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Confusiones para 2018


Julio Faesler

El que el electorado tenga poco aprecio al sistema político que nos gobierna y todavía menos respeto a los políticos contribuye al ambiente de confusión que hoy vivimos. El tema es importante porque la guerra que hay que librar contra la corrupción imperante y en favor de la honradez en la administración pública requiere que la política como imprescindible quehacer empiece a ser respetada.
Es extremadamente urgente que en los próximos años tripulemos los cargos públicos con individuos de conducta honorable y que así terminemos la vergonzosa era de funcionarios corruptos de todo nivel, tanto federales como locales, que a lo largo de las décadas hemos tolerado y que para colmo se hayan adueñado de las funciones públicas sólo para lucrar y robar en forma descarada.
La captura de exgobernadores y de funcionarios de entidades paraestatales va avanzando. Algunos más están por ser llamados a cuenta. En el siglo XXI, la cultura de la corrupción ha llegado hasta las universidades que se han valido de la academia como disfraz. En prácticamente todos los casos, los sectores de la iniciativa privada la corrupción se extiende más allá del ámbito público y se anida en amplios.
Por lo anterior es indispensable que el país cuente con una fiscalía específicamente dedicada a identificar hechos y actores. El que la instauración de esta oficina se esté topando con tantas dificultades y tropiezos es un indicador de cuán hondo es el problema de la ilegalidad y su hermana la impunidad que son fenómenos que debieran atenderse con la llana y elemental aplicación del Código Penal Federal y los estatales en vigor sin tanta superestructuración jurídica que se ha diseñado y que sólo invita ineficacia.
Hay también otro factor que está presente en el escenario de 2018: el de la decepción y desconfianza ciudadana en el andamiaje político, que es un obstáculo terco a la inmensa tarea de componer esa maquinaria. Si partimos de un bajo nivel de confianza propia, es difícil imaginar cómo vamos a lograr lo que tanto urge.
Es aquí donde radica otro de los problemas que nos lastran: mientras no haya una genuina convicción en los valores que declaramos, no contaremos sino con promesas de campaña que nada añaden para la solución que decimos requerir.
Planteados así los comicios del año entrante, se apreciará que el candidato que triunfa con sólo hacer promesas de buen servicio nos deja con el pendiente de saber cuáles son sus verdaderas intenciones. Lo aún más grave es que no se sabrá el rumbo que ha de llevar su acción, salvo la fundada sospecha de que repetirá los consabidos abusos que hemos denunciado en sus antecesores. Ante la probabilidad de que habremos de continuar con los mismos esquemas de comportamiento del pasado, no existe la motivación para apoyar las frágiles propuestas y compromisos de los candidatos y mucho menos las ampulosas declaraciones de los partidos.
En esta atmósfera de desconfianza y sin más reto que el de la frustrante cotidianidad que la sociedad le ofrece, el único aliciente que pueda tener el votante en las elecciones en puerta es el de poner su propia rectitud personal en garantía y elegir al candidato que más coincida con ella. El apoyo que un ciudadano pueda dar a determinado candidato será en términos personales. Las consideraciones individuales van a regir más que cualquiera otra consideración.
El cuadro anterior explica la confusión que existe en el elector mexicano respecto a los retos de 2018. Para él no habrá más brújula para las decisiones que deberá tomar que los parámetros de la propia conciencia. El sentido de los votos que entonces se emitan serán más que nunca exclusiva responsabilidad de cada quien. Aquí es donde se terminarán las confusiones.