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Discurso y realidad

Lo que hoy observamos a nivel mundial en las principales sociedades tiene mucho que ver con una realidad a la que no podemos sustraernos, por ser un factor que condiciona, inevitablemente, el comportamiento humano frente a los principales desafíos de la actualidad, como lo son: la preservación del medio ambiente y la ecología del planeta, la disminución de la pobreza mundial, así como la solución de los diferendos entre las naciones, como el que hoy enfrenta Estados Unidos con China en materia comercial y que comienza ya a inquietar al mundo financiero y económico.

Es de llamar la atención, por ejemplo, lo que ocurre en México con las políticas públicas implementadas en los últimos 10 años para disminuir la pobreza de millones de compatriotas. Casi a la par de los resultados dados a conocer el lunes pasado por el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) sobre la situación de la pobreza en el país, resurge el caso de la llamada Estafa Maestra, mecanismo nombrado así a través del cual se “diseñó” todo un esquema perverso de corrupción que le permitió a varios exfuncionarios desviar millones de pesos destinados, precisamente, a combatir la pobreza en el país y “redirigirlos” a destinos hoy insuficientemente aclarados y que muy probablemente sirvieron para enriquecer a unos cuantos “servidores públicos” del sexenio anterior.

Por ello, muchos han dejado de creer desde hace tiempo en el “discurso oficial” porque las mediciones indican, en sentido contrario al mensaje político, que a los gobernantes poco o nada les interesa “sacar” a los pobres de la situación económica que enfrentan desde hace muchas generaciones. Les importan los pobres, sí, para servirse de ellos a fin de ganar elecciones y mucho dinero; pero nada más.

Y ahí está la frialdad de las cifras, contraria a la “emotividad” de los discursos en los que se prometen tantas cosas que nunca se cumplen, como lo sucedido con la tan cacareada Cruzada Nacional Contra el Hambre, lanzada en enero de 2013 con la promesa de terminar con el hambre en el país: para 2014, un año después de anunciada, las personas con carencia por acceso a la alimentación aumentaron a 28 millones, mientras que en 2016 se redujeron a 24.6 millones; y para los siguientes dos años (2018) la cifra volvió a incrementarse a 25.5 millones de mexicanos, una quinta parte de la población.

En conclusión, en diez años se estancó la pobreza en el país. El año pasado, el número de mexicanos en esta situación sumó la cantidad de 52.4 millones de personas, contra las 49.5 millones que había en 2008. Hay que destacar que la diferencia se debe al crecimiento demográfico registrado en una década.

Otro dato que refuerza la hipótesis del fracaso en la lucha contra la pobreza en México refiere que 71.7 millones de habitantes de este país no cuentan con seguridad social y que éste es uno de los obstáculos mayores para reducir la pobreza en forma estructural.

En fin, los datos no son nada alentadores. Destaca la perspectiva a largo plazo, ya que, según estimaciones de los estudiosos del tema, tardaríamos hasta 175 años en sacar a los grupos sociales más marginados de la situación en que se encuentran desde hace décadas y reducir la pobreza a cero.

La sombría advertencia que surge del análisis de los datos proporcionados por el Coneval es la que sugiere que el número de personas vulnerables o en riesgo de “volverse pobres” pasó de 41.2 millones a 45.3 millones de la población mexicana, lo que se traduce en una gran “debilidad social” que nubla más el panorama de millones de familias. No conozco a ninguna sociedad que, con estas grises perspectivas, haya logrado sobreponerse a la pobreza y convertirse en una nación en desarrollo. Se calcula que el aumento de la población en riesgo de caer en pobreza en la última década fue de cuatro millones 100 mil personas. Así de dura es la realidad que nos toca afrontar.

Por esto y más resulta un crimen, si ya de por sí la corrupción devasta sociedades enteras, robarse el dinero destinado a aquellos programas encaminados a hacer menos gravosa la situación para quienes viven en la pobreza. Eso hay que castigarlo severamente. Y, en tanto, corregir los problemas estructurales, sobre todo en el terreno laboral, que nos permitan salir del estancamiento en el que nos encontramos.

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