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“Aquí nos vamos a matar”

Pascal Beltrán del Río

La frase es del diputado Williams Dávila, del partido Acción Democrática, miembro de la bancada de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que tiene mayoría en la Asamblea Nacional de Venezuela.
Lo entrevisté en la radio, poco después de que la Asamblea aprobara la celebración de un juicio político contra el presidente Nicolás Maduro, lo que derivó en una batalla campal en los pasillos del Capitolio caraqueño entre seguidores del oficialismo y de la oposición.
Quizá habrá quien alegue que el diputado Dávila –quien en 2013 resultó herido en la cara durante un debate parlamentario– exageraba en sus palabras para darle un toque dramático a su análisis sobre la forma en que la crisis política en su país se ha venido agravando en días recientes.
Sin embargo, al escucharlo, no podía yo dejar de pensar en la escena de los jefes militares venezolanos, unas horas antes, flanqueando al ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, mientras éste leía un mensaje para condenar el “lenguaje procaz, grosero e iracundo” de los diputados opositores, quienes, según el general, “sólo buscan la invasión del territorio patrio de una potencia extranjera”.
Imagen impresionante, esa, la de los jefes militares, vestidos de uniforme de campaña verde olivo y con armas en el pecho, en un escenario rematado por dos enormes retratos, uno de Simón Bolívar y otro de Hugo Chávez.
Viéndolos, era imposible no recordar los episodios de golpes de Estado que atiborran la historia latinoamericana.
Con una diferencia, advertía Williams Dávila en la entrevista: “Aquí no han tenido que destronar a los Poderes sino sólo controlarlos. Ya están en manos de un directorio militar los ministerios, la distribución de alimentos y el sistema financiero. El vicepresidente real del país es el general Padrino. Él es quien manda, no Nicolás Maduro”.
De hecho, el Presidente ni siquiera se encontraba en el país cuando los generales lanzaban sus amenazas a la oposición ni cuando ésta aprobaba en la Asamblea Nacional el proceso de juicio político contra Maduro por la “ruptura del hilo constitucional y el golpe de Estado”.
Horas después llegó al aeropuerto de Caracas, proveniente de una gira por Asia Central y la Península Arábiga, donde tuvo conversaciones con gobiernos de países de la OPEP, y de Roma, donde se entrevistó con el papa Francisco, quien ha tratado de propiciar el diálogo entre gobierno y oposición.
“Espero que dejen el camino del golpismo”, mandó decir Maduro a los opositores, quienes lo acusan de haber entregado el poder de facto a los militares.
El rechazo del oficialismo a resolver mediante un referéndum revocatorio la crisis venezolana –inflación galopante, escasez de alimentos y bienes básicos e inseguridad en las calles– ha dejado en vilo al país.
La intervención del Vaticano de poco servirá mientras las partes sigan frontalmente enfrentadas y no se vislumbre una puerta de salida. Por eso el fantasma de la guerra civil que se cierne sobre Venezuela. Son tiempos del todo o nada, y ahí está Siria para demostrarlo.
Ayer se moviliza la oposición en todo el país. Le llaman a esta jornada la Toma de Venezuela. Movilizando a millones en muchas ciudades.
Mientras tanto, América Latina no parece tener plena conciencia de lo que está en juego. Venezuela es una nación en colapso institucional.
Alguna vez tuvo una democracia y una economía envidiables, que se pudrieron por la corrupción y se desplomaron bajo su peso. Y vino un experimento de populismo extremo, que pretendió repartir riqueza que nadie había creado, a cambio de apoyo político.
Hoy tiene una inflación que terminará el año en 700%, una población abatida por las colas interminables y el hambre, y una tasa de asesinatos de 90 por cada cien mil habitantes.
Venezuela necesita de una intermediación rápida y eficaz que haga ver a las partes que la situación puede tornarse aún más grave. Porque siempre hay espacio para que las cosas se pongan peor.

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