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Cuando se inundó la Ciudad de Gómez Palacio

En los momentos en que se celebraba el Grito de Independencia en la Ciudad de Durango, con un baile de gala en la planta baja del Palacio de Gobierno, se desbordó el río Nazas debido al enorme derrame de la presa “El Palmito”, formando una inmensa laguna, dejando al centro cuarenta poblaciones inundadas y un sinnúmero de colonias gomezpalatinas, con más de veinte mil damnificados: diez mil de ellos, de la noche a la mañana, se vieron sin hogar.
Así fue el caso de la populosa colonia Santa Rosa, en la ciudad de Gómez Palacio, en donde casualmente me encontraba, visitando a la familia de Juan Arizmendi Hernández (qepd), mientras que Juan estaba en la ciudad de Durango, cursando sus estudios de medicina veterinaria, vivía en mi casa paterna, donde yo le había brindado hospitalidad, con la anuencia de mis padres.
Por tal motivo, tuve la oportunidad de auxiliar a la familia Arizmendi y a algunos vecinos para evacuar su domicilio, ante el inminente peligro de que arrasara con sus pertenencias el caudaloso volumen de agua, convertidas las calles en verdaderos ríos con una impresionante corriente, en donde flotaban camas, roperos, ropa, etc, gran parte de la noche nos ocupó esta tarea humanitaria. Recuerdo que Juan Arizmendi me regaló un voluminoso libro: “Discursos de Torres Bodet”, a manera de agradecimiento.
Bueno, pues resulta que por ese motivo, los vecinos de esa región, concretamente los de “Francisco Sarabia”, “La Goma”, “Juan E. García”, “Chocolate”, “Ejido Guzmán”, “El Rayo”, “6 de Enero”, “Sapriorís” y de la propia colonia “Santa Rosa”, se entrevistaron a los pocos días con el gobernador entrante.
Quien por su falta de sensibilidad social y tacto político, les contestó con una frase que quedó acuñada para la posteridad: “Mi gobierno no es casa de beneficencia”, expresión que fue duramente cuestionada en los círculos duranguenses, pero sobre todo, por los afectados, a los que les lastimó en lo más hondo. Mientras que el Gobernador del Estado de Coahuila, Don Braulio Fernández Aguirre, atendía personalmente, en el lugar de los hechos, a los damnificados coahuilenses.
Más adelante, desde luego, se reparó esa infortunada expresión del gobernante duranguense, pues se tuvieron que ampliar los vasos de las presas “El Palmito”‘ y “Las Tórtolas”, así como desviar sus derrames en canales para riego.
Un Durango bronco estaba en gestión; el agobio en el que empezaba a vivir nuestro Estado, por falta de empleo y de recursos para sobrevivir, se manifestaban más crudamente con inquietudes y reclamos legítimos; el nivel de vida se estaba pauperizando, contrariamente al crecimiento que era evidente en el resto del país; sólo un dato nos deja ver a perspectiva ese contexto: ¡Durango estaba dentro de los cuatro estados con mayor atraso! junto con Tlaxcala, Hidalgo y entonces, un Zacatecas pauperizado.
Mientras que en la República el Producto Interno Bruto oscilaba en el 7%, en Durango se mantenía escasamente en el 1.4% de crecimiento. Eran los años 1968 y 1969 y los índices empeoraron en el año de 1970, había una pobreza generalizada. Prevalecía aún la frustración del movimiento estudiantil del cerro en el 66 y estaba viva la herida de los sucesos del 68, en Tlatelolco.

Los comerciantes hacen un paro
En medio de estas condiciones, cuando surge desde 1969, un nuevo conflicto social que se tornó político: el comercio organizado de la ciudad de Durango, así como otros sectores de contribuyentes, realizaron un cierre de sus actividades en un 95% de sus agremiados; además de la CNIT, Unión Ganadera, Asociación de Propietarios de Fincas Urbanas, Unión Local de Introductores de Ganado, la CANACO, etc., en protesta por la nueva Ley de Hacienda que estaba por promulgarse.
El Presidente de la CNIT era Arnulfo Muller; el de la CANACO, lng. Alberto F. Navarro y el gerente de la misma, Roberto Reyes, quienes se denominaron “Coalición de Fuerzas Activas y Productivas”. Un papel muy destacado también jugaba don Andrés de la Parra, quienes acordaron promover un amparo colectivo para protegerse de la Ley Económica Coactiva, a través de su representante legal, el Licenciado Víctor Manuel Cano Cooley.

Legado de Raymond Bell
El Gobernante Páez Urquidi -hombre muy caballeroso y de fino trato, la verdad sea dicha- ya no veía lo duro sino lo tupido, pues posteriormente, se le empalmó otro elemento de inquietud, como fue el caso del recordado legado del norteamericano Raymond Bell, filántropo sin igual, que en un admirable gesto en una disposición testamentaria, cedió a los niños de Durango, dos haciendas inmensas, “Atotonilco” en el municipio de Cuencamé con más de cuarenta mil hectáreas y cuarenta potreros, y “San Juan de Michis” en el municipio de Súchil, que tenía como dieciocho mil hectáreas y quince potreros, con sus enseres y ganado.
Una fabulosa fortuna que en un deseo postumo dejó para aliviar en parte las necesidades del sector más desprotegido de nuestra sociedad: los niños; creando una fundación para tal fin, pero fungió como apoderado de la albacea, que era BANAMEX, el Secretario de Gobierno, Lic. Jesús Estrada Chávez, convirtiéndose en el centro de señalamientos y de exigencias para un informe claro, veraz y preciso de esos recursos.

Senadores en contra del gobernador
Y por si todo lo anterior fuera poco, abrumado ya al titular del Ejecutivo, enfrentaba una dura embestida de los senadores por Durango: Alberto Terrones Benítez y Cristóbal Guzmán Cárdenas. Ante el Congreso del Estado y en la prensa nacional y local, acusaban al gobernante y a sus más cercanos colaboradores de traición a Durango, mientras que el mandatario duranguense contestaba, en presencia de los diputados locales, con las siguientes palabras, las que me permito citar textualmente: “Terrones Benítez y Guzmán Cárdenas, dejaron sólo tristes recuerdos de su actuación, brillando siempre por su ausencia, por lo que se merecen mi mayor desprecio”.
Sería incorrecto, además de incompleto este pasaje político de nuestra historia contemporánea, si se ignoran los anteriores sucesos y conflictos, que de alguna manera marcaron la administración de Don Alejandro Páez Urquidi, de quien al final recordaremos su obra, que vista al tiempo y desapasionadamente, fue extensa y trascendente; en esta parte de la historia sólo he querido apuntar con objetividad, las condiciones difíciles que imperaban y que fueron el caldo de cultivo para el Movimiento Estudiantil de 1970.

Continuará…

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