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Emilio Gutiérrez, candidato a alcalde de Durango, 1986

Transcripción textual de su relato impreso de Don Emilio Gutiérrez:

Siendo presidente del PRI municipal, cargo que busqué afanosamente, un día fui llamado con urgencia al palacio de gobierno. El gobernador me recibió con una mala noticia:

-Usted será un excelente diputado. Entreviste a los líderes de las colo¬nias y a todos los que puedan tener interés en su actividad política y avise del cambio-.

Implícitamente me decía que no iba a ser candidato a presi¬dente municipal.

—Señor gobernador, yo no sirvo para diputado; no sé leyes.

—Usted siempre me presumió que en sus empresas han tenido asesores de prestigio. Lo mismo será en el Congreso. Haga lo que le ordeno y lo vuelvo a ver en ocho días.

—Sí, señor.

Salí preocupado, ignorando a qué se debía el cambio. En el tiempo se¬ñalado me reporté.

— ¿Cómo le fue?

—Me da pena informarle que no hice nada.

—Bueno, la decisión ha sido suya, buenas tardes —me despidió—.

Fui a la casa y le platiqué a Margarita.

—Que sea lo que Dios quiera.

Esperaba mi salida del Comité Municipal y las de mis colaboradores recién nombrados.

“Se infiere por lo relatado por Don Emilio, que había claras dudas sobre su difícil triunfo, y que se tenía en mente a algún otro actor político de aquellos años, que bien podría haber sido el secretario de Finanzas Sergio Gon¬zález Santacruz, el director de Pensiones Joaquín Garduño, quien más tar¬de fue diputado federal, o Rubén Vargas Quiñones, quien había presidido el comité municipal priista”.

Sigue narrando el señor Gutiérrez Valles:

Otro día, en un acto público al que asistí en representación del comité, al saludarlo, el gobernador me dice:

—No se desespere, todo va mejorando. No entendía esos cambios, ni los entiendo hoy en día.

Mi campaña política no fue buena; el miedo me detenía. Miedo a las de¬cisiones de la Secretaría de Gobernación, a los del PRI nacional, a la falta de solidaridad de los grupos, a las concertaciones; en fin, a todo lo que me rodeaba. Cumplí. Es todo lo que me queda decir.

Deseo referirme en forma general, sin fechas, sin nombres de personas, a una campaña que organizó un grupo de uno de los partidos políticos par¬ticipantes, al que voy a dividir en dos: el grupo radical y el grupo no radical. He elegido esta forma de escribir para no abrir heridas, ya cicatrizadas, pero sí quiero explicar algunos sucesos y actos, desde un punto de vista personal.

Algunos miembros del grupo radical diseñaron una campaña de agre¬sión permanente para destruir moralmente a Emilio Gutiérrez Valles y familia. Iban con todo contra mí, no contra el PRI.

Después de que me fue tomada la protesta como candidato oficial del Partido Revolucionario Institucional, y que ya no había duda alguna de que yo era el candidato a la presidencia municipal, lo enfatizo, porque fue el pecado que no se podía perdonar. ¿Por qué? No sé. Bueno, si sé. Yo era el instrumento con el perfil que el sistema necesitaba y que iba a utilizar para quitarle el poder al PAN en el municipio de Durango.

Fue una campaña muy dura, excesivamente dura. El grito de guerra era: “Emilio Gutiérrez, el pueblo no te quiere”. Lo gritaban día y noche. Nada más faltó que le pusieran música.

Algunas veces añadían: “Si tienes vergüenza, renuncia a la presidencia”. Durante ochenta o noventa días recibimos insultos, soportamos groserías, gritos, mentadas de madre en público, sonidos similares con los cláxones de los automóviles del grupo radical, llamadas por teléfono a diario, manifestaciones para amenazarnos.

La propaganda impresa mía era destruida por un grupo de jóvenes entre¬nados, a los que su edad les permitía estos excesos. En el sur de la ciudad, en una visita a un jardín, un oficial del ejército me pidió que me retirara porque iba a ser agredido físicamente. Había una reunión en una casa y ese era el acuerdo.

Continuará…

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