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Héctor García Calderón. In Memoriam

Este día se rinde homenaje a un universitario luminoso y excepcional, talentoso, visionario y, sobre todo, maestro e impulsor de generaciones que no lo olvidamos nunca. Una vialidad que bordea la querida escuela preparatoria que él dirigió, llevará su nombre a partir de hoy.

En su memoria van estas breves remembranzas.

Había dejado de asistir a la secundaria y dedicaba todo mi tiempo a la vagancia en Las Moreras y a cualquiera otro método disponible para disfrutar “la dicha inicua de perder el tiempo”.   Por esos días, y estando en la “práctica” del frontón a mano en la pared de mi casa, el Licenciado Héctor García Calderón, a la sazón director de la Escuela Preparatoria Diurna, detuvo de improviso su auto frente a mi (un enorme y feísimo vehículo de color indescifrable y muy parecido a un pinacate), bajó con rapidez inesperada (era bastante gordo y corpulento) y, dirigiéndose a mí, casi gritó “¿Por qué no has ido a la prepa? Yo sólo atiné a contestarle atropelladamente que ya no iba a ir, que debía tres materias, que no tenía derecho a presentar exámenes y que sin ese requisito no podría pasar al tercero de secundaria. A mi queridísimo e inolvidable “Rollo” García le valió madres mi pendeja explicación y jaloneándome de un brazo me subió a su pinacate mecánico al tiempo que me gritaba. -“todos los días voy a pasar por aquí y si veo que no has ido a la prepa, yo mismo vengo por ti y te llevo aunque sea a rastras”-

En efecto, a partir de ese día el entrañable “Rollo” me daba raid a la prepa (Él vivía por la calle de Fénix, que topaba con Gabino Barreda y cuya continuación era la de Guadalupe, mi calle), pero no sólo eso, me metió al coro de la Preparatoria para que pudiera acreditar la clase de educación musical, de manera que la famosa “Chencha”, el ilustre profesor a cargo, se esforzaba en enseñarnos a cantar “Lindo Michoacán” siguiendo las notas de la escala: do, re, mi, fa, sol… El “Rollo” me dio una carretilla de mano y durante semanas me puso a limpiar de vidrios, piedras y basura toda la extensión de lo que entonces era el campo de beisbol, adjunto a la parte trasera de la Prepa, lo que me valió el pase de la materia de Educación Cívica. También me dotó de brochas, aguarrás y pintura gris suficientes para que en las tardes me dedicara a pintar todos los marcos de los ventanales de las oficinas de la dirección de la Prepa, a través de lo cual se me acreditó el pase de la materia de Taller de Carpintería.  Finalmente, como colofón de su generosa tutoría y mal disimulada simpatía por los chavos descarriados, como era mi caso (siempre escondida detrás de su aparente drasticidad y trato enérgico), el “Rollo” decretó, sin derecho a réplica, que debía yo asistir lunes, miércoles y viernes de cuatro a cinco de la tarde, a su clase de Historia de la Cultura en calidad de oyente, con el fin de tenerme controlado en mi asistencia vespertina a la prepa y, de paso, darme una embarradita de algo más sustancioso que las tardeadas en el billar, el boliche o el desmadre sin fin de las Moreras o de la esquina de la calle Volantín.

Volví a la escuela, después de perder un año, pero pude pasar a tercero de secundaria. Seguía igual de faltón y mal estudiante, pero disfrutaba las clases de Lógica que el “Rollo” nos impartía, haciéndonos memorizar y luego descifrar el sentido profundo de las diversas categorías de silogismos- bárbara, celarent, darii, ferio, etc. etc.- extraídos del texto “La lógica de las ciencias” de Larroyo y Ceballos, que fueron la base para aprender a pensar y discernir correctamente, para dar sentido y profundidad a la reflexión, y para encontrarle el gusto a la filosofía.

Pero había, además, la obligación insoslayable, impuesta por el “Rollo”, de asistir cada tercer día a sus clases de Historia de la Cultura. Entre bromas y veras, Don Héctor me utilizaba para explicarles a sus alumnos de bachillerato el  quattrocento y el cinquecento del arte europeo, pero a mí me embelesaba escuchar sus charlas, ora filosóficas y de gran profundidad; ora festivas, chuscas y plagadas de ingenio y buen humor.

Nunca encontré explicación razonable para que una persona tan culta como el Licenciado Héctor García Calderón, tan ocupada en menesteres académicos y de política universitaria, con ideas progresistas y pro marxistas, casado y con hijos, tuviera interés especial en un vago mozalbete como yo. A tal grado se manifestaba la simpatía de mi querido y voluminoso “Rollo”, que en ocasiones mandaba al señor Gamero, intendente de la prepa y fiel escudero del Director, a que me llevara a la vivienda que ocupaba Gamero en un enorme terreno ubicado por la calle de Hospicio, en donde don Héctor acostumbraba de vez en vez ir a terminar las sabrosas tertulias que generalmente iniciaban en la emblemática cantina “las dos BB”, justo a unos metros de la casa del “Rollo”, donde por cierto, cuentan los historiadores de la UJED, el brillante y talentoso maestro y abogado compuso letra (y tal vez música) del himno de nuestra Alma Mater, la Universidad Juárez del Estado de Durango.

Esas tardes eran deliciosas. Entre trago y trago, chascarrillo y chascarrillo, don Héctor me soltaba una serie de filípicas y regaños esclarecedores y didácticos sobre la vida, sobre la fuerza del espíritu, sobre la libertad, la dignidad y el respeto a la inteligencia y a la diferencia de visiones y opiniones. Jamás he olvidado ni olvidaré esas contribuciones de afecto, calidez y experiencia que hizo a mi vida el “Rollo”, pero que también derramó generosamente en otros muchos jóvenes de muchas generaciones que, como yo, andaban perdidos en el abandono o la incomprensión de la primera juventud.

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