuestionan el uso político de la PGR en esta coyuntura electoral como un elemento que subraya el balance negativo hacia el gobierno, y que por sus expedientes de corrupción juega en contra del candidato Meade.
Pero el hecho de ser el sobreviviente de una documentable embestida, no implica que haya desfondado la maquinaria del PRI. Tampoco le garantiza el éxito a Ricardo Anaya si sólo sustenta su campaña en la victimización, cuando le quedan apenas 13 semanas para suturar las heridas que generó dentro del PAN y dar señales de certeza a los militantes de sus aliados del PRD y Movimiento Ciudadano.
Porque derivado de esas heridas aún abiertas, el candidato frentista no sólo necesita cuidar ese segundo lugar, sino también capitalizar el voto útil entre el electorado opositor y evitar que la abanderada independiente Margarita Zavala le quite los apoyos panistas que hasta ahora conservó para él.
Ahora viene para AMLO, Meade, Anaya y Zavala el turno de los dilemas económicos, políticos y culturales, incluido ése de si los votos ciudadanos libres pueden más que los pretendidos acuerdos de las élites.
Vienen el contraste de propuestas y los debates en un tablero donde al menos la quinta parte del potencial votante sigue indefinido, indeciso, expectante.
Es cierto que López Obrador cuenta con un liderazgo indiscutible dentro de lo que él denomina “nuestro movimiento”. Pero también lo es que el verticalismo de éste convierte a la voluntad de un solo hombre en una oferta de gobierno que no termina de convencer a las élites empresariales e intelectuales.
Sin embargo, también es cierto que resulta candoroso e incluso grotesco pretender que los pactos cupulares —sean entre el PRI y Morena o entre los poderes económicos— podrán colocarse por encima de una sociedad madura.
Se trata de vencer convenciendo a un electorado plural en el que coexisten las ilusiones caudillistas y las pulsiones democráticas; los afanes de cambio y el temor a la ruptura; las cargadas clientelares y las aspiraciones ciudadanas; el hartazgo y la comodidad.
La incertidumbre finalmente persiste y no es con percepciones publicitarias como habrá de solventarse.
Candidatos y estrategas que los acompañan: En el camino a las urnas tampoco hay atajos.

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