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El cambio que viene…

Lo ocurrido el domingo 1° de Julio implica un cambio de régimen, una reconfiguración política casi completa y la demostración de que más allá del buen manejo de las variables macroeconómicas y la disciplina financiera de un gobierno, se requiere mucho más y, sobre todo, es necesario acercar los gobiernos a la gente, al mismo tiempo que ésta debe percibir en su vida cotidiana que los abismos de la desigualdad se pueden reducir.

La abrumadora victoria de López Obrador, el entusiasmo de miles de sus seguidores en el Zócalo y otras plazas públicas deben tener esa lectura y es un premio para quien nunca se apartó de ese guion, machacado hasta el final, de luchar contra la corrupción y la pobreza.

Pero lograrlo no es sencillo ni admite recetas improvisadas. No creo que esté en el ánimo inmediato de López Obrador hacerlo apelando a medidas o personajes radicales, más bien todo lo contrario, es por lo menos en esta etapa de transición la hora de los moderados. Los discursos lo han ratificado, pero también los nombres que manejó para el manejo de la propia transición.

En el ámbito financiero, Carlos Urzúa, acompañado por Gerardo Esquivel, mantuvo una conferencia telefónica con inversionistas financieros donde ratificó sus compromisos y políticas económicas: extrema responsabilidad fiscal; estricto respeto a la autonomía del Banco de México, mantener el mecanismo de tipo de cambio flexible, transparencia en el manejo de autoridades fiscales y regulatorias, finanzas públicas sanas reconociendo lo que se ha hecho en las últimas décadas, la creación de una Oficina Presupuestal en el Congreso, similar al Congressional Budget Office de Estados Unidos, no habrá, lo ratificó López Obrador en entrevistas, cambios constitucionales que no sean consensuados y consultados con los distintos interesados.

Era lo que los mercados querían escuchar. La ratificación de Urzúa en el manejo futuro de las finanzas y, sobre todo, de Alfonso Romo como futuro Jefe de la Oficina de la Presidencia, encargados los dos de la transición económica, es algo más que una señal en ese sentido.

Tras la tersa jornada electoral fue notable también el reconocimiento inmediato de un amplísimo espectro de líderes internacionales, desde Donald Trump hasta Nicolás Maduro. En buena medida es producto de un trabajo que ha desarrollado, también desde tiempo atrás, Marcelo Ebrard, quien sigue siendo un operador por excelencia de López Obrador en muchos ámbitos que al futuro presidente le son ajenos o no están en el centro de su interés. Marcelo estará encargado, junto con Héctor Vasconcelos, de todo lo referente con la política exterior en la transición. Vasconcelos ocupará su escaño en el Senado y  Ebrard la cancillería. Los presidentes suelen dedicar casi un tercio de su tiempo a temas internacionales, desde los protocolarios hasta los de interés global. Sinceramente no veo a López Obrador, que se concentrará, sobre todo, en la política social y la seguridad, demasiado interesado en ello. Pero para que pueda deslindarse de esas obligaciones tiene que tener un personaje no sólo de absoluta confianza, sino también de capacidad operacional comprobada. Y en ese sentido no tiene en su equipo mejor carta que Ebrard para realizar esa labor.

En la política interior la responsabilidad de la transición estará en las manos de dos mujeres con perfil muy diferente. La exministra de la Corte, Olga Sánchez Cordero, y Tatiana Clouthier. La hija del excandidato presidencial panista creció en el transcurso de la campaña, en lo operativo y, además, en sus constantes apariciones mediáticas. Olga es una mujer respetada por todos. No sé cuál de ellas se quedará, finalmente, en Gobernación, ni cómo se dividirán las tareas en la transición, pero en ellas estará depositada buena parte de la confianza política del futuro Presidente y ambas tendrán interlocutores y respaldos.

López Obrador nombró un séptimo integrante del equipo de transición, César Yáñez, responsable de las áreas de comunicación. De esos siete integrantes del equipo de transición, César es el único que siempre, desde los tiempos de la presidencia del PRD, ha estado junto a López Obrador. La suya es una cercanía política y personal que ha trascendido los años y las vicisitudes de una vida política e institucional de innumerables altas y bajas. Será una pieza fundamental en el andamiaje de la transición y el futuro gobierno.

No imaginamos a López Obrador como una reedición de Chávez o de los personajes más radicales de las corrientes populistas. Me lo imagino mucho más como un Lula en Brasil (no confundamos los problemas de corrupción que azotaron a Brasil y al gobierno de Lula con el manejo económico, financiero y de lucha contra la pobreza que impulsó) o los gobernantes de Argentina en el manejo económico y financiero. Por esos rumbos, sin cometer esos errores, creemos que quiere transitar López Obrador.

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