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El alcalde José Ramón Enríquez, firme al Senado

Pese a todas las grillas que sus malquerientes le han armado con el fin de impedir que el alcalde Enríquez Herrera llegue a la candidatura rumbo al Senado de la República, al parecer ha ido librando las adversidades que a últimos meses le armaron y se le despeja el camino.
Ya poco falta para que se despejen las dudas y se dilucide si el presidente municipal libra finalmente los escollos, que sus inamistosos políticos le han interpuesto a últimos meses.
Novedoso el sorteo de un automóvil último modelo para recaudar fondos en ayuda de los locatarios del mercado y la restauración de los daños dada la contingencia sufrida el día ultimo de diciembre, ocasionados por el incendio que sufrieron.
Por lo que se ve no es boyante la situación económica del Ayuntamiento de Durango y no deja de ser innovador el esquema ideado para acudir en apoyo a los locatarios del mercado Gómez Palacio de esta ciudad, que se vieron siniestrados hace unos días, poniendo en venta boletos para la rifa de dicho automóvil. Un buen acto de solidaridad del municipio.
Cambiemos de tema. A continuación me referiré a una serie de remembranzas que forma parte de mis memorias personales que están en el tintero y de las que eventualmente daré cuenta.
Avances de mi nuevo libro que saldrá a la luz próximamente.
Memorias de un duranguense
Año de 1949, fecha en que el autor de esta columna nació… cuántas cosas han pasado desde entonces: mataron al carismático John F. Kennedy, el joven presidente del país más poderoso del orbe; también fuimos testigos de la impactante muerte del pacifista de color, Dr. Martín Luther King; el hombre llegó a la Luna, a través de Neil Armstrong; el Rey Elvis Presley y Los Beatles revolucionaron la música y las costumbres de los jóvenes; luego la Guerra Fría y la Revolución Cubana, calló el muro de Berlín.
Al dulce Papa Juan XXIII, que murió a principios de los sesentas, recordaré el resto de mi vida; Marilyn Monroe nos dejó, con un cúmulo de dudas sobre su misteriosa muerte; el “Che” Guevara, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, llenaron una página de la “Guerra sucia”, posterior al genocidio de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
Y, lo más reciente, la Guerra del Golfo, la caída del PRI con la consabida llegada de Fox al poder, así como la desintegración de la nave espacial de la NASA, el Columbia, y la indeseable amenaza de la nueva guerra con Irak; mientras que en Durango, desde luego, hemos pasado épicos sucesos, como el histórico movimiento estudiantil del meteorito de hierro: el Cerro de Mercado; el PT a la alcaldía y también el PAN, y actualmente a la gubernatura, y tantas y tantas cosas más han pasado. De estas últimas, nos ocuparemos líneas adelante.
Estrechas calles y pocos coches, humildes vecindades y populosos barrios, además de las cúpulas de las iglesias, era lo que componía nuestra pequeña ciudad del Durango de mitad de siglo.
La gente se divertía asistiendo únicamente a tertulias familiares, presenciar el box y la lucha libre en el memorable “Cine Olímpico” por la calle de Canelas; de mano de mi padre era ya costumbre ir, todos los lunes a las nueve de la noche, hora en que empezaba el espectáculo de arte-deporte del antiguo circo de los gladiadores, presenciando las llaves patentadas por los “grandes” y reinventadas por “El Santo”, el enmascarado de plata y Blue Demon, espectáculo que emulaba a las peleas de box de Mantequilla Nápoles, Ultiminio Ramos y al “Chango” Casanova. Era de lo poco que rompía la rutina de un pueblo conservador.
En las tardes, costumbre familiar arraigada era escuchar las radionovelas… “La perversa Lidia y la abnegada Charito… su hermana”, “Chucho el roto”, “Gabino Barrera, el Ojo de vidrio”, o los poemas de Manuel Bernal, “El declamador de América”.
Los carros “ruleteros”, llamados también “dieceros”, eran el medio de transporte público; era la mitad del siglo, vivíamos en el barrio de Tierra Blanca, cerca de la Plaza Baca Ortiz en donde eran infaltables los merolicos y sus muñecos que hablaban… “Don Ticho” era uno de ellos al cual sacaban de un viejo veliz. No fueron pocas las veces en que me echaba la “venada”, pues la tarde se me iba sin sentir.
De los humildes circos que periódicamente se instalaban a un costado de la “acequia grande”, hoy bulevar Dolores del Río, recuerdo que por poco y me largo con uno de ellos, cuando me invitaron a “ranchear”, integrándome como ayudante, a vivir mi naciente adolescencia; tenía hambre de disfrutar aventuras, de conocer más pueblos. Y hubiera sido así, si no fuera porque vi que habitaban en un maloliente hotelucho, precisamente por las calles de Madero y Pino Suárez, frente a la vieja terminal de Ómnibus de México.
En la misma Plazuela Baca Ortiz, el fotógrafo Daniel con su mamá, Tina mujer llamativamente obesa con sus caballitos de madera embarrados de barro color café, para fotografiar a las familias y niños que venían de los poblados cercanos, era parte de la escenografía de aquella época. No faltaban los vendedores que a gritos anunciaban remedios en frasquitos de todos colores para todas las enfermedades, o comediantes, que tan menudo los veía, que ya reconocía a los “paleros” o supuestos clientes agradecidos de los “médicos” de pueblo. Ah, cómo olvidar aquellas frías mañanas en que irrumpían el silencio con el grito de “Aaaguamiel”, “Ropa vieja que vendaaa”, “Cuchillos que afílaaar”. O los viejecitos, arriba de los carretones de madera, de dos llantas, jaladas por un viejo caballo, desgastándose gritaban: “Tieeerra pa’las macetaaas”.

Continuará…

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