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Elección de cambio sin debate

Ivonne Melgar

“A la gente no le importa la corrupción, le importa más el cambio”.
De esa manera respondió una candidata a alcaldesa en la CDMX cuando le pregunté qué tanto pesaban en el ánimo electoral los escándalos de corrupción.
Su respuesta, a mediados de abril, era una hipótesis atendible: Más que por un candidato incorruptible, un partido sin antecedentes penales o una coalición impoluta, los electores buscan la representación del cambio.
Advertía nuestra interlocutora que las campañas serían una pesadilla para los representantes de los partidos en el poder, fuera presidencial, estatal o municipal.
¿Pero qué pasa con los estados, delegaciones y ciudades donde hubo una buena gestión? ¿Acaso los resultados positivos de un gobierno serán irrelevantes para los electores?, pregunté con insistencia.
La candidata volvió a su diagnóstico: “Más allá de cualquier tema, ésta es una elección de cambio”.
Nos contó que, si bien los ciudadanos aprecian a los gobernantes eficaces y caracterizados por la honestidad, hoy pesa más la idea de la necesidad de un cambio, así, en abstracto, porque el hartazgo hacia los políticos se materializa en las autoridades en turno.
Abusando de la sinceridad de la candidata, le pedí que nos explicara por qué creía que la corrupción no es un asunto determinante cuando los ciudadanos declaran estar hartos, entre otras cosas, de esa corrupción.
Según su experiencia en calles y colonias, en algunos casos importa más si han sido o serán beneficiarios de apoyos o servicios. Y, en otros sectores, lo relevante es la persona que representa “el cambio”.
Vistas las cosas así, más allá de biografías transparentes o dudosas y de ofertas en seguridad o empleo, el dilema preponderante de estas elecciones sería cambio sí o cambio no.
Y a la luz de esa disyuntiva, tendríamos que reconocer que el debate de los proyectos en juego salió sobrando.
Dos temas ilustran cómo la emoción social por el cambio podría haber desplazado las preocupaciones ciudadanas: Educación y crimen organizado.
Mientras las mediciones de opinión reportan que la Reforma Educativa es valorada, por dos terceras partes de la sociedad, como una transformación relevante, Andrés Manuel López Obrador, puntero en las encuestas, plantea su derogación.
Tanto José Antonio Meade como Ricardo Anaya han reivindicado el cambio constitucional en sus respectivos contrastes con ese asunto.
Pero todo indica que también aquí aplica la divisa del cambio, así se trate de un diseño legislativo que apenas hace dos años tenía alta estima social.
Incluso, en el tercer y último debate convocado por el INE, López Obrador ridiculizó el diagnóstico de la venta de plazas magisteriales que dio paso a la reforma.
“El único que vende plazas es el secretario de Educación, que es de ustedes, de la mafia del poder. Ése vendió la plaza de toros de Aguascalientes cuando fue gobernador”, ironizó en referencia al titular de la SEP, Otto Granados.
Tampoco hubo debate con el tema de la amnistía ofrecida por Morena como parte de su estrategia de combate a la delincuencia.
Si bien circulan spots anónimos que satanizan la propuesta de AMLO, y en sus mensajes los candidatos del Frente y del PRI la han cuestionado, no hubo una discusión de fondo sobre sus posibilidades y riesgos.
Las pasarelas convocadas por organizaciones que se relacionan con seguridad y derechos humanos no fueron responsables con el tema de la amnistía ni con el de la narcopolítica, fenómeno que estaría en la raíz de varios asesinatos a candidatos.
Y en los debates del INE igualmente faltó un análisis profundo en materia de seguridad, aun cuando fueron esclarecedores de los alcances personales de los contendientes.
Es cierto que los formatos de estos ejercicios colocaron en la opinión pública algunos cuestionamientos, como el hecho por Meade a AMLO debido a la incorporación de Nestora Salgado a la lista de aspirantes pluris al Senado.
En el debate del martes, en Mérida, Anaya habló de José María Riobóo, presunto contratista favorito del candidato de Morena desde que era jefe de Gobierno y quien habría promovido el proyecto alternativo del Aeropuerto Internacional, después de no conseguir ser parte del proyecto en marcha.
Si bien el caso subió mediáticamente, la defensa de Morena se redujo a sostener que los contratos se asignaron en apego a la ley y, todavía, el exjefe de Gobierno de la CDMX, Marcelo Ebrard, alegó que Riobóo también fue constructor del frentista Miguel Mancera, quien lo sucedió en el cargo.
Ebrard parecía resumir lo que la candidata de nuestro relato nos contó: “Se habla de hartazgo por la corrupción, pero nadie aclara dónde empieza y dónde termina”.
Porque, al final, los alegatos en torno al pretendido contratista favorito muestran que la nebulosa mancuerna de negocios y política oscila entre el ruido mediático y la aceptación de que es parte de nuestras vidas.
Así que todo indica que la candidata tenía razón: Lo importante ahora es representar el cambio y ese cambio no quedó sujeto al debate de las cosas que decimos que importan.

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