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Al maestro con cariño

La reciente celebración del Día del Maestro me hizo recordar a algunos de mis primeros mentores y la importancia que tuvieron en la orientación de mi vida. De entre ellos, todos recordados con afecto y agradecimiento, destaco a dos.
Llego al sexto y último grado de primaria en la escuela número 13, José Ignacio Soto, en la que cursé los seis años. El grupo único estaba a cargo del profesor Tomás Vázquez, el apostolado del magisterio encarnado en su persona: cálido, tolerante, comprensivo, solidario, paciente, bondadoso y con una enorme capacidad pedagógica y didáctica.
Conocedor de mis correrías de malandrín escolar, y con lo inteligente que era mi maestro, el profe Tommy me encomendó, junto con otros rapaces del mismo talante, que me hiciera cargo de dos comisiones: la de orden en el salón y la del ahorro escolar. La primera fue un acierto porque maniató mis ímpetus borloteros, ya que siendo la autoridad con los chiquillos, ni modo de andar en el argüende.
La segunda no lo fue tanto. Los niños ahorrábamos cada semana algo de dinero para el regalo del Día de la Madre, para lo cual se depositaban las monedas con el comisionado, o sea yo.
Craso error, entre mis penurias dinerosas y los antojos de chiquillo lángaro, incurrí en mi primera conducta punible: comencé a disponer del ahorro para comprar gorditas, refrescos o golosinas a la salida de la escuela. Como todo delincuente en ciernes, creí que iba a poder reponer periódicamente lo gastado, pero poco a poco se me fue haciendo imposible hasta que dejé de ir a la escuela por unos días, aunque también faltaba mucho a clases porque en ese tiempo Don Marcos, mi padre, ya era administrador de un cine y mis escapadas a las funciones gratis se hicieron frecuentes. El asunto es que la cosa llegó al extremo que, ante mi deliberada ausencia, el profe tuvo que ir a buscarme a mi casa para que entregara el ahorro que debía depositarse en el banco. Con enorme vergüenza le tuve que confesar que estaba desfalcado con seis pesos y sesenta centavos y él, en lugar de hablar con mis padres para denunciar mi abuso, me dijo: “aquí tienes esta bolsa de chiclosos, valen cinco centavos cada uno, los vendes los viernes a crédito en la escuela a diez centavos y cada lunes me entregas el dinero que recuperes, te entrego otra bolsa y así, hasta que repongas el faltante”. Además de mi agradecimiento por su respaldo, mi maestro me dio una lección que me sirvió entonces y me ha servido hasta la fecha. En la vida siempre habrá tentaciones de dinero fácil o de apoderarse de lo que no es de uno, lo más sencillo es caer en ellas y poner el pretexto de la necesidad o la incultura; lo más difícil es resistirse y mantener la honradez, pero para eso se requiere que antes nos hayan sembrado valores inmutables y esenciales, para los que no debe ser obstáculo ni la pobreza, ni la necesidad imperiosa.
El queridísimo e inolvidable Tommy Vázquez nos enseñaba las materias del curso con paciencia franciscana y profundo conocimiento, pero sobre todo se daba tiempo para despertar nuestra inquietud ante el estudio, la preparación académica y mejores porvenires; nos hablaba de los abogados con sus trajes elegantes y sus portafolios, los médicos ataviados de blanco con sus maletines llenos de instrumental, los ingenieros construyendo caminos y presas, etcétera y etcéteras inagotables que nos hacían soñar y evadirnos de la cárcel de la inopia en que vivíamos.
Con él nació mi interés por los estudios profesionales y mi imaginación voló a niveles de fantasía. Generoso, como era, bajó mis faltas de asistencia a solamente 57 en el año, cuando con toda certeza, debo haber faltado casi el doble por la afición casi viciosa del cine; perdonó mis inconclusos trabajos manuales, y me entregaron mi certificado de primaria con 10 de promedio y calificación de aprovechamiento muy bueno, timbres de los que todavía presumo.
Otro personaje que tuvo que ver con mi deseo de seguir estudiando, y precisamente en la Universidad Juárez de Durango – pero éste por motivos menos loables- fue Simón Covarrubias, el famoso Simonillo o tatita, que era el profesor de educación física de la escuela 13, destacado deportista universitario y entrenador de boxeo en la Universidad, deporte que me encantaba por varias razones: en esos barrios había que hacerse respetar, a veces a base de guantadas, luego entonces había que aprender a defenderse; Pepe Parga, que luego fue campeón de boxeo profesional era mi compañero y partner para hacer guantes en los recreos; el cine donde mi padre trabajaba daba funciones de box los sábados, funciones a las que yo, por supuesto, entraba gratis, y de pilón el Ratón Macías era el ídolo nacional y todos queríamos ser campeones del mundo de peso gallo y ganar dinero y fama, nomás.
Entré a la Universidad y, por supuesto, al equipo de boxeo, donde Simonillo me enseñó, además de las destrezas boxísticas, que el éxito no nace de la inspiración o la imaginación, sino del esfuerzo, de la disciplina, del dominio de la técnica, del conocimiento de la materia a que te dedicas y, particularmente, del sacrificio diario de aprender, aprender y nunca dejar de aprender.
Aún ahora, esas lecciones indelebles me sirven de orientación básica en el día a día de mi desempeño profesional, porque son ejemplos de genuina formación de seres humanos, que es, a final de cuentas, la misión esencial del magisterio.
Un recuerdo agradecido a ellos, y por ellos, a todos los maestros y maestras que delinean afanosamente a niños y jóvenes de México, para el mejor futuro de la humanidad.

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