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El cuento de nunca acabar

María Luisa Mendoza

Leer el periódico y ver los noticieros son una señal de desventura… me acuerdo de los cuentos de espantos que las nanas nos contaban y a mí, por lo menos, me daban el conocimiento del insomnio. Últimamente estoy tan enferma que el no dormir es como la cuota que pago por seguir viva… siempre estoy en un aeropuerto, donde me piden el pasaporte que perdí… en un final de dicha en la punta de una montaña, saliendo de la fiesta sola y mi alma sin quién me acompañe a la bajada… en una reunión política en la que soy meramente invisible… Es el horror, como estar en un conciliábulo donde se hable solamente alemán o se digan maravillas literarias que me interesan enormemente, pero que quienes las pronuncien sean cubanos o puertorriqueños y no entienda yo nada (esto es debido a las películas que pasan por la tele y los actores no hablan “cabal el esp”, como decía mi abuela). (También las cintas filmadas en España son enormemente difíciles de entrar enteramente por la dificultad para gozar ese español rapidísimo y a medias). Pero ése no era el tema del que hoy, día de Nochebuena “y este domingo es Navidad”…
Escucho la Novena Sinfonía de Beethoven y vuelvo a oír (como a los peces de los villancicos que “beben y beben y vuelven a beber”) y corono mi gozo dominical de los conciertos con la Oda a la Alegría: “Todos los hombres son hermanos donde sus suaves alas se posan…”. No es cierto, iguales-iguales ninguno… Observo los pájaros que se divierten en las ramas de los árboles de mi casa y ninguno se parece a otro: son hermosísimas almas hechas por Dios para darnos la felicidad que por otra parte nos niega o merma.. “Yo soy tú somos nosotros…”, cito porque quiero, a Octavio Paz y su verso que me ha sustraído a todo los últimos días… somos nosotros, dice y tampoco es verdad… si yo fuera tú , amor mío, me querría enormemente sin fin por el planeta… y no es así. Me extraña mucho, digo, por ejemplo, mi saudade tan fuerte por quien ya se murió, su ausencia multiplicada, porque si ya no estuviera nada más porque sí, a mí no me importaría nada, aunque no tuviera con quien hablar de nada, de Nueva York, digamos, de Varsovia y sus atardeceres de “sumenag” con Edmund Osmañczyk, mi bienamadísimo mejor polaco, quien me regaló a su patria con la bondad que lo distinguió en la guerra, en el periodismo, en la amistad y en aquella desdicha que me platicó cuando perdió a su mujer embarazada en un tren nazi que la llevaba a la muerte.
Todo eso no puedo volver a preguntarle a mi esposo, de puritita memoria tengo que rescatarlo antes de yo morirme, pero mientras, ¿Qué hago con mis interrogaciones?… Claro que yo soy tú… yo me defiendo sola porque entiendo en la raíz del grito que estoy sola, que la malignidad acechándome debo tirarla porque tú ya no eres más que yo y tu memoria…
Este es el cuento de nunca acabar.

¡Feliz Navidad!

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