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Ganó ya sabes quién…

No hubo sorpresas para los afines a Andrés Manuel para ganar la Presidencia de la República y lo hizo con la ventaja más amplia desde que en México hay alternancia. Ya habrá oportunidad para un análisis más fino de los factores que contribuyeron a este histórico triunfo. Sin embargo, lo que las encuestas dejaban ver -y el PREP confirma el triunfo- es que esta vez AMLO logró lo que no pudo ni en 2006 ni en 2012: construir una gran base de apoyo fuera del Sur del país y de la capital, los bastiones tradicionales de la izquierda mexicana, al grado de ganar la elección en varios estados del Norte y del Occidente.

De las promesas de Andrés Manuel hubo una que tal vez fue decisiva para crecer en el mapa y conseguir que algunas regiones por primera vez lo apoyaran de forma contundente: la amnistía. La crítica de sus adversarios (en la que se alertaba sobre la liberación de secuestradores y otros criminales peligrosos) no prendió más allá de las redes sociales de personas que jamás iban a votar por Morena. En contraste, es posible que el mensaje de la amnistía fuera bien recibido en las comunidades más golpeadas por la violencia; en los pueblos de Jalisco y de Chihuahua donde todos los días se viven las consecuencias de una década de “guerra”, ahí donde los operativos conjuntos van y vienen, y han ocurrido las violaciones a los derechos humanos más atroces.

Además del posible impacto de la amnistía, y de la insistencia en el tema de la corrupción, hay poco que se pueda decir sobre la campaña de AMLO en términos de marketing político. López Obrador no ganó gracias al ingenio de un publicista o de un mago de la segmentación digital, sino porque conoce el país y supo acercarse a las comunidades y a los liderazgos locales que cuentan. Después de más de 12 años de proselitismo, AMLO se mueve como pez en el agua en ese México que el PAN jamás ha entendido y que el PRI de Peña Nieto abandonó. Por eso supo identificar algunos de los problemas que rara vez se vuelven tan importantes pero que más agravian a la gente.

Este movimiento apoyado en las bases será -para bien o para mal- el sello distintivo de la nueva administración. Como hizo cuando fue Jefe de Gobierno del DF, AMLO evitará, así lo esperamos, encerrarse en la alta burocracia y buscará mantener un vínculo directo con quienes hacen que las cosas se muevan en el territorio: con los líderes ejidales, con las organizaciones de comerciantes o con los sindicatos de transportistas. En principio es positivo que el gobierno federal tenga una relación más cercana con los liderazgos sociales en las comunidades. Esta relación podría ser la clave para poner fin a la ingobernabilidad y la inseguridad que se vive en buena parte del territorio.

Sin embargo, es necesario pensar en formas para evitar un regreso del modelo clientelar del viejo PRI, que solo terminaría por fortalecer cacicazgos. También será indispensable que el nuevo gobierno y que Morena, hagan una revisión urgente y meticulosa de sus propias filas. Mucha gente se subió al barco a última hora (sobre todo en los estados donde la presencia de Morena era mínima hasta hace unos meses). Si los casos de alcaldes y funcionarios que operan a favor de grupos criminales se multiplican, el nuevo gobierno rápidamente perderá credibilidad.

Con la llegada de López Obrador a la Presidencia, más que un cambio ideológico, veremos un cambio en la forma como se toman decisiones y en el perfil de las personas que son escuchadas. Entender este cambio y adaptarse será clave para todos los grupos de interés que no quieran quedarse fuera de la jugada. Por el bien del país es particularmente importante que los empresarios, que en la mayoría de las casos le tienen un rechazo casi instintivo a López Obrador, no se autoexcluyan y que busquen espacios de interlocución dentro de este nuevo esquema de toma de decisiones.

Nos gusta exigirles a los candidatos que presenten propuestas. La verdad es que el ritmo y el formato de las campañas apenas alcanzan para lanzar ideas. Las siguientes semanas y meses serán decisivos para definir los cómos del nuevo gobierno. Todavía está por definirse, por ejemplo, cómo se podría instrumentar la “amnistía”. Lo mejor que le podría pasar al país sería que una coalición amplia de organizaciones (tanto las que ya están con Morena como la desdeñada “sociedad civil”), de expertos y de empresarios, participe en el debate de las ideas de López Obrador; que las critique donde sea necesario, pero que contribuya también a llenarlas de contenido.

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