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El porqué del voto diferenciado…

El voto diferenciado o cruzado no es un voto en contra de AMLO, ni tampoco en contra del cambio; sí es como dice el investigador Dieter Nohlen, un comportamiento táctico del elector. Es un voto que busca favorecer contrapesos que son esenciales para atajar la concentración del poder en la persona del titular del Ejecutivo, y ello es particularmente cierto en regímenes presidenciales y lo que sucede hoy con nuestro vecino del norte es un claro botón de muestra.
Por supuesto que todos los partidos políticos piden a sus electores un voto homogéneo para los puestos de gobierno y las legislaturas, a fin de que al ganar, se tengan amplios márgenes de maniobra para impulsar reformas legislativas y políticas públicas y así construir un gobierno más eficaz. Esa es la ventaja del voto unificado y no es casual que en este 2018, el candidato puntero haya hecho un llamado al voto parejo.
Desde que en nuestro país se implantó la competencia política, que ha traído alternancias en todos los ámbitos de gobierno, el resultado en el plano federal ha sido que sistemáticamente hemos tenido gobiernos divididos, sin mayorías en el Congreso. Pero, contrario a lo que se piensa, y así lo han demostrado las evaluaciones sobre la productividad del Legislativo, no sólo es posible gobernar sin mayoría en el Legislativo, sino que no ha sido un impedimento para impulsar políticas públicas, lo que sí ha sido necesario es que el gobierno negocie con las distintas fuerzas políticas.
El voto diferenciado sólo ocurre en contextos competidos, por ello desde el 2000 hizo su aparición, aunque en proporciones diferentes, ya que en ese año de la alternancia, Fox obtuvo cuatro por ciento de votos más que los candidatos a diputados de su coalición (PAN-PVEM), es decir, se favoreció al candidato del cambio por encima del voto partidario. En la elección más reñida de la historia contemporánea, la de 2006, el voto cruzado se disparó, como producto de la fuerte competitividad. Aunque Calderón obtuvo sólo uno por ciento más que los diputados de su partido, es decir, hubo consistencia entre el voto por el partido que estaba en el poder y el candidato presidencial. En el caso de AMLO, éste recibió seis por ciento más que los diputados de la coalición que lo apoyó, lo que en términos absolutos representó dos millones 787 mil 301 votos de diferencia. Esto muestra que la candidatura presidencial fue un polo de atracción diferenciado del voto para el Congreso de los partidos coaligados. Todo lo contrario sucedió en el caso de Madrazo, candidato del PRI y el Verde que cayó al tercer lugar, porque su votación fue 6.9 por ciento inferior a lo que obtuvo su coalición en la elección de diputados, es decir, el voto de los partidos se deslindó del candidato presidencial perdedor y algo muy semejante ocurrió con Roberto Campa, el candidato presidencial de Nueva Alianza, que sólo obtuvo 0.99 por ciento de la votación, mientras que los candidatos a diputado de dicho partido obtuvieron 4.7 por ciento.
En un contexto como el actual en que hay una contienda masiva con nueve elecciones de gobernador concurrentes, además de relevos locales en 30 de las 32 entidades federativas, el típico arrastre de los candidatos presidenciales seguramente tendrá un impacto de mayor alcance. Así lo muestran las encuestas para gobernador que han venido señalando una tendencia equivalente a la presidencial, con un incremento en las preferencias electorales a favor de los candidatos de Morena, impulsados por la fuerza de López Obrador, en particular en estados como Veracruz, Puebla, e incluso Yucatán, donde dicho partido emergente estaba inicialmente en clara desventaja.
Es cierto que nuestro sistema electoral no permite que ningún partido por sí mismo obtenga más del 60 por ciento de las curules en ambas cámaras, con lo cual no alcanzaría a tener por sí solo el respaldo necesario para reformar la Constitución, pero podría estar muy cerca de lograrlo. Hay que recordar también que ya no hay un solo partido que gobierne el grueso de las entidades federativas, porque la pluralidad se ha instalado a lo largo y ancho del territorio. Sin embargo, nuestra tradición presidencialista y la manera como en esta contienda las figuras personales de los candidatos han cobrado centralidad en medio de partidos políticos desdibujados, la posibilidad de que quien gane la Presidencia tenga la tentación de concentrar el poder en su persona es muy alto. Aun en el caso de los votantes con una clara identificación partidaria, valdría la pena evaluar si debemos dividir nuestro respaldo a los diferentes cargos, tomando en consideración que en varias entidades como la Ciudad de México, habrá hasta seis boletas para cargos diferentes en esta misma elección.

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