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El próximo error de diciembre

Víctor Beltri

Es un honor estar con Obrador. El grito retiembla, desde la tribuna, mientras los legisladores, con el brazo extendido, exhiben el puño cerrado. Una, otra, una más: las veces que sean necesarias para que los opositores se callen, para que el músculo se sienta, para mostrar la lealtad al líder. Para seguir paladeando el —recién descubierto— sabor del poder absoluto.

Un poder sin cortapisas, cuya legitimidad proviene —de manera indiscutible— de las urnas y su ejercicio comienza a diseñarse desde ahora, en el interminable limbo de la transición entre una administración que languidece y otra que está impaciente por comenzar. Un poder que, en el diseño institucional que está configurando López Obrador, será poco menos que absoluto: al control total que Morena ejerce sobre el Congreso se suma el estado de la oposición, menguada y confundida en sus propias luchas internas; el del sector empresarial, pusilánime y obsequioso con quien les ha insultado; el de los medios de comunicación, dependientes —en gran medida— de una publicidad oficial que, en adelante, será más veleidosa que nunca. El control total que ejercerá sobre una burocracia que, con la excusa de una descentralización que no ha sido planeada, hoy se enfrenta a su próximo desmantelamiento.

La extrema derecha está alineada, y sus líderes ocupan posiciones en el Legislativo; los sindicatos están controlados y, quienes ayer sufrieron persecuciones, hoy regresan envueltos en el aura del martirio; los tribunales que —hasta hace unos días— condenaban las operaciones cuestionables de su fideicomiso, hoy le perdonan por su buena fe. Los viejitos recibirán su pensión, los estudiantes tendrán un ingreso sólo por serlo, el pago de electricidad será eximido y los impuestos se reducirán, mientras se construyen las refinerías que nos ha negado la mafia en el poder y crecen —crecen, crecen— los árboles frutales que brindarán desarrollo y empleo a las regiones menos favorecidas, se tiende la red ferroviaria del sureste que necesitábamos —aunque no supiéramos— y decidimos, en una consulta popular, que los expertos están equivocados y los aviones no se estorbarán con la operación simultánea de dos aeropuertos a 50 kilómetros de distancia. El pueblo no es tonto, y su voluntad será obedecida: ahora —además— jugará beisbol.

Es un honor estar con Obrador. El grito retumba y cimbra las paredes —silencia a los opositores, muestra músculo, comprueba lealtades— en un recinto destinado al diálogo pero condenado a las mayorías, que está a punto de convertirse en un mero lugar de trámite para las ocurrencias del Presidente de la República. Los puestos serán repartidos; los perdones, concedidos; las clientelas serán adquiridas. Las refinerías se intentarán, los árboles se sembrarán, las tierras necesarias para el ferrocarril se expropiarán. El aeropuerto será cancelado y, en breve, habrá de publicarse un documento que brinde sustento moral a las decisiones políticas: la Constitución Moral de Andrés Manuel no es sino un marco de referencia al que recurrirá para justificar las decisiones que le llevarían al control absoluto.

Un control absoluto del que -sin embargo- ya dispone y que parece haber llegado mucho tiempo antes de lo esperado. Al menos tres años: el reto del Presidente electo ya no es el de conseguir consensos en torno a su propuesta —como lo hubiera sido de tener una oposición a la cual derrotar a mitad de su mandato— sino el de lograr una ejecución que no defraude a la base: una base que, mientras continúa el jolgorio, ha tenido que tragar varios sapos. La gasolina seguirá aumentando como con Peña, la seguridad no disminuirá de un día para otro, el Ejército seguirá en las calles en tanto no cambien las circunstancias. El TLCAN fue negociado por los más capaces, no habrá Guardia Nacional, el MITRE se pronunció en contra de Santa Lucía.

Es un honor estar con Obrador. Los puños se extienden, la razón se ignora. Las expectativas crecen, la realidad se impone. Las propuestas de campaña se debilitan, las ideologías se nutren, Andrés Manuel trata de conservar la vigencia de un movimiento que, más que apoyarlo, se pronunció en contra del sistema vigente. México no está en crisis, y no necesita de soluciones de hace 40 años en un mundo completamente distinto: ojalá que nadie esté pensando en un error de diciembre que lo justifique todo.

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