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Alto a la violencia contra las mujeres

Sin duda esta semana seguirán las noticias sobre hechos de corrupción y sus protagonistas, situaciones que dieron un descanso a la avalancha orquestada contra el Presidente Andrés Manuel López Obrador, por cierto, una guerra de desgaste que no prospera, y, de bien a bien, no se sabe qué se pretende.

El cierre de la nota se la llevaron las beligerantes combatientes contra la violencia de género, las movilizaciones de grupos de mujeres básicamente  de escuelas universitarias ha ido desde el reclamo justo y la indignación justificada, hasta los arrebatos innecesarios, que de ninguna manera fortalecen su movimiento.

De esta protesta por la violación de una chica que responsabilizó a  cuatro policías de la Ciudad de México (CDMX) pero cuya veracidad de la víctima se pone en duda, surgen varias reflexiones: La movilización contra la violencia de género no ha incorporado a madres de familia, ni a mujeres profesionistas, ni a indígenas o campesinas.

Esto significa que no se trata solo de salir a protestar con razón y de manera justificada, sino hacer mucho trabajo de concientización que fortalezca la lucha contra la violencia de género.

Cualquier lucha necesita generar empatías, la estrategia de este movimiento tiende a aislarlo, creemos que la violencia de estado se debe responder con violencia defensiva cuando se agotan los canales de diálogo, pero no se justifica la violencia cuando el gobierno no agrede, mucho menos reprime; la estrategia de violencia beligerante no convoca a unir a otros grupos, menos a las amas de casa, a las trabajadoras y otros destacamentos de mujeres que rechazan la violencia como método.

Es muy diferente la lucha para crear organización amplia a las expresiones neuróticas que más aparentan ser de pose, estos radicalismos llegan a ser peligrosos porque pretenden convertirse en jueces y ejecutores, lo peor, contra inocentes. 

Exigen castigo sin haber culpables, esto puede llevar a inventar “chivos expiatorios”, culpar a inocentes para calmar  ánimos exaltados, entonces, los movimientos de protesta se convierten en reproductores de las peores prácticas de la mal llamada justicia.

En las asambleas estudiantiles inicia la intolerancia extrema, quien se atreve a expresar una duda se le señala, quien no esta de acuerdo con la estrategia, se le exhibe, quien discrepa, se le hostiga y solo la intransigencia y el radicalismo se acepta, esto termina por generar caos y al final nada, los y las radicales esperando otro momento para desatar su ira, el pretexto no importa.

Estas expresiones radicales, ajenas a toda sensatez de lucha medianamente estructurada, terminan por ser manipuladas por la derecha y caldo de cultivo  de otro tipo de provocadores, lo que es grave, terminan por justificar  actos de intolerancia fascistas.

Un comunicador que hacía su crónica fue agredido por un sujeto sin duda infiltrado para provocar. Nos llamó la atención que de las mujeres participantes nadie le dio su apoyo al agredido, a lo más, se deslindaron y utilizaron el contraste de la violencia contra las mujeres, para minimizar el hecho, esto nos parece bastante delicado.

La violencia contra las mujeres es un hecho cotidiano, se da en el seno de los hogares, en los trabajos, en las escuelas, en la vida cotidiana. Los feminicidios y las violaciones se repiten haciendo a la mujer cada vez más vulnerable, pero la lucha por su seguridad no debe ser escudo de irresponsabilidades. Condenemos la violencia contra la mujer de la misma manera que condenar a quienes  usan la lucha justa para  desahogar traumas. O no. 

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