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Dejé la Iglesia para abrazar la política

Continuando con mis recuerdos. De las remembranzas que conservo de mi padre datan de cuando corría el final de la década de los cincuentas; no era más que… un niño, orgullosamente “monaguillo” del templo del Refugio, llevado de la mano llena de sabiduría del Obispo Francisco Ferreira, “Don Pancho”, de Tierra Blanca, entonces Rector del Seminario Mayor.

Cuando fui “monaguillo”
Quizá de ahí, de mi infancia, mis incipientes ideales puestos -fervientemente primero- fueron ser sacerdote, pues todavía me parece sentir la frescura de las cinco de la mañana de aquellos lejanos y fríos días en que, emocionado, me levantaba para “alistarme” y asistir puntualmente a “repicar” las campanas para la primera llamada a misa, turnándonos en esa agradable encomienda, mis inseparables amigos de la infancia: Narciso y Felipe Cortés.
Y al que esto escribe se le atravesó la vocación de la política estudiantil y sentí que ese era un privilegio de la iglesia para pocos. Me transportaba en el metálico y sonoro sonido de las majestuosas campanas de bronce, colgando… columpiándose de un grueso lazo campirano entre esas centenarias piedras de canteras… Pero me sedujo más el llamado de la política cuando viví la intensidad de la campaña a la FEUD en 1963, de Maximiliano Silerio, con quien me unió una gran amistad que perdura hasta la fecha.
Fue en uno de esos días, cuando el aroma de la mañana rodeaba mi rostro y la brisa limpia de aquél Durango, que no pocos podrán decir conocieron por aquellos legendarios bar¬rios de Tierra Blanca, el nido del Durango viejo… el de nuestros ancestros, pues no había otro, de ahí nació Durango… Tengo presente pues, que mi padre fue un día por mí a la iglesia, a “nuestra Iglesia del Refugio”, para preguntarme si quería acompañarlo “a una dejada” a otra ciudad; que me subiera a nuestro carro, digo “nuestro” porque él así nos había educado; era el patrimonio familiar, el carro que nos daba para comer y para estudiar, era el patrimonio de la familia, del “Sitio Juárez”; en fin, me preguntaba él, si podría faltar a la escuela, la “Alberto M. Alvarado” No. 15, para que lo acompañara a “un viaje”, como él le llamaba cuando lo contrataban para que transportara a algún cliente a otra ciudad. Sentí que él anhelaba convivir y platicar con su hijo varón, el mayor.
Recuerdo que en esa ocasión, tomamos la entonces angosta Carretera Panamericana “45”, la que construyó el admirado mandatario -por muchos y por mí- Adolfo López Mateos, y por primera vez vi el inigualable esplendor de la salida del sol, era un sol rojizo… rojizo como pocas veces lo hemos visto, estoy seguro; bueno, al menos así me pareció… Qué caray y me impresionaba cómo lucía la campiña cruzada por una línea, que era la carretera iluminada con el amanecer “naranja”. No me podía sentir más seguro: mi padre iba conduciendo. No había manos más expertas y seguras para mí. Un padre podrá distraerse manejando, pero nunca cuando en sus manos lleva la vida de un hijo; eso, ahora lo he vivido.
Cómo le admiraba cuando lo observaba gobernar el volante, esa fue una de las primeras impresiones cuando contemplaba cómo devoraba la cinta asfáltica, Yo, con mi barbilla pegada al tablero, no quería desperdiciar ningún momento para seguir admirando esos paisajes que a mis ojos aparecían; era la primera vez que “salía” a carretera… pero… finalmente, no sé cuánto tardé pero… me quedé dormido. Qué protegido me sentía, qué pleno y feliz estaba cuando entre sueños percibí esa calidez y sensación de protección que mi padre me transmitía, pues él, al darse cuenta que me había vencido el sueño, sigilosamente bajaba el volumen de la radio y se quitaba su chamarra -de gamuza color miel, recuerdo- para cobijarme; la mía era insuficiente para ese frío mañanero de diciembre.
Estoy seguro que me arremoliné en el asiento delantero, a un lado de mi papá y me acurruqué en ese calor que me prodigaba. Íbamos a El Paso, Texas, recuerdo. Los pasajeros que “llevábamos” eran el ingeniero Alejandro Stevenson, q.e.p.d., y su señora esposa. Propietarios ellos de aquella famosa y popular radiodifusora XECK en donde años después, la distinguida señora Stevenson me dio trabajo (a petición de Pedrito Ávila Nevares, en 1967) como locutor en… “La Hora de la Juventud”. ¿Por qué es importante la memoria? Para no olvidar, para ser agradecido, porque somos consecuencia de nuestras vivencias y para nunca negar nuestros orígenes y nuestros valores familiares, pues como consecuencia de la vida diaria hemos visto y por lo tanto, aprendido, que la ética, la lealtad, la gratitud y la memoria histórica son parte de esos valores, que cada día se han ido perdiendo.
Esta es suficiente razón como para que en un momento paremos el mundo en el que vivimos y nos fortifiquemos, nos demos fuerza con el orgullo de nuestro propio pasado, ya que es lo que le da valor a un ser humano, pues no hay ni habrá tiendas en donde se puedan comprar los valores, los principios, la memoria o la nobleza humana. Para eso me sirve, mi pasado.

Cumplí mi manda al “Santo Niño”
Y ya que estoy regresando la película de mi vida… otro episodio… Ah qué tiempos aquéllos, cuando al terminar la primaria en la “Escuela No. 15 Alberto M. Alvarado”, hice una manda al “Santo Niño de Atocha”, ir en mi bicicleta nueva, que por ese motivo mi padre me había regalado, de Durango a Fresnillo, hasta su templo.
Inicialmente íbamos a ir mi recordado amigo Juan Francisco Tremillo Rangel y yo. Mi padre me insistía que una manda es un compromiso y que cumpliera mi palabra; finalmente salí solo, porque “Quico”, en el último momento no recuerdo por qué, no pudo acompañarme. Aunque soy un libre pensador que no cree en ningún dogma. Ni en el más allá.
Ese día tan esperado y programado, llegó. Eran las tres de la madrugada cuando tomé carretera; mi padre me dejó en las afueras de la ciudad, frente al otrora Restaurante Santa Fe, mientras él, en su carro, con mi madre y mis hermanos, emprendieron el viaje como a las ocho de la mañana, a alcanzarme; por cierto, entre ellos iba mi prima Ninfa Oralia Espino Leyva, hoy de Arizmendi.
Fue pasando las curvas del Calabazal, casi frente a Sombrerete, Zac., en donde me dieron alcance. Ahora pienso lo peligroso que era esa travesía en plena madrugada; hoy ya no lo haría, pero es que en aquellos tiempos había más seguridad, era más “nor¬mal la gente”, pero de cualquier manera, qué arriesgado viaje. Recuerdo que las señales de la carretera a lo lejos y por el miedo, ¡se me figuraban personas! Apenas podía pedalear, por el temblor de mis rodillas. A pesar del frío, iba sudando, cuan débil era la mente, me dije.
En la adolescencia, finalmente abrasé mejor la política. Y como dicen por ahí, “la historia continuará…”

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