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Democracia es… nunca traicionar a la nación

“El político es su formación, sus ideales y sus valores” 

Andrés Serra Rojas

Dice la historia, que la democracia como método de decisión política, surgió en Grecia hace más de 2500 años, en la ciudad-estado de Atenas. Esta práctica política ejercida por el pueblo griego tuvo el propósito de luchar contra los gobernantes tiranos que buscaban mantenerse en el poder político para favorecer a la clase aristocrática de la polis -ciudad-. Aunque en aquel tiempo solo los ciudadanos varones podían participar en las decisiones que se tomaban en el Ágora, ósea en la plaza pública, sentaron para la posteridad un ejemplo de que las grandes decisiones de una comunidad políticamente organizada las debe tomar el pueblo representado por su cuerpo ciudadano. Esta institución política de la democracia fue retomada en forma brillante en el siglo de la luces –XVIII-, tanto en Europa como en el Continente Americano, especialmente en las trece colonias asentadas en lo que hoy son los Estados Unidos de América. Vale la pena comentar que antes en 1215, los varones feudales de Inglaterra se rebelaron contra los injustos impuestos que pretendía cobrarles el rey Juan sin Tierra. De esta rebelión surgió el famoso documento legislativo denominado Carta Magna, en cuyo artículo 39 se establecían las garantías de legalidad y de audiencia. Aunque duro poco tiempo su vigencia, sentó un precedente de normación constitucional, que sería referente histórico para las instituciones jurídicas que surgirían en los futuros estados nacionales. Así pues, en 1776 al revelarse las trece colonias de Norteamérica contra los impuestos al té que pretendía cobrarles el entonces rey de Inglaterra Jorge III, desataron un movimiento libertario que se consolido al establecer un sistema político democrático que se inscribió en la Constitución de Filadelfia en el año 1787 y que se propagó en las colonias españolas del continente americano. También en el año de 1789, en Francia se revelo el pueblo oprimido por la monarquía absolutista que reinaba en ese país dando lugar a la Revolución Francesa que proclamaba los principios democráticos de libertad, igualdad y fraternidad; se trataba de abolir los privilegios de la monarquía gobernante.

En México, después de proclamada la guerra de independencia por el Padre Hidalgo, el primer ensayo de ideas democráticas fue en 1814 en la Constitución de Apatzingán, proclamada en Chilpancingo –capital del hoy Estado de Guerrero-, congreso convocado por el generalísimo Morelos, quien también nos legó el documento denominado “Sentimientos de la Nación”.

A mediados del siglo XIX, después de la Guerra de Reforma, liderada por Juárez, contra los conservadores, se promulgó la Constitución de 1857. Luego, en 1867 los liberales derrotaron a las fuerzas francesas de intervención y restauraron la República. Así fue como nuestro país fortaleció el ideal democrático de la soberanía popular. Ya en el siglo XX, en 1910, Madero convoco a la revolución armada, con su lema democrático “Sufragio Efectivo. No Reelección”. El documento que recogió los anhelos del pueblo revolucionario fue la Constitución de 1917; a partir de entonces, se fueron construyendo las instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que detonaron el desarrollo de la vida nacional.

Hoy, en 2019, dirige el gobierno de la República un Presidente –Andrés Manuel López Obrador-, que fue votado por más de treinta millones de ciudadanos en un ejercicio democrático sin precedente en la historia de México. Este acontecimiento político-electoral fue un legítimo mandato democrático de alternancia en el poder –por cierto la alternancia política también es una institución creada por los griegos-. Es innegable, que estamos asistiendo a la construcción de un nuevo régimen político, según el decir y el hacer del propio presidente López Obrador. Es un desafío disruptivo en la vida política de nuestro país. Las reformas políticas, jurídicas y culturales que está realizando este nuevo gobierno de la República, buscan alcanzar, entre otros, dos grandes reclamos sociales de nuestro tiempo: reestablecer la paz y la armonía social y erradicar la pobreza extrema, bajo la línea estratégica del combate a la corrupción. Como universitario que soy, formado en mi alma mater: la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, aprendí de mis maestros que la prioridad de quienes asistimos a sus aulas, es la de servir a toda la sociedad mexicana, priorizando siempre las causas de los estratos sociales marginados. Finalmente, después de lo dicho, como priista que soy desde 1965; en mi opinión, el partido que debe guiar nuestros afanes son los grandes anhelos de la nación mexicana, por encima de cualquier interés particular.

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