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Desastre ambulante

Al proclamarse vencedor en las pasadas elecciones presidenciales en la Unión Americana, para nadie fue un secreto el hecho de que la clave de su triunfo se fincó en un discurso nacionalista y hegemónico que supo captar la atención del ala más conservadora y radical de la derecha norteamericana.
“Haz América grande otra vez (Make America Great Again)”, el eficaz lema de campaña, mercadológicamente hablando, lleva intrínseco un mensaje de todo tiempo pasado fue mejor, de que América (como suelen referirse los norteamericanos a su país) es para los americanos. En síntesis, un discurso proteccionista, discriminatorio y de notable tufo imperialista.
El pasado viernes 11 de agosto un grupo de supremacistas blancos, neonazis, antisemitas e integrantes del Ku Kux Klan, entre otros grupos radicales de la ultra derecha, se reunieron en el campus de la Universidad de Virginia, para protestar en contra del retiro de una estatua del general Robert Lee, quien peleó en la Guerra Civil a favor de los esclavistas del sur.
Al día siguiente estos grupos hicieron una manifestación por las calles del poblado de Charlottesville en donde también participaría su contra parte, es decir grupos pacifistas y antirracistas. Ese día, un joven de 20 años, declarado neonazi, James Fields, condujo su carro en contra del grupo que se oponía a las demandas de los supremacistas blancos, hiriendo a 19 personas y dejando sin vida a la joven activista de 32 años Heather Hayes.
Tras conocerse la tragedia un dubitativo Trump, apeló más a la ambigüedad que a la frontalidad que lo caracteriza. En las redes sociales escribió: “Condenamos en los términos más fuertes este indignante despliegue de odio, intolerancia y violencia de todos los sectores”. Le tembló la mano para señalar a los radicales supremacistas blancos de la ultra derecha, sino que además repartió la culpa también entre quienes están en contra del racismo.
Prominentes miembros del partido Republicano, que abanderó a Trump como su candidato a la presidencia, criticaron de manera enérgica la ambigüedad del posicionamiento. El senador por el estado de Colorado tuiteó: “Señor Presidente: debemos llamar la maldad por su nombre. Estos eran supremacistas blancos y esto fue terrorismo interno”. De igual forma lo hizo uno de los principales líderes de grupos supremacistas, David Duke: “Mírate bien al espejo y recuerda que fueron los estadounidenses blancos los que te pusieron en la Presidencia, no los radicales de izquierda”.
Este episodio le acarreó días complicados a Trump. Propios y extraños le recriminaron su falta de mano firme ante un suceso de eminentes tintes racistas. El control de daños de su círculo cercano no fue ni remotamente cerca de ser efectivo.
El suceso sirvió además para volver visible la cara oculta de Estados Unidos, los grupos radicales que alimentan hoy más que nunca el racismo y la xenofobia. El pasado vergonzante del vecino país del norte está hoy más vivo que nunca. Las consignas que gritaban estos grupos en aquella fatídica jornada fueron más que elocuentes: “las vidas de los blancos importan” y “no nos reemplazarán”.
El pasado domingo el influyente diario New York Times dedicó su editorial al presidente norteamericano. Bajo el título “La fallida presidencia de Trump”. El medio impreso estableció que “la defensa argumentada por Trump de los supremacistas blancos de Charlottesville renovó, como nunca antes, profundas dudas sobre su brújula moral, su entendimiento de las obligaciones de su cargo y su aptitud para ocuparlo”. Agregó además que la presidencia de Trump es “un desastre ambulante”.
Durante su campaña electoral Trump convocó al odio. Hoy, empieza a mostrar su cara.

ladoscuro73@yahoo.com.mx
@ferramirezguz

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