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Como perdonando el viento

Con gran acierto el escritor Miguel de Unamuno, pensaba que “Jamás un hombre es demasiado viejo para recomenzar su vida y no hemos de buscar que lo que fue le impida ser lo que es o lo que será”, sabias palabras de quien vivió 72 años, una larga vida considerando que nació en la España del siglo XIX cuando la expectativa de vida no era tan extensa. Aunque a decir verdad, la mejor estadística se ve superada por los espíritus indomables como el de Picasso, contemporáneo de Unamuno que vivió 92 años obsequiándonos su existencia: “cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”, aseguraba.
El envejecimiento, es un proceso biológico inevitable en todos los seres humanos, en donde no hay marcha atrás, por tanto, el papel de las y los adultos mayores en los distintos ámbitos de la sociedad debe replantearse con la finalidad de que sea reconocido y dignificado. Por ello, antes de continuar me disculpo, señor director, preveo que esta columna será larga, pero nunca tanto como la vida.
En 1982 se decretó conmemorar, a nivel internacional, el mes de agosto como el de la vejez; y en México se determinó que el día 28 de este mes sería considerado como el día del abuelo, y desde luego, también de la abuela.
De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México hay 10.1 millones de personas adultas mayores: “6 millones de hogares tienen un adulto mayor como jefe de familia; 2.7 millones de hogares están compuestos por el adulto mayor jefe y sus hijos; 2.2 millones de hogares están compuestos por el adulto mayor, sus padres o hijos y otros parientes; y un millón de hogares están habitados por adultos mayores solos”.
Hago un paréntesis para confesar que respeto y coincido con las nuevas denominaciones como “adultos mayores” o “adultos en plenitud”, sin embargo, me gustan más aquellas usadas originalmente porque creo que a las cosas hay que nombrarlas por su nombre. La palabra vejez va cargada de simbolismos, de historia y de pasiones; la palabra abuelo va llena de partencia y genealogía. En otras palabras, personalmente lo que yo conmemoro este día, no es la edad en sí misma, sino la categoría de quienes son miembros fundamentales e insustituibles de las familias, porque solo así me puedo reconocer en mis antecesores y en mi descendencia; mejor aún, me puedo confesar una orgullosa abuela y recordarme como una amada nieta.
Es menester señalar en el marco de esta conmemoración que durante las últimas cuatro décadas, nuestro país han tenido cambios importantes en materia de población, por ejemplo, la reducción de su crecimiento y de la mortalidad, así como el aumento en la esperanza de vida, han modificado la estructura de la población radicalmente. En esta primera parte del siglo XXI, México tiene una estructura de población muy diferente a la de los años setenta, ochenta y noventa del siglo pasado, resulta evidente, que el cambio más importante ha sido el de la transición demográfica hacia su envejecimiento. Para el 2050 se estima que México será el país con mayor proporción de adultos mayores en toda América Latina: 33.8 millones de personas con más de 60 años, según las proyecciones del Consejo Nacional de Población.
Estos cambios demográficos, nos llevan a superar un sin número de retos, las necesidades, demandas y servicios no son los mismos para los distintos segmentos de la población y lógicamente habrá que encausar nuestro esfuerzo para atender a los más representativos.
La población mexicana de 60 años y más se encuentra en un acelerado crecimiento, por lo que el Estado habrá de hacer frente a toda una serie de demandas derivadas del proceso de envejecimiento, es decir, tendrá que garantizar a este sector la plena vigencia, goce y ejercicio de sus derechos humanos, en su dimensión política, civil, social y humanitaria.
Sí, es urgente hacer cambios pero no solo desde la esfera pública, sino también desde la sociedad. Un cambio de mentalidad, una redefinición de valores, una nueva cultura y un nuevo entendimiento que permita a las distintas generaciones convivir en la tolerancia, en el respeto y en el amor.
Pablo, un joven amigo del DF., me decía mientras platicábamos de este tema, “cuando yo era chico me les quedaba viendo a los viejitos, me llamaba mucho la atención que en ocasiones los veía con una expresión triste en su rostro, pasó el tiempo y mientras crecía fui entendiendo muchas cosas, entendí su mirada… Tuve la fortuna de convivir con mis cuatro abuelos, de ir viendo y procesando como ellos iban envejeciendo… Viví con mis abuelas y mis abuelos sus manías, su carácter, su filosofía y sus locuras; compartí fiestas, comidas y viajes; sufrí sus regaños, su enfermedad y su muerte; incluso hoy sufro el desencuentro con uno de mis abuelos, aún así celebro su existencia…”
Platicar con este joven me hizo reflexionar sobre la importancia que tiene hablar y, en este caso, escribir de los abuelos y sobre ellos. Reconocer que si bien algunas habilidades se van mermando con el paso del tiempo, otras nuevas se van adquiriendo y perfeccionando, de ahí que es preciso tomar consciencia de que van necesitando cosas diferentes a las de otrora, en primer lugar, una compañía que sea de calidad, respeto, paciencia para cohabitar a su ritmo y en su espacio. Ellas y ellos necesitan comprensión y entendimiento para continuar en el viaje de la vida.
No podemos pasar por alto que la violencia, abuso, maltrato y exclusión de los adultos mayores en México es un problema en aumento. De acuerdo a la Fundación para el Bienestar del Adulto Mayor, de los más de diez millones de adultos mayores que hay en México, 1.7 millones son víctimas de violencia tanto física como psicológica, el 40 por ciento, alrededor de 680 mil ancianos, vive está realidad dentro de sus propios hogares.
Los claroscuros de la vejez nos exigen resignificar las diferentes etapas de la vida y plantearnos nuevos paradigmas que apunten al fortalecimiento de la dignidad humana en todas las facetas de su vida. Construir una nueva ética para el presente que nos acompañe en nuestro futuro.
Hago un llamado urgente a quienes son nietos y también a quienes no lo son, para que al terminar de leer estas líneas vayan al encuentro de los abuelos, los miren a los ojos y se reconozcan en su mirada; vayan y mientras los abrazan escuchen susurrar al oído: ¡Envejece a mi lado¡ Lo mejor está por llegar. Vayamos a su encuentro y caminemos junto a ellos, así como lo contaba Piero, caminemos lerdo … como perdonando al viento.
Desde este espacio, recuerdo amorosamente a mis abuelos y felicito a los abuelos de México y de Durango en su día.

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