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Así era la Semana Santa

Hoy es Viernes Santo, a la hora nona fallece Cristo después de su martirologio, a mí la Semana Santa me produce gran nostalgia por aquellas semanas santas de mi infancia y adolescencia que jamás regresarán, como tantas cosas que se van para nunca volver.
La Semana Santa se esperaba con alborozo y respeto, era una gran celebración comunitaria de los católicos que éramos todos y todos nos encontrábamos en los ritos. No solo eran las celebraciones religiosas, eran toda una serie de ritos que se avivan en el recuerdo.
El rito gastronómico, mis primos eran del mercado, así que teníamos materia prima de sobra para hacer siete platillos que iban de lentejas, habas, pescado frito y en caldo, tortas de camarón en chile rojo y nopalitos, torrejas en miel de maguey, ensalada de calabaza de castilla en dulce de piloncillo, capirotada, chiles rellenos de queso, chuales y otros platillos que llenaba de olores, sabores y sonrisas la humilde cocina de la casa en la que viví en mi infancia, la llamada “vecindad de Don Silviano” , en la que solo había dos familias, las dos santiagueras.
Era no solo el deguste de la comida tradicional sino el compartimiento, toma, ve y llévale pescado a doña Panchita, ese plato con chiles rellenos es para Doña Beatriz, ya le llevaron capirotada a Doña Teresa la de la tienda. Y luego de allá para acá, que aquí le mandan esto y lo otro y era una felicidad saber y sabernos.
Con una carretera por demás peligrosa no se salía a Mazatlán, impensable, quizá en el camión o camioneta de algún vecino íbamos al Pueblito los chamacos, mientras las mamás se quedaban en la cocina a darle duro a las cazuelas. Llegar hambrientos a contar las anécdotas del día de campo y a comer como niños de hospicio, que de milagro yo no lo fui.
Luego por la tarde, a las cinco o seis salir el jueves Santo a recorrer los siete templos, estrenando algo, pantalón, o camisa, o zapatos o si las economías familiares estaban bien, pues se estrenaba todo, hasta calzones, por supuesto uno se bañaba, así que el olor a limpio y a nuevo era parte del rito maravilloso.
Iniciábamos en la ceremonia del Jueves Santo en Santa Ana, seguíamos en San Agustín, luego Catedral, El Sagrario (hoy San Juanita) San Juan de Dios, San Miguel, terminábamos en el Sagrado Corazón. Siempre se me hacía curioso que se discutía dónde empezar y dónde terminar el recorrido y siempre se hacía igual. Hoy sé que era parte del rito.
Mi barrio de infancia era ruidoso, había seis cantinas y se las menciono: El Silvancito, El Reforma, El Sol, El Retoño, El Jalisco, La Internacional, y tres o cuatro loncherías de donde salía música todo el día, las veinticuatro horas. Era un eterno escuchar la música arrabalera de la Sonora Santanera, las pícaras de Mike Lauren, las románticas de Los Panchos o las de rompe y rasga de Los Cadetes de Linares, sin faltar las rockeras de Elvis a Cesar Costa. Pero en los días santos la música callaba, eso le daba un aire de solemnidad a la barriada. No quedaba ni el recurso de la radio, pues la programación sufría un cambio radical, en la radio solo se escuchaba música clásica, sacra o cantos gregorianos.
Hoy no se debe de bañar nadie porque es Viernes Santo, escuchaba en la mañana a mi mamá o a mi abuela, me daba mucho gusto; por la tarde, una vez más salía la familia a rezar, de tramo en tramo se encontraban las familias, era algo curioso, los hombres se apartaban de las mujeres a platicar, uno se ponía a bobear o a jugar con lo que fuera, las familias se despedían y en el trayecto se contaban los chismes, pos dice doña Susanita que la hija de doña Petra salió mal, con razón ya no sale ni a la tienda, y que Don José se puso muy malo del coraje y que no le habla, la pobre de Crucita es la que la lleva, se le sube la presión. Siempre creí que la presión era una especie de cucarachón que se le subía a la gente y me daba terror.
Y así, las familias llegaban a la casa cansadas pero cargadas con noticias, las noticias más extraordinarias que se pueda uno imaginar, mismas que reproducirían al otro día en la Tienda de Don Máximo, en la Lechería de Ofelia, o en la tortillería “La Quemazón” (por haberse quemado una vez).
Luego a esperar el Judas, era una diversión que concentraba a todo el barrio, la estructura de cartón y cuetes la hacía mi primo Luis Marín y un señor medio familia que se llamaba Toño, los versos del testamento los hacían entre todos y era un real divertimiento.
Así recuerdo la Semana Santa de mi infancia, tiempos idos inolvidables, hoy la Semana Santa la han destruido los intereses comerciales, y esa cercanía permisible y principesca del clero con el poder político y económico que calla y solapa. O no.

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