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De policías mexicanos y carabineros chilenos

Hace unos años trabajé en la Embajada de México en Chile. En los primeros días de mi estancia noté algo distinto a lo que estaba acostumbrado: una sensación de seguridad pública reconfortante. Las calles en Santiago estaban (están) limpias y la ciudad tiene una especie de aurea poética que remata con esta sensación de seguridad. Un día olvidé en un parque mi computadora con unos libros. No tardé más de diez minutos en darme cuenta de mi error y regresé corriendo al parque, preocupado, y pensando que jamás los encontraría. Pregunté a unas personas que estaban en el área si habían visto mis cosas. Me dijeron que no, pero que no me preocupara, que seguro los Carabineros las tenían. “¿Quiénes son ellos?” Pregunté. “La policía, hueon”, me dijeron. Y en efecto, a unas cuadras estaba una estación de Carabineros y ellos tenían mi computadora. La vieron sola, la recogieron y la resguardaron. Esto en Chile es la regla, no la excepción. Los Carabineros son la fuerza policiaca de más prestigio en América Latina. Hasta la fecha sigo preguntándome, ¿Por qué en México no podemos tener policías así? Les dejo algunas reflexiones.
Mientras en Chile un Carabinero gana hasta 40 mil pesos al mes (incluidas prestaciones), en México los policías municipales –en promedio- ganan 10 mil pesos. Hay casos peores: en Chiapas ganan 5 mil pesos al mes. Mientras en Chile la educación de los Carabineros está centralizada, se divide en escuelas según el rango a ocupar, la mayoría del profesorado tiene una alta calidad y existe un escalafón claro y transparente para recibir ascensos; en México la carrera policial, como dice Alejandro Hope, no pasa de ser un buen deseo: según Causa en Común, en 26 de 32 policías estatales no se realizan evaluaciones de habilidades, destrezas y conocimientos. En 15 estados no hay evaluaciones de desempeño. Los ascensos son escasísimos: 3 de 4 policías nunca los reciben. Y mientras en Chile hay 2.9 carabineros por cada mil habitantes, en México tenemos 0.8 policías para el mismo número de personas.
Es decir, no hay fórmulas secretas para mejorar nuestra seguridad pública: ya sabemos lo que hay que hacer: pagarles mejor a los policías, prepararlos mejor, y contratar los necesarios para que la densidad de la seguridad pública aumente respecto al número de habitantes.
Vuelvo a Alejandro Hope. La reforma policial lleva en el tintero 20 años. Todas las plataformas políticas la retoman y en todo proceso electoral se menciona el tema. No se lleva a cabo porque no rinde frutos de forma inmediata y porque cuesta dinero. Pero el tema es tan importante que no podemos seguir postergándolo. Y el tema central no es quién tiene el mando de la policía –como muchos creen- sino la calidad de la misma. Da lo mismo si es mando único federal o estatal, si no tenemos buenos policías. Una propuesta de Hope que se me hace interesante es centralizar la formación de los elementos policiales en una academia nacional con campus regionales –sin que los presidentes municipales y los gobernadores pierdan el mando- y también centralizar la nómina como se hizo en el sector educativo. De esta manera, la reforma pasaría a manos de la Federación y no quedaría al arbitrio los presidentes municipales y gobernadores que, por las dinámicas políticas y presupuestales locales, no tienen los incentivos para hacer la reforma. La implementación, en cambio, sí estaría en sus manos. Ya estando en esto, debemos revisar, también, nuestro pacto federal. Chile es un país con un sistema centralista y esto facilita este tipo de modificaciones. Pero esa ya es harina de otro costal. Empecemos por lo primero.

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