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Cómo deben escuchar la Palabra de Dios los discípulos de Jesús

Esta sección del Evangelio de Mateo presenta el gran discurso formativo de Jesús a sus discípulos. Se centra en un aspecto importante del discipulado: Jesús no solo dice lo que hay que hacer sino también les enseña a discernir la voluntad de Dios en cada circunstancia de la vida. Para ello sirven las parábolas, que son verdaderos ejercicios de discernimiento espiritual que tratan de captar el acontecer discreto del Reino en medio de las diversas circunstancias de la vida y motivan para hacer la elección correcta de la voluntad de Dios.
A través de las parábolas es como Jesús les descubre la naturaleza sorprendente del Reino de Dios. “Aquél día, Jesús salió de casa y se sentó a orillas del mar” (13,1). Jesús sale de la casa en la que estaba y se va a la orilla del mar. La multitud que se reúne en torno a Él es grande (13,2). Con él subido en una barca y la gente sentada a la orilla. En este bello escenario comienza la enseñanza.
La parábola del sembrador (13,1-23), distingue diversos tipos de terreno en los cuales caen las semillas arrojadas por el sembrador, destacando al final un terreno que es apto para la inmensa producción de que es capaz una simple semilla.
Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Al caer en el camino donde no puede ser cuidada, cae superficialmente, así son las personas que oyen la palabra, pero no llega al corazón, no se arraiga no tiene raíz y el maligno la arranca.
Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. La semilla que cae en un terreno rocoso donde no puede hacer raíz y con el sol inclemente se seca, es el hombre que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría, pero no admite la raíz es superficial, es incoherente en su actuar y por tanto no germina.
Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Aunque el suelo es bastante profundo para hacer raíz se encuentra con hierba, compara con el que oye la palabra, pero las preocupaciones personales y del mundo sofocan la palabra y no da frutos.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. La semilla sembrada en la tierra es buena, en suelo profundo, no tiene abrojos, es la persona que abre su corazón, escucha la palabra y da diferentes frutos.
El comportamiento del sembrador parece extraño cuando deja caer algunas semillas en terreno impropio para el cultivo. Sin embargo, esto corresponde a la realidad del evangelio: antes que la calidad de la tierra, lo que vale es la calidad de la semilla. Así obraba Jesús: arrojaba su semilla en corazones sobre los cuales los fariseos ya habían dado su dictamen negativo y consideraban excluidas de la salvación.
La imagen de un sembrador arrojando las semillas en los tres primeros terrenos es un retrato de la obra de Jesús, quien no ha venido “a llamar a justos, sino a pecadores” (9,13). Ante todo se proclama la bondad de Dios, quien no tiene límites para ofrecer sus bendiciones, pero esto implica de parte de cada hombre el hacerse a sí mismo “buena tierra” para que la semilla de la Palabra pueda crecer.
La semilla de la Palabra y la invitación al Reino son siempre buenos: no se dice que el sembrador discriminará semilla de una u otra calidad, Dios a Todos otorga una oportunidad igualitaria de conversión y salvación.
No obstante los obstáculos que van dándose, el Reino crece: pues existen quienes tienen el corazón suficientemente dispuesto al cambio cuando este es necesario, y dejan que se opere en ellos el milagro de una vida nueva y regenerada en Cristo, el sembrador.
Esos obstáculos al crecimiento del Reino son los mismos de toda la historia de resistencia a la gracia de Dios en el hombre: los pájaros que devoran la semilla significan el corazón poseído por alternativas que “arrancan” el mensaje de vida: el pedregal es símbolo de la inconstancia ante las pruebas que después de todo están sobreentendidas en todo discipulado; las espinas son el signo de la superficialidad con que se escucha y se pretende que la Palabra prospere en los ambientes personales y sociales.
La relación entre escuchar-comprender, equivale a la relación coger-adherirse, en cuanto que el secreto de toda la parábola es renovar la existencia en el nuevo camino del Reino. No se propone “un conocer secretos”, sino que queda bien claro lo que el Señor espera de cada uno: fruto de ciento, sesenta o treinta, pero después de todo, fruto.

+ Mons. Enrique Sánchez Martínez
Obispo Auxiliar de Durango

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