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El debate como actitud

Mientras escribo estas líneas el tema nacional es el debate entre los candidatos a la Presidencia de la República. Cuando se publique este texto ya habrá sucedido y estaremos en la etapa de post-debate, acaso más importante que la primera. Se han lanzado varias hipótesis sobre los debates. ¿Qué tanto importan? ¿Es cierto que puede cambiar la intención de voto de alguien o simplemente sirve para ratificar lo que ya pensamos sobre los candidatos? ¿Es cierto que no importan tanto los aciertos -porque estos no dan puntos- sino que lo que se busca es el error, el desliz que perjudique al puntero? Como en todo pronóstico que se da en estos terrenos, hay evidencia que apunta en todos los sentidos. En mi opinión, existe una dimensión del debate que creo que es inevitable y que poco se ha mencionado. La dimensión que deja ver el “estilo personal” de cada candidato; cuando despunta una cualidad de su carácter, de su personalidad, que vuelca la opinión de los electores hacia tal o cual preferencia. Va un ejemplo.
Las elecciones del año 2000 fueron las más cerradas en la historia de Estados Unidos. El vicepresidente Al Gore se enfrentaba al entonces gobernador del estado de Texas, George W. Bush. En el papel, parecía que Gore tenía los debates en la bolsa: tenía fama de buen orador mientras que Bush era considerado un “peso ligero” en el campo intelectual. En los tres debates, Al Gore se proclamó ganador; sin embargo, su mala actitud tuvo un efecto desfavorable en los votantes. Varias veces, mientras Bush respondía una pregunta, Al Gore suspiraba en señal de fastidio, lo que fue percibido como grosero e inapropiado. En el último debate, Gore se acercó amenazantemente a Bush mientras éste respondía una pregunta, a lo que el republicano respondió con una mirada de sorpresa provocando la risa del público.
Bush fue menos acertado durante sus intervenciones, a menudo trabándose y teniendo dificultad para explicarse. Sin embargo, los debates fueron una victoria para él gracias a que pudo mostrarse como alguien más afable y relajado que su rival. La actitud de Gore durante los debates reafirmó las características negativas de la imagen que había proyectado durante su vicepresidencia de ser una persona estirada y poco amigable. Antes de los tres debates, Gore tenía una ventaja de 8 puntos sobre Bush. Al finalizar, Gore perdió toda la ventaja. Los debates entre Bush y Gore son considerados como los más influyentes en toda la historia de Estados Unidos, sin contar el debate entre Kennedy y Nixon de 1960. La remontada de 8 puntos de Bush también es la segunda más grande de la historia de Estados Unidos.
En el debate seguramente se platearon propuestas y se esgrimieron ataques de índole personal. Pero algo más importante todavía es que, seguramente, el debate fue una especie de lupa que acentuó las virtudes y defectos de los personajes. En este momento usted, en su mente, ya ha de tener un ganador del debate de ayer. Entonces, trate de analizar: ¿Qué virtudes y defectos vio en los pequeños gestos, en la forma de contestar, de atacar? ¿Vio algo parecido al acercamiento amenazante que Al Gore hizo a Bush? Esos detalles dicen mucho. El liderazgo es una actitud. Y si el debate es una lupa, el poder presidencial es un microscopio: todas las virtudes y los defectos se magnifican. En esos detalles se forja la personalidad y esa personalidad deberá gobernar un país harto complejo, con muchísimas carencias y 120 millones de personas que buscan una vida mejor. No es un reto menor.

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