Loading

Fin de sexenio

Los promocionales que inundan la programación en los medios masivos de comunicación sobre el sexto informe de gobierno de la Administración Federal no hacen sino recordarnos que el sexenio de Peña Nieto no ha terminado aún. Aunque en los hechos, parece lo contrario.

El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, pone y se adueña de la agenda mediática y política. Los primeros planos, las primeras planas son de él. En contra parte, Peña Nieto se desdibuja y desaparece de la escena.

El Pacto por México, la aprobación de las reformas estructurales y sus leyes secundarias, el enfrentamiento que tuvo con importantes grupos de poder nacional, sus grandes conquistas, su legado, se diluye dramáticamente, antes de que entregue la banda presidencial.

“Soy inocente, estoy libre y la Reforma Educativa se derrumbó”, con esa lapidaria frase, Elba Esther Gordillo, la dirigente magisterial, echó por la borda lo que Peña Nieto pensaba era lo que lo haría trascender en la historia contemporánea del país.

Por lo que toca a su partido, el PRI, fomentó y cacareó la aparición de una nueva casta de “nuevos priístas” entre los que se encontraban, en su momento, los gobernadores de Quintana Roo, Roberto Borge, de Chihuahua y Veracruz, César y Javier Duarte, respectivamente, por citar los más notables. Al final del día, resultaron ser los abanderados, junto al escándalo de la llamada Casa Blanca, del sello de corrupción que se convirtió en el sello más visible del sexenio peñanietista.

A semejanza de lo que en su momento hizo Felipe Calderón, tomó el control del partido en el poder y puso a gente allegada a él en posiciones clave. Nombrar a Enrique Ochoa Reza, un tipo sin trayectoria y desconocido para la militancia no abonó en lo absoluto de cara al proceso electoral del pasado mes de julio. Tampoco ayudó el que Peña haya decidido destapar a José Antonio Meade como el candidato a la presidencia, con la fallida excusa de mostrarlo como un candidato “independiente”. Como resultado de todo eso, el tricolor sufrió la derrota más aplastante en su historia y ha visto reducida su influencia a grado tal que a partir del primero de diciembre será la quinta fuerza política a nivel nacional. Toda una catástrofe.

Con los índices de aceptación por el suelo, con un fuerte estigma de corrupción en su Administración, con alarmantes cifras de inseguridad en el país y con un PRI hecho pedazos, Enrique Peña Nieto ha optado por claudicar, de manera anticipada, a su cargo.

Al parecer, su último empeño es en difundir, a través de spots promocionales las cosas positivas para en algo lavar su tan desdibujado prestigio. Ciertamente habrá cosas positivas que contar, pero el peso de las que hizo muy mal termina por eclipsarlas.

Quizá algo de lo más recordado del sexenio sea el slogan que utilizó en tiempos de su cuarto informe de gobierno, el cual resultó todo un éxito en términos de marketing político: “Lo bueno casi no cuenta, pero cuenta mucho”.

Desaprovechó la oportunidad que tuvo en la entrevista realizada por Denisse Maerker en el noticiero estelar de Televisa para hacer un sincero ejercicio de autocrítica, pero no fue así. Al final se irá, muy seguramente, mascullando una de sus frases que se volvieron célebres: “Ya sé que no aplauden”.

ladoscuro73@yahoo.com.mx

@ferramirezguz

Comenta con Facebook