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EPN, aquí sigue sin pasar nada

José Buendía Hegewisch

La respuesta del presidente Peña Nieto ante los malos tiempos es pedir buena cara y no caer en el pesimismo, como si simplemente hubiese una tendencia depresiva a ver siempre el lado desfavorable de las cosas. En varios momentos ha llamado a focalizar las “buenas” noticias y ahora a mantener el optimismo ante las visiones sombrías por el “muro” que Trump quiere levantar en medio de la interdependencia con México. Llama a conservar la “buena vibra”, aunque la retórica suena hueca sin explicarse cómo piensa manejar la relación con el nuevo gobierno de Estados Unidos y qué hará si se apaga el motor del comercio o la migración en el crítico fin de su administración.
Al contrario de la zozobra y el temor social, es posible que su estado de ánimo se deba a la propensión a ver el aspecto más favorable de las cosas. Trump “es un reto, pero también una oportunidad”, a pesar del derrumbe del peso por las amenazas del Presidente electo. O que juzga a Trump con su mismo rasero político y confíe en que las promesas de campaña son cosa distinta a las acciones de un mandatario. Peña Nieto, al igual que otros de su gabinete, espera que cambie de actitud cuando llegue a la Casa Blanca y vea que el costo real de tener una mala relación se traducirá en pérdida de empleos y de competitividad. Hasta puede creer que el diálogo mejorará sin las críticas del gobierno demócrata por la corrupción y la crisis de derechos humanos tan desestabilizadoras para su administración.
Hoy el planeta ya sabe que Trump no es broma. Peña Nieto ya una vez cometió el error o la ingenuidad de pensar que podría disuadirlo del muro con una plática en Los Pinos. Lo más grave es que la confianza en la conversión de la retórica antimexicana de Trump sería ignorar que su triunfo va más allá porque ataca el modelo de crecimiento del país en las últimas tres décadas, por igual de panistas o priistas. La amenaza de reformar o romper lo que llamó en campaña “el peor tratado de la historia” (TLC) ataca las bases del débil crecimiento y el sustento de la política económica con que ha gobernado la élite tecnocrática.
El muro de Trump rompe el paradigma de los últimos gobiernos. Pero la respuesta de la clase política a su victoria va de mensajes elusivos a la vieja defensa nacionalista. El gobierno y la cúpula empresarial de aparentar normalidad con la continuidad de la firma del TTP en el Congreso, a pesar de que Obama ya paró el esfuerzo de aprobar el acuerdo Asia Pacífico en su gobierno. Por otra parte, López Obrador pidió recurrir al “no pasa nada” como si el país pudiera dar la espalda a su principal socio comercial y volver al aislacionismo de los años 70.
La relación bilateral en el último cuarto de siglo cambió la posición estratégica de ambos países en el mundo, por eso las amenazas de Trump serán catastróficas para los dos. Ninguno puede ver el regreso de 11 millones de mexicanos indocumentados o elevar barreras proteccionistas a la industria automotriz sin caída del empleo y del crecimiento. La cancelación del TLC podía costar a EU millones de empleos cuando la primera promesa de Trump fue ser el mayor creador de puestos de trabajo en la historia reciente. Para México significaría apagar el motor del comercio y remesas tras el derrumbe del petróleo; y para el gobierno la derrota del PRI en 2018 y abonar el camino a López Obrador.
El optimista o la evasión son malos caminos para buscar nuevos equilibrios en la relación con Trump. El liderazgo político es fundamental para confrontar su retórica y mostrarle el valor estratégico de México, pero difícilmente se conseguirá sin sumar nuevos aliados que ayuden a frenarlo. Se precisa mostrarle su ignorancia sobre la relación bilateral, como hizo la campaña a la madre de un militar estadunidense de fe musulmana muerto en Irak cuando le dijo que su problema es que tampoco entiende que no entiende.

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