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Destape, ¡ya!

José Buendía Hegewisch

La liturgia para la unción del candidato del PRI está en marcha con las viejas formas de culto a la voluntad presidencial del antiguo régimen. La elección del método para elevar al ungido se alinea con el índice presidencial y su ánimo determinante alcanza hasta para empujar una opción no priista entre la baraja de aspirantes, con la misión de “lavar la cara” a la imagen de corrupción y promesas incumplidas de la administración de Peña Nieto. El “destape” está al caer como en los viejos tiempos, pero ahora capaz de convivir con los nuevos de la democracia.
En el juego del tapado no se descarta por completo ni siquiera a uno fuera de los cinco encartados, pero el arroz parece bastante cocido y no se ven razones para esperar una “sorpresa” en las posadas. La cúpula empresarial desde hace tiempo reclama al secretario de Hacienda, José Antonio Meade, como condición para sumarse en una coalición contra el “populismo” fuera del círculo peñista y que el PRI necesita para plebiscitar la elección contra López Obrador. Su condición es el precio por los escándalos de corrupción de la administración, pero le convendría que el destape provenga de sector obrero para proyectar la idea de aceptación por la estructura priista, aunque no lo conozcan, y cercanía con causas sociales, aun sin resultados que ofrecer. El elegido debe venir a quitar a los priistas el “complejo de corrupción”, como gusta decir al Presidente, pero, sobre todo, a buscar sumar fuera de voto duro. La palabra clave que invoca al ungido es sumar contra AMLO en un terreno de tal fragmentación del voto que favorece al PRI. ¿Meade, el denominador común del statu quo?
Como uno de los artífices de la política económica en el anterior gobierno panista y el actual priista, Meade representa el statu quo y, en consecuencia, el sufragio “anti López Obrador”, que junto con el voto “anti PRI” definirá una elección “que no será fácil”, como aceptó el expresidente del Consejo de Negocios, Claudio X. González, tras expresarle recientemente su respaldo. El diagnóstico ha calado hondo en el PRI hasta deponer sus resistencias hacia un candidato no priista, porque sabe que sin una amplia coalición no podrá conservar el poder en 2018.
Si en los viejos tiempos del “carro completo” el destape se controlaba con frenos internos entre aspirantes, como “primero el programa y luego el candidato”, el fuerte retroceso electoral del PRI en el sexenio —casi cinco millones de votos— les obliga a construir primero una amplia coalición de intereses fuera del partido alrededor del elegido antes del anuncio del dedazo. Uno de los bonos de Meade es no ser priista ni parecerlo, en un contexto en que el voto “anti PRI” abarca a 60% del electorado, aunque le será muy difícil conseguir de ese universo el amplio voto “antisistema” aun con la imagen de funcionario público experimentado y candidato sin partido ni sombras de corrupción en su paso por cinco secretarías de Estado. El suyo es el perfil de la alianza de grupos del “Prian” que AMLO ataca desde hace años como la “mafia del poder” y a la que atribuye las decisiones del país al margen de los partidos.
Precisamente esa polarización marcará la fecha del destape, que podría suceder antes del 20 de noviembre, cuando López Obrador anunciará su programa de gobierno. En un momento de reposicionamiento del PRI y fracturas en la oposición, la develación del ungido marcará desde el origen el destinatario de la campaña priista y los términos de la confrontación: las opción entre “ir hacia adelante o dar un paso atrás con el populismo” en una reedición más cruenta y descarnada del voto del miedo contra la inconformidad de las últimas dos elecciones presidenciales. Por eso, el Presidente parece haber decidido vincular el día “D” del destape de su candidato con la oferta de gobierno de AMLO. El miedo es el mensaje.

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