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Algunos recuerdos infantiles (Memorias de un duranguense, cuarta parte)

Continuando con mi narrativa del artículo anterior; cuando se desbordaba la acequia, no crean ustedes que rebasaba escurriendo; no señores, su salida era impetuosa, en indescriptibles torrentes de agua, que en cosa de minutos inundaba los citados dos barrios, de Analco y Tierra Blanca, que para variar, no tenían drenaje.
Transformando las calles de Francisco Sarabia, Urrea, Matamoros, Arista, Luna y Bravo, las privadas de Colón y Madrugador, hasta la calle Aldama, en verdaderos ríos caudalosos de hasta un metro y medio de altura, que irrumpían al interior de nuestras casas, despojándonos de nuestras pertenencias y efectos personales; los colchones y salas de muchos hogares, flotaban por las calles, arrasados por la furia del agua en su acelerado paso.
¡Ay… mi añorada acequia! la que cruzábamos colgandonos de una fuerte liana, gruesa soga o lazo de hilo que pendía de un alto pirul, apostado en uno de sus costados y la que atravesábamos de orilla a orilla colgados “a la tarzán”, Armando Fraga González, Carlos Delgado Hernández, Manuel Garay Canales, Abel Hernández Martínez, Juan Francisco Trémillo Rangel, Eduardo de la Parra Condo y el que esto escribe. Con ellos y con otros compañeros de primaria, periódicamente nos reunimos en mi casa: Luis de la Torre, José Luis Castañeda, Felipe de Jesús Salas, Guadalupe Banderas, Fran¬cisco Bayona Sandoval, Francisco Arteaga, José Luis Calzada, Guadalupe Covarrubias, Miguel Ángel Núñez y Alfredo Muñoz, entre otros.
La historia se revive cuando la recordamos, y este pasaje fue uno de los que no debe perderse en los anales históricos, porque fueron episodios que dejaron una imborrable huella de tragedia y desolación, ¡Cómo olvidarlo!, si de hecho quedábamos incomunicados con el resto de la ciudad, pero quienes no lo vivieron, ya se han de imaginar el cuadro, desde las azoteas todos apostados, esperando hasta la madrugada a que bajara el nivel del agua. Claro, nuestras mentes infantiles no alcanzaban a comprender; hacían que nuestros ojos no lo vieran como tragedia, sino como una algarabía que rompía la rutina de nuestras vidas. La Acequia pues, formaba parte de la fisonomía tradicional de nuestra ciudad colonial y conservadora, que nos daba identidad como duranguenses.

Por los caminos de Durango
Ese fue el Durango en el que crecimos todos los que nacimos a mitad de siglo, en los barrios de: Tierra Blanca, Analco, San Antonio, Santa Ana, Borrego, El Calvario, Rebote y el de Patoni; si se fijan ustedes, en rededor de cada templo nacía un barrio, y es que el catecismo que ahí se impartía, las misas y el rosario, las fiestas patronales y las escuelas primarias, que nos hacían confluir a los compañeros que a la vez éramos vecinos, en la mayoría de los casos, conformábamos cada barrio.
Así empezábamos a socializar, rodeados de las infaltables tiendas de abarrote; las tradicionales y más prósperas, como la de “El Mundo de Colón”, de Don Pancho Castañeda y su familia, prominentes panistas; la del “Centenario”, del Sr. Cornejo; la de “El Madrugador”, de Don Manuel Fierro, o la tienda de Don José, papá de Manolo Hernández Serrano, que en los setentas fue presidente de la FEUD. O las tiendas más famosas ya en el centro, como lo era la de Don Ramón Soto, papá de Leodegario, Fermín y Ramón Soto Cesaretti, que se ubicaba en la esquina de Pino Suárez y Madero, “El Naranjo”, “La Simpatía”, la “Comercial Gutiérrez” y “La Marina Mercante”.
Cómo olvidar a la familia Cortez Zúñiga, pues con Felipe y Narciso, dos de sus hijos fuimos, juntos acólitos con el Obispo Francisco Ferreira, párroco del templo de El Refugio, y los tres aspirantes a seminaristas; ellos sí tomaron los hábitos. “Sabia virtud reconocer el tiempo”, como dijera Renato Leduc, recordar para vivir, sacar del pasado deliciosos recuerdos o reconfortantes enseñanzas.
En este modesto intento por retratarles una época a quienes no la conocieron, debo citar a otro flacucho personaje de mi barrio, como lo fue “El Duende Rojo”, con su infaltable boina de estambre de ese color, que cubría su prominente calvicie, quien amenizaba las tardeadas en casas particulares, en la Plazuela Baca Ortiz y en los altos del Cine Principal, con su surtido equipo de sonido, coleccionista de discos de acetato de 45 y 33 revoluciones, eran los clásicos, el pionero de lo que hoy se conoce como disc joker.
Otros personajes de aquellos tiempos, por su misticismo democrático, eran los panistas de su barrio, panistas de prosapia, hombres respetados, pues a sabiendas de que iban a perder en las elecciones constitucionales, eran enjundiosos y convencidos, que no desistían después de derrota tras derrota. Como don Antonio, el carpintero, papá de Pablo Antonio Nájera, el que le ganó a Pepe Muguiro la diputación local en el 83, o don Ramón el tapicero, o el Sr. Murga el zapatero, o la mayoría de los tenderos.
Amén de las señoras, que en “El Refugio” impartían el catecismo. Cuando empezó la debacle del PRI, no sólo en Durango, sino en todo el norte del país, en el 83 -para mi sorpresa- fueron ellas las que salieron a las calles como activistas, veinticinco años después era una fuerza social, que entonces me di cuenta, había permanecido dormida; desde que fue despojado de la alcaldía el fundador del PAN don Jesús H. Elizondo, pero que electoralmente volvió a despertar.

Hubo una vez un hombre…
09 de abril 2000
Incontenible ha sido para mí, hacer en esta ocasión un paréntesis a las reflexiones políticas que periódicamente hacemos, para abrir un paréntesis, para dejar testimonio de este sentido y póstumo homenaje de un hijo a su padre; quien todavía llora su partida… desde aquella noche dolorosa e imborrable del mes de abril de 1991.
Egoístas, como solemos ser en ocasiones los hijos con nuestros progenitores, particularmente en nuestra adolescencia, no nos detenemos a valorar en toda su dimensión la grandeza de los padres; la más sublime y trascendente tarea de los hombres en su paso por este mundo.
No hay algo que más aborrezca en esta vida que la ingratitud, pues es la negación de lo bueno que podemos ser, de la esencia de nuestros valores. Como sabiamente decía un día el atinado Armando del Castillo Franco: “El que no es buen hijo, no es bueno nada; si no fue buen hijo, no puede ser ya nada: ni buen amigo, ni buen hermano, ni buen Padre… nada de nada, no puedes ser amigo de alguien que no fue buen hijo”. Ese es uno de los valores que nos hace más o menos aceptable como seres humanos.
Estoy escribiendo esto, horas antes de cumplirse 28 años que enterramos a mi padre, al cuerpo inerte de un hombre que supo trascender a varias generaciones con su ejemplar recuerdo. Cómo me duele no haber retenido las enseñanzas que me regalaba, pero que yo, lleno de orgullo y con mis prisas, no aquilataba en toda su dimensión, y es que él, a su manera, ¿Qué hubiera anhelado para sus hijos sino lo mejor? Para él, mi póstumo homenaje. Al menos le puedo decir que heredé sus nobles sentimientos.

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