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El tema es seguridad

Ricardo Alexander M

Es difícil argumentar que el tema de la seguridad no es el mayor problema público al que se ha enfrentado el país en los últimos dos sexenios. Al final de la administración de Felipe Calderón, después de miles de millones de pesos invertidos en políticas y programas para hacer frente a la delincuencia organizada y a los índices de violencia, parecía que las cosas no podían estar peor; los últimos años han demostrado que todavía no habíamos tocado fondo.
Igual en el sexenio que está terminando, no obstante lo desolador de la situación, parece que las cosas se pueden poner todavía más complicadas. Las personas propuestas para dirigir la política de seguridad, por el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, por lo menos en principio, no generan buenas expectativas.
En la Secretaría de Gobernación, Olga Sánchez Cordero ha sido designada con “carta abierta” por AMLO para “pacificar” el país. Si bien es cierto que fue ministra de la Suprema Corte por 20 años, esta credencial no parece suficiente para entender el complejo tema del crimen organizado. Por otro lado, Alfonso Durazo, propuesto para ocupar la Secretaría de Seguridad Pública por crearse, no obstante ha desempeñado diferentes cargos en gobiernos del PRI y PAN, ninguno ha sido en materia de seguridad.
Finalmente, López Obrador ha mencionado en su equipo a Manuel Mondragón y Kalb, quien durante su gestión a cargo de la SSP del DF fuera uno de los creadores del discurso de que en la Ciudad de México no había delincuencia organizada, y quien también fuera el primer funcionario de alto nivel del gabinete de Peña Nieto en dejar su función derivado de los pésimos resultados obtenidos.
Albert Einstein dijo que “locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”. En el tema de seguridad, en México parece que pasa eso. No se aprende sexenio a sexenio. Los encargados de las instituciones de seguridad durante el gobierno de Peña Nieto no utilizaron ni el aprendizaje ni la inversión realizada por Calderón; en lugar de eso sustituyeron a los mandos altos, se creó la Gendarmería como una división de la Policía Federal por razones no claras, y se quitó del discurso oficial cualquier tema de delincuencia, como si por el simple hecho de hacerlo desapareciera. Conocemos los resultados.
Hasta ahora, por las propuestas de López Obrador y de su equipo sobre el tema, parece que vamos en un camino similar: amnistía a delincuentes, sin que sea claro en qué contribuye esto a la solución; foros para “la pacificación del país”, que comenzaron el martes pasado con dudosos resultados; una nueva discusión sobre legalización de las drogas; y regresar el ejército a sus cuarteles. Nada nuevo. Nada contundente.
El problema es que parece que el tema de la seguridad se sigue percibiendo exactamente igual que hace 12 años y por eso no se pueden plantear nuevas estrategias que funcionen. Se siguen combatiendo los efectos sin entender las causas. La violencia no es más que el resultado de la búsqueda por querer abarcar espacios y rutas para traficar con drogas, contrabando, trata de personas, etcétera.
Tampoco parece que sea correcto hablar de delincuentes, sino de organizaciones criminales con individuos que están dispuestos a asumir riesgos para hacerse de grandes ganancias. Con estos incentivos, si un miembro del grupo cae, otro lo sustituye.
El nuevo gobierno debe entender que la causa de la violencia es el mercado que existe, sí en México, pero principalmente en Estados Unidos, país que no asume plenamente ni la violencia ni su responsabilidad. Si ese gobierno no toma medidas para frenar su consumo interno y el tráfico de armas hacia el sur, México debe enfocar sus esfuerzos principalmente en combatir la violencia, priorizando el interés nacional.
Si lo hecho hasta ahora no ha funcionado, se deben plantear estrategias radicalmente diferentes. Y para ello necesitamos personas capaces que entiendan lo que realmente está pasando. México no puede darse el lujo de tener otro sexenio igual.

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