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El fin de los jesuitas

El Papa franciscano Clemente XIV suprimió a la Compañía de Jesús con el breve Dominus ac Redemptor (El Señor nuestro redentor), del 21 de julio de 1773. Así se ponía fin a la Orden fundada por san Ignacio de Loyola en 1540, que en ese momento tenía más de 23,000 integrantes organizados en 42 provincias en otros tantos países.
La razón más clara y palpable que explica el fin a los jesuitas es la presión que hicieron las casas reinantes de los Borbón, en particular la de España, sobre un papa temeroso y débil. Atrás estaban una serie de problemas y enfrentamientos de la Orden con el Vaticano.
En 1742, el papa Benedicto XIV condenó el extraordinario proceso de aculturación que el padre Mateo Ricci había hecho del cristianismo con la adopción de prácticas del confusionismo en China y en 1744 las realizadas por el padre Roberto de Nobili con el hinduismo en la India. El proyecto misional de los jesuitas sufre un duro golpe.
A lo largo de 1750, los misioneros jesuitas, junto con los indígenas, se enfrentan a las autoridades portuguesas en defensa de las Reducciones del Paraguay, pero finalmente ceden ante la fuerza del adversario y la falta de apoyo del general de la Orden, el padre Ignazio Visconti.
Los jesuitas fueron expulsados en 1759 de Portugal y todos sus dominios; en 1764 de Francia por el rey Luis XV y en 1767 de España y todos sus dominios por el rey Carlos III. Estos se trasladaron a vivir a los estados pontificios y otras regiones de Italia. No fueron bien recibidos por el papa y el propio clero, pero ahí se quedaron.
En su momento, por falta de cálculo político o soberbia, las autoridades jesuíticas no saben valorar que acontecimientos como los anteriores, que son expresión, a su vez, de nuevos tiempos en Europa, eran señales evidentes de que la Orden se enfrentaba con fuerzas civiles y religiosas que querían su eliminación.
El 16 de agosto de 1773, un mes después de que el papa había firmado el breve de supresión del Orden, pero que todavía no lo hacía público, el padre general Lorenzo Ricci, en la residencia jesuita del Gesú en Roma, recibe de manos de monseñor Vicenzo Macedonio, la notificación papal de la supresión.
Los jesuitas en todo el mundo se someten sin protestar. Se establece juicio contra el depuesto padre general, pero nunca hay sentencia condenatoria. A pesar de eso muere encarcelado en el Castillo de Sant’Angelo en noviembre de 1775. En el breve papal no se acusa a los jesuitas sino habla de la oportunidad de suprimirlos, por las molestias que había causado a lo largo de los años en el seno de la Iglesia.
La historiadora italiana Sabina Pavone, de la Universidad de Macerata, plantea que “los frutos que la Sata Sede esperaba recoger de la supresión no fueron de larga duración. Si Roma esperaba calmar a las potencias europeas y frenar la secularización de la sociedad, la Revolución Francesa demostró enseguida que no bastaba con abolir la Orden ignaciana para detener el espíritu de la época”.

Twitter: @RubenAguilar

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