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El México de la represión que ya no debe regresar

Al llegar al pequeño departamento en donde vivía en la Ciudad de México, se me recibió con exclamaciones de gusto y de emoción, pues para esas horas ya todo México sabía por sus televisores y por la radio lo que había pasado.
Mi esposa y mi padre estaban obviamente al extremo de sus nervios, pues me había tardado horas en llegar después de que había terminado aquella tragedia, y ellos sabían que yo había ido a presenciar la salida de esa marcha, por instrucciones del Director General del INJUVE, Enrique Soto Izquierdo. Esa noche no pude dormir: despertaba entre fugaces sueños, sudando, gritando… me había impactado enormemente cómo pudo suceder lo que esa tarde había visto, decenas de estudiantes acribillados a unos metros de mí.
Así me llegó el nuevo día, sentado en la cama porque no pude conciliar el sueño. Todavía hubo un par de noches en que seguí teniendo pesadillas, traía esa fijación mental, no me podía quitar de la mente esas impresionantes imágenes vividas. Había sido algo desgarrador. Ahí sentí mi primera decepción del sistema gubernamental, a mis veintiún años.
Pues bien, al otro día, 11 de junio muy temprano, esperé a que llegara a su oficina Soto Izquierdo, quien al verme me pasó de inmediato, todavía me quería ‘regañar’ que por qué interrumpí un día antes mi comunicación telefónica con ellos, que por qué ya no les seguí informando lo que seguía pasando con la citada marcha.
En esos momentos me dieron ganas de mentarle la madre y de haberle aventado por la cara su “chamba”, pues me di cuenta que en ningún momento les llegué a preocupar sobre lo que a mí me hubiera pasado, me sentí asqueado, estaba confundido, indignado, pero no sabía a ciencia cierta contra quién, le entregué dos números de placas que alcancé a apuntar de aquellos autobuses que había visto desde el techo de la casa que les platiqué, para que investigara su procedencia.
¡Oh ingenuidad la mía! … jamás recibí respuesta, según él ya los había pasado al Departamento del Distrito Federal y a la Presidencia de la República y que me olvidara de ello, que él quería mantenerse informado de toda manifestación juvenil, por la sencilla razón de que dirigía una institución que servía a los jóvenes… Sí Chuy, cómo no…, después me enteré que él, de todo enteró -de manera personal ciertamente-, a Mario Moya Palencia, con quien se la estaba jugando para la Presidencia de la República.
Dos días después de aquello presentaron la renuncia a sus cargos el Jefe del Departamento del DF., Don Alfonso Martínez Domínguez y el Jefe de Policía, Cnel. Rogelio Flores Curiel, para supuestamente dejar en libertad a las autoridades judiciales para que hicieran la investigación de los hechos; a la postre, los dos personajes fueron gobernadores de sus respectivos estados de origen: Nuevo León y Nayarit. Y hasta la fecha, nunca se ha dicho oficialmente quién ordenó aquella represión.
Este relato necesitaba yo plasmarlo y desahogarlo, me lo debía a mí mismo, imprimir esa experiencia que, por ignominiosa, no debe ocurrir nunca más en el México de nuestros hijos. Era ese el otro México, el que ya no debe regresar. Esa es la lección que me queda.

Mayagoitia creyó en mí
Estoy escribiendo en el rincón más querido de mi hogar: la biblioteca, en donde descobijo el tiempo para darle el calor de mis recuerdos, adorado espacio que me inspira y me alimenta, trinchera de mil batallas.
Despuntaba el año de 1974, era un año político, pues estaban próximas las elecciones para gobernador del estado, una lid interna que se libró en el PRI en busca de la candidatura, de una manera muy peculiar, mire usted si no.
Los precandidatos naturales que estaban en boca de todos los duranguenses, eran: Eduardo López Faudoa, médico de cabecera de la familia Echeverría Zuño, Oficial Mayor de la Secretaría de Salubridad y Asistencia y luego secretario general del IMSS; su esposa era la secretaria particular de la señora Esther Zuño de Echeverría, entonces presidenta del DIF Nacional. Una gran dama, culta y de un trato muy agradable, poseedora de una conversación sencilla y amena.
López Faudoa, de profesión médico cirujano, con especialidad en cirugía plástica, joven, un consumado deportista, muy devoto al cuidado de su salud, no fumaba, no bebía licor, adicto al buen comer, estudioso del arte de aprender a balancear sus alimentos. Su aposento familiar estaba en 2a. Cerrada de Av. Coyoacán No. 9, D.F.
También competía por la postulación, otro médico: Salvador Gámiz Fernández, senador de la República, presidente de la Asociación Nacional de Egresados de Escuelas para hijos de Trabajadores, con una acendrada vocación cardenista. Sus oficinas se ubicaban en avenida Balderas No. 39, segundo piso; ahí asistía todas las tardes, en donde permanecía hasta ya muy entrada la noche, hombre muy inquieto a pesar de la madurez de su edad, hiperactivo diría yo; su secretaria Aurorita, muy diligente, conocía de nombre a muchos duranguenses, ella sin ser de Durango, con el doctor Gámiz Fernández siempre acompañándola, recuerdo al licenciado Aldaba y al Ing. Castillo, duranguenses ambos y condiscípulos de él en el IPN. Pero se preguntarán por qué conocí en detalle la personalidad de estos dos galenos duranguenses, ¿verdad?, pues déjenme decirles los siguientes.
Un año viví en el Distrito Federal, el de 1971, en calle lturbide 12 “A” Int. 3, frente a la glorieta del “caballito” y la Lotería Nacional, pequeñísimo departamento que, si sus muros hablaran, les platicarían que ahí departimos el pan y la sal en separadas ocasiones con Heladio Ramírez, entonces dirigente nacional de Tribuna de la Juventud, quien con el tiempo llegó a gobernador del Estado de Oaxaca, lo mismo que con Celso Humberto Delgado Hernández, nayarita de origen y de corazón, de donde después llegó a ser gobernador; en aquel entonces se desempeñaba como presidente de la Confederación Nacional de Jóvenes Mexicanos, cuyas oficinas estaban en Plaza de Buena Vista No. 10, tercer piso; por cierto en alguna ocasión, recuerdo, saludé ahí a mi actual compañero de páginas editoriales Luis Ángel Martínez Diez “El Churumbel”.
A Mayagoitia le caí bien desde antes de ser gobernador…

Continuará…

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