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Ese México injusto

Sin Punto y ComaNo se necesita mucho para entender que este sigue siendo un país injusto. Y no es que se carezca de los elementos necesarios para la impartición de justicia, que eso funciona adecuadamente, sino que la desigualdad se nos ha enseñoreado desde el inicio de nuestra vida como nación. Nos rebelamos contra una colonización que provocó uno de los saqueos más cuantiosos de la historia del planeta y que duró más de trescientos años. Decidimos caminar por nuestra propia cuenta y fuimos una tentación para las naciones que pretendieron nuestras riquezas, esas que nunca hemos podido repartir adecuadamente y que nos han pesado a lo largo de nuestro devenir porque hasta la fecha siguen causando enfrentamientos entre nosotros.
Nos vanagloriamos de nuestros movimientos sociales. También hacemos alegoría de nuestras luchas armadas, pero seguimos teniendo los mismos índices de pobreza que cuando decidimos iniciarlos. Siempre hemos mantenido el discurso de que en el pasado nos saquearon, pero en el presente sigue ocurriendo de la misma manera de antaño, aunque ahora quienes nos saquean son esos hombres y mujeres en los que hemos depositado nuestra confianza para que dirijan nuestros destinos. Para decirlo más claro, entre aquellos que nos mantuvieron como menores de edad durante trescientos años, y los que nos han gobernado los siguientes doscientos cinco años, no creo que exista mucha diferencia. Es más, me atrevería a afirmar que nuestros gobernantes han tenido la misma forma de ambicionar nuestras riquezas como aquellos que combatimos.
Hace ciento cinco años iniciamos un movimiento armado para evitar que nuestros hombres del campo siguieran siendo explotados. También para emancipar a los obreros de los sistemas esclavizantes que los explotaban hasta por dieciséis horas al día sin descanso, con salarios miserables y sin prestaciones sociales. Muchas vidas costó esa etapa revolucionaria, y muchas fueron las aspiraciones truncadas porque al finalizar las cosas no mejoraron y los pobres siguieron regados por los lugares más miserables del territorio nacional. Leyes van y leyes vienen, hombres y mujeres llegan y se van de las estructuras gubernamentales y la representación nacional y las cosas siguen igual para esos hombres y mujeres que mantenemos dentro de los niveles de pobreza. Para ser más preciso, en los últimos veinte años, y pese a todos los programas que se han instrumentado, los pobres crecieron en más de medio millón.
Hoy las ciudades son proclives para la explotación de aquellos que tienen que aceptar salarios miserables con tal de llevar algo para que su familia subsista. El campo se ha convertido en una fábrica de pobres porque siguen existiendo terratenientes que contratan trabajadores para esclavizarlos. Lo ocurrido en San Jacinto es lo mismo que pasaba en el porfiriato con las tiendas de raya. Ni siquiera han tenido que imaginar nuevos mecanismos de esclavización porque ya conocen la fórmula. Y lo peor de todo es que los oligarcas del gobierno también ayudan al fijar fianzas impagables para aquellos que encabezaron las protestas de San Quintín. Pareciera que los tiempos se reeditan, porque un jornalero que gana sesenta pesos al día tendría que trabajar cerca de cuatrocientos años para pagar la fianza que fijó ese miserable juzgador. Al tiempo.

Vladimir.galeana@gmail.com

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