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Corrupción: “el infierno, son los otros”

En días pasados mientras revisaba los documentos de mi archivo personal, me encontré con la publicación hecha por María Amparo Casar en 2015, la cual lleva por título México: Anatomía de la Corrupción, dicha investigación fue divulgada por el IMCO (Instituto Mexicano para la Competitividad) y el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas).
En ella se presenta una serie de gráficas con datos muy ilustrativos que permiten identificar los niveles vergonzosos de corrupción en los que el país se encuentra inmerso, pues de acuerdo al Índice de Percepción de la Corrupción, elaborado por Transparencia Internacional desde 1995 y que evalúa a más de 170 países, México ocupa el lugar 103 de 175, con una calificación de 35 puntos de 100 posibles.
De igual forma plantea que México es percibido como el país más corrupto de la OCDE y por un buen margen porcentual, a tal punto que, aún y si se incrementará el IPC 4 puntos anuales, harían falta 40 años para que nuestro país dejara el penoso último lugar de la tabla.
El tratado ayuda a entender como la corrupción se muestra como un fenómeno multifactorial, que inmiscuye tanto a actores públicos como privados ya sean entes morales o físicos. Lo curioso de este estudio, es que también evidencia que los mexicanos percibimos a la corrupción como una anomalía que se presenta entre políticos y empresarios, más no en nuestros círculos cercanos como lo pueden ser amigos, vecinos o familiares. De hecho un 76% de los mexicanos consideramos que nuestros familiares no son participes de la corrupción y un 70% que nuestros vecinos son inmunes a esta conducta.
Es decir que, y de ahí el título de esta columna que apela a la famosa frase del existencialista Jean Paul Sartre, “el infierno de la corrupción son los otros”, no mis hijos, no mis padres, no mis amigos o compadres, no… ellos sólo son víctimas de ella, lo cual contrasta con encuestas levantadas por el INEGI, donde se reporta la comisión de más de 4 millones anuales de actos de pequeña corrupción en el contacto de los ciudadanos con las autoridades.
Los actos de corrupción no son ajenos a nosotros, y eso hay que hacerlo consiente, la negación no exenta la culpabilidad, como tampoco el encerrarse en sí mismos fue solución para los personajes de “a puerta cerrada” (Obra teatral concebida por Sartre), quienes pretendían huir de la mirada del otro, lo cual no los salvo, pues estaban condenados a escuchar los pensamientos del otro, cuya presencia se hace patente e insoportable, así como nosotros estamos condenados a sufrir las consecuencias de la corrupción, a no ser que nos hagamos responsables de nuestros actos y fomentemos la cultura de la legalidad y la transparencia, empezando sí, por nosotros mismos y nuestro círculo más cercano, y llegando hasta los más altos funcionarios o empresarios ostentosos. Solo así, quizá, seremos capaces de abandonar por completo este horrible infierno.

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