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Corrupción, el auténtico enemigo

Epicentro“Cuando el sabio señala la luna, el tonto mira al dedo”… este viejo proverbio Chino nos ayuda a ilustrar lo que a mi punto de vista refleja uno de los más grandes errores que como sociedad estamos cometiendo en la actualidad.
Y es que después de los cientos, quizás miles de escándalos donde figura nuestra clase política y entre los que sobresalen (no por importancia sino porque son los más frescos en la memoria del colectivo), los “diputeibols”, la Casa Blanca, la isla privada de Agúndez, la fuga de Joaquín Guzmán Loera o el horror perpetuado en Guerrero y sus múltiples causas; hemos caído en una especie de sofismo, que a ciencia cierta representaría la entropía de un sistema por el que se ha derramado sangre, sudor y lagrimas.
Por este tipo de casos, la sociedad civil ha colocado como enemigo número uno a los Partidos Políticos, un craso error, pues ¿En qué democracia, medianamente consolidada, se piensa que los partidos políticos son enemigos del pueblo?, esta pregunta viene a colación por la serie de comentarios negativos que he escuchado o leído en algunos medios de comunicación o incluso por los mismos políticos que al verse marginados por el partido en el que militaban, ahora aprovechan la figura de las candidaturas independientes para desacreditar todo aquello que antaño defendían, frases como: “¿tú les crees?, yo tampoco”, “todos son iguales”, “soy como tú”, no hace más que abonar al descredito de uno de los cimientos primordiales de todo sistema democrático.
El resultado de estos silogismos es claro, en una encuesta realizada por el grupo Parametría a mediados de este año 2014 se muestra que el 42% de los mexicanos es escéptico acerca del hecho de que los partidos políticos son piezas fundamentales en los sistemas democráticos, de igual forma en otra encuesta realizada en octubre del mismo año por la casa encuestadora Demotecnia, se observo que el 94% de la población confía poco o nada en los partidos políticos.
Si bien es cierto que la pasividad de los partidos políticos ante la situación que sufre México es pasmosa y los presidentes nacionales de los tres más grandes no han tomado la iniciativa de comprometerse a fondo en participar activamente en un cambio sustantivo que impida se siga corroyendo la estabilidad del sistema democrático, no debemos mirar el dedo, sino a la luna, pues el verdadero problema, no son los Partidos, sino la corrupción, esa que se agazapa en todos las recónditas grietas del Estado Mexicano y ante las cuales, no se ha ofrecido una solución factible y dura que extirpe este cáncer de toda institución.
Empero, no debemos olvidar que los partidos políticos son actores fundamentales en el contexto de un sistema representativo democrático, son reconocidos como uno de los espacios por excelencia, de expresión, representación y procesamiento de las demandas de los ciudadanos; son considerados al mismo tiempo como eje central del Estado democrático moderno, ellos no son el mal, sino la posible cura.
Diversos autores como Panebianco (1990) han estudiado la importancia de los partidos políticos como actores legalmente instituidos que interactúan entre el Estado y la sociedad, si bien no son el único medio de expresión social, si se han convertido en medios legítimos hasta hoy para la expresión y procesamiento de demandas ciudadanas. Los antecedentes históricos muestran que las democracias en Europa occidental, Estados Unidos, Canadá y por supuesto en América Latina han logrado mantenerse y permanecer precisamente sobre la base de la existencia de partidos políticos sólidos, es así que los sistemas democráticos se fundan, fortalecen y reproducen sobre la base de sistemas de partidos.
Por tanto los partidos se constituyen como un elemento fundamental del complejo proceso de formación de la voluntad política del Estado, son el puente entre los grandes grupos ciudadanos y el poder político.
La alternativa no es su desaparición o debilitamiento, sino más bien su fortalecimiento y democratización, los partidos políticos deben abrirse a la ciudadanía, dejar a un lado las copulas de poder y transparentar su vida interna, en otras palabras, deben consolidarse como auténticos entes representativos de los ciudadanos, expulsar todo tipo de acto ilícito y purificar sus filas, sólo así quizá entonces dejaremos de mirar el dedo y comenzaremos a ver la luna.

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