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El legado revolucionario

“Solo partiendo del ALMA puede descubrirse la historia del hombre”
SPENGLER

Dijo alguna vez Octavio Paz que, “las épocas viejas nunca desaparecen completamente, y que todas las heridas, aún las más antiguas, manan sangre todavía. A veces, como las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre a otras… y se superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes”.
Ejemplos de esa descripción de Paz sobran en nuestra historia: el neo feudalismo porfirista, sirviéndose del positivismo, la filosofía burguesa, para intentar justificarse históricamente; Caso y Vasconcelos (iniciadores intelectuales de la Revolución) utilizando las ideas de Boutroux y Bergson para combatir al positivismo porfirista; la Educación Socialista en un país de incipiente capitalismo; los frescos revolucionarios en los muros gubernamentales… esa es la historia de nuestro México, la historia de una nación que lucha contra el recuerdo de si mismo, que busca con desesperación justificar su existencia y definir su destino.
El pasado domingo 20 de noviembre, se cumplieron 106 años del movimiento armado que pretendió ser la culminación y el inicio de una época donde los mexicanos tuviéramos al fin una identidad, es ahora pues, que vale la pena realizar una introspección, con el fin de averiguar si los ideales por los que se peleó y murió en aquel tiempo siguen vigentes hoy en la actualidad y para ello es necesario recordar su origen.
La Revolución Mexicana, primera revolución social y política del siglo XX, fue el resultado de las reformas liberales que afectaron tanto a la Iglesia católica, que controlaba más de la mitad de las tierras arables del país, como a los terrenos comunales, propiamente de comunidades indígenas. Dichas reformas aunque bienintencionadas, causaron el crecimiento de los latifundios a dimensiones aún superiores en extensión que los existentes durante el periodo colonial. También se profundizaron las diferencias sociales y la población desposeída quedo recluida a la más lastimosa de las miserias y vejaciones ante la abierta carencia de derechos civiles para la clase trabajadora, como campesina.
Las ideas revolucionarias denostaban el desgaste de un sistema obsoleto, la muerte convulsa de un liberalismo decimonónico que nunca pudo adaptarse a las necesidades de la nación, México entonces como hoy tenía un gran reclamo, una gran exigencia: La democracia y la igualdad social. Fue tan enérgico el grito de dolor, que incluso aquel viejo Oaxaqueño (Don Porfirio), que se negaba a escucharlo, debió reconocerlo.
Fue un Coahuilense, quién irrumpió en la historia del águila real. Francisco I. Madero se convirtió en la voz, de los que no tenían voz, y reuniéndoles inició el movimiento que hoy conocemos como “Revolución Mexicana”.
Entonces el pueblo de México, ese mismo pueblo que conserva la mirada impetuosa y orgullosa de su raza de bronce, pero también como horrida quimera el lastre desventurado de su exasperante autodenigración, poseyó un momento de lucidez, un despertar a la realidad que le condujo a buscar en lo más profundo de su ser al “México bronco”, al México oculto, ese que se rebela contra la autoridad, ese que cuando ya no tiene más nada que perder, deja caer sus mascaras, abate el yugo opresor y rasga las páginas de la historia.
Fue gracias a la Revolución Mexicana que se rompió con las instituciones decimonónicas, utópicas o clásicas, se recrudecieron las contradicciones de una sociedad que poseía una constitución liberal, de jure pero no de facto, y un Estado fascista que veía por los ricos y extranjeros y se olvidaba de los pobres.
Este movimiento dejo un legado, una herencia que valdría los grandes sacrificios y la enorme cantidad de sangre derramada en los campos de batalla… el espíritu constitucional de 1917, en esta Carta Magna se plasmaron cambios radicales en lo que ve a la protección de la clase obrera. Los aspectos educativo y de laicisidad del estado mexicano, también fueron introducidos en el texto constitucional.
Ese fue el triunfo parcial de la Revolución, pues era imposible volver al mundo precortesiano anhelado por los zapatistas; imposible, asimismo, era regresar a la tradición colonial.
Los sueños e ilusiones de los mexicanos se plasmarían en aquellas letras escritas, con “lágrimas, sudor y sangre”. De tal modo que, quien cuestione la vigencia del ideal revolucionario en nuestros días, olvida que existe aún su legado, y que éste sigue siendo el eje rector de nuestra sociedad.
La vigencia de los ideales revolucionarios, trascienden más allá del tiempo y del espacio, pues sus causas son nobles y propenden al bienestar social, a una justa repartición de las tierras y la riqueza, a un Estado de bienestar que favorezca no a unos cuantos, sino a todos los que conforman esta formidable nación, esa donde los impuestos sean pagados en proporción equitativa, donde las empresas y los grandes monopolios no obtengan conseciones, donde se garantice los derechos ciudadanos sin preferencias ni miramientos, ese México por el que lucharon y murieron nuestros abuelos.
Así pues al celebrar ciento seis años de aquel movimiento armado que representó el despertar vehemente de la conciencia de un pueblo sometido, vemos que los ideales por los cuales pelearon y entregaron su vida miles de mexicanos siguen presentes. Si bien la Revolución hecha gobierno despertó el espíritu nacionalista, provocando el surgimiento de una identidad como expresión del “alma nacional”, “Alma de mil almas” que se presenta como “utopía posible”, según el maestro Antonio Caso, no se ha logrado del todo dar un rumbo adecuado y con los gobiernos panistas se terminó por dañar al Estado mexicano y se agrandaron como en aquel entonces, la brecha entre sus distintas clases sociales.

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