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Buscando respuestas…

En este espacio hemos abordado el tema de la descentralización de la federación en áreas clave para las entidades federativas y sobre todo, por la propia experiencia de Durango. La descentralización fortalece al federalismo y desarticula el centralismo que durante muchos años fue una especie de “corchete” que frenaba un desempeño más eficiente, el cual repercutía a los municipios. Al aparecer el partido del gobierno, sus principales aportaciones consistieron en controlar a los gobernadores -por la buena o por la mala- y se construyó un método implacable para la sucesión presidencial desde el PNR al PRI.
Posteriormente, de manera paulatina se fue dando la descentralización de diversas funciones y sobre todo del gasto público a fin de dar respuesta a diversas manifestaciones sobre el rígido control central.
El federalismo tomó un nuevo respiro tras la alternancia política, cuando el presidente Fox ganó la Presidencia, pero perdió el control del territorio. Ahora pareciera que asistimos a una nueva caída del mismo.
La multiplicación de los órganos autónomos del Estado no es la única forma que ha adoptado el regreso del centralismo. También se han acumulado leyes generales, deliberadamente detalladas, cuyo propósito ha sido atar de manos a las legislaturas estatales, o la centralización de presupuestos en áreas tan sensibles como las nóminas de maestros, o la trasferencia de recursos controlados desde las instancias federales, entre otras modalidades que han minado poco a poco la capacidad de gobernar desde las instituciones estatales.
A muchos preocupa y a mí en lo particular me ocupa, por razones históricas claras, que el regreso del centralismo equivalga a la vuelta del autoritarismo y, a la paulatina derrota de nuestra democracia incipiente. Sin embargo, también hay evidencia suficiente para afirmar que los momentos de mayor control central en México han sido, invariablemente, opuestos a la democracia. Pendulamos entre el federalismo conflictivo y el centralismo autoritario y, hasta ahora, no hemos encontrado el equilibrio más deseable entre estas dos coordenadas.
¿Pero qué ha sucedido? Una vez que se descentralizaron funciones y gastos y crecieron como nunca en la historia las aportaciones federales, no ocurrió el milagro: que los gobiernos de los estados dieran prueba inequívoca de ser más eficaces, más honestos, más transparentes y más democráticos que cualquier gobierno federal. Esa pareciera ser la razón, porque no hay evidencia indiscutible de los éxitos logrados por los gobiernos estatales. Gobiernos capaces de resolver los problemas públicos que nos agobian, que lo hagan de manera democrática y abierta, y que no dejen lugar a sospecha alguna sobre el uso de los dineros que manejan, que finalmente son de la sociedad a quien deben servir.
Para defender el federalismo, que no puede surgir del miedo al péndulo fatal del centralismo, ni del ideario del siglo XIX, ni de la teoría. Tendría que aflorar la evidencia; de los ejemplos emanados de excelentes gobiernos estatales; de la convicción democrática de amplios sectores de la sociedad, satisfechos con los resultados entregados por sus gobernadores y dispuestos a defender la soberanía de los estados a la cual se escudan solo cuando les conviene.
Ahora que se van a modificar las leyes electorales para que vayan en concordancia con las federales y leyes secundarias que están por aprobarse, afirmamos que la defensa del federalismo tiene que construirse desde abajo, con gobernadores que sean mejores, centímetro a centímetro, que el conjunto del gobierno federal y que, sobre todo se ganen a pulso el respeto de la sociedad.
Deben entender nuestros políticos que mientras no haya gobiernos locales capaces de modificar las razones que como hasta ahora justifican el regreso del centralismo, cada uno de nuestros argumentos teóricos federalistas se tropezará con la evidencia de un fracaso. Hemos visto gobernadores y presidentes encarcelados por falta de una adecuada rendición de cuentas o por sus vínculos con el crimen organizado, igual sucede con los presidentes municipales.

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