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Guerra comercial

Rosa Gómez Tovar

El comercio internacional es uno de los principales motores de las economías alrededor del mundo, y en general las estadísticas de importaciones y exportaciones mundiales han crecido constantemente a excepción de la crisis financiera de 2009. Ahora parece que el bache será protagonizado por el presidente Trump.
Una parte importante del crecimiento del comercio se explica por las políticas de liberalización y eliminación de aranceles. La segunda razón del incremento de los indicadores de comercio está directamente relacionada con la nueva forma de producción global, en la que los productos que se comercian no se fabrican en su totalidad en un solo país, sino que se trata de un proceso dividido en diferentes etapas alrededor del globo. De forma que para tener un automóvil o teléfono inteligente en nuestras manos, los insumos para realizarlos provienen de diferentes países, el armado se realizó en un lugar distinto y otro agente se dedica a comercializarlo en el país de destino final.
Así en el momento en el que el presidente estadunidense ataca las bases de los acuerdos internacionales o bilaterales, probablemente no sepa los alcances de sus acciones. En su afán de “hacer grande a su país de nuevo” incrementando tarifas a sus principales socios comerciales (a cada producto que ingrese al país se le cobra un arancel que es un porcentaje de su valor) el precio del bien aumenta y ¿Quiénes serán los que deban pagar precios más altos? La ciudadanía a la que supuestamente quiere proteger.
México ha respondido elevando los aranceles a productos del país vecino, no obstante, a diferencia de Estados Unidos, nuestro país no se ha peleado con otras economías y ha decidido reducir los aranceles a los mismos productos de otros socios comerciales y así evitar encarecer en demasía los bienes afectados. Ningún país quiere una guerra tarifaria, dado que eventualmente implica elevar los precios de los bienes comerciados, y de la forma en la que el presidente Trump se expresó en la reunión del G-7, él está dispuesto a todo, en aras de “beneficiar” a su país en contra de sus anteriores aliados y aun a costa de su población.
En segundo término es un sinsentido elevar aranceles a productos, por lo que él cree que es comercio desleal, ya que es muy raro encontrar productos que hayan sido cien por ciento creados en un solo país, desde la concepción de la idea, las materias primas necesarias, el ensamblaje y venta de los mismos, pues no necesariamente todos los países se pueden especializar en cada una de las fases del proceso de producción y puedan competir con bajos costos y la mejor calidad. Ya lo señalaba Adam Smith, la división del trabajo es necesaria para incrementar la productividad en una fábrica, ahora que es mundial, los países se han especializado en diferentes fases de la producción y eso no es necesariamente malo, ya que se están produciendo una mayor cantidad de productos de una forma mucho más eficiente. En ese entramado, las empresas estadunidenses con fábricas en ese país o inversiones en otros, forman parte de la fábrica global y los aranceles a productos que requieren importar para producir, necesariamente afectan sus operaciones y todo por las reacciones anticomerciales de su presidente.
Hace falta que Trump entienda que lo que perjudica a sus socios comerciales, en el actual mundo globalizado, terminará por afectarlo negativamente. Más allá de meras represalias que sólo entrampan la situación, se necesitan políticas que analicen este nuevo contexto y por ello es necesaria la cooperación entre países, algo que Trump por las buenas o las malas deberá entender.

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