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Hitler: el delirio y el poder


José Carlos Castañeda

El 4 de enero de 1933, Adolfo Hitler se convierte en canciller de Alemania. Apenas un mes después, un incendio destruye el Reichstag (el edificio del Parlamento). Con ese episodio se da inicio a la persecución de los opositores comunistas y socialdemócratas. Los derechos fundamentales se suspenden y una situación de emergencia sustituye al estado de derecho. Las libertades de expresión, de reunión y de prensa se derogan y la inviolabilidad del domicilio se anula. Con este decreto, comienza la despedida de la nación de Weimar. Nadie imagina lo que vendrá: la guerra está en marcha.
A principios de marzo todavía se realizan elecciones, el partido nacionalsocialista conquistó la mayoría en el Parlamento. Con su triunfo en las urnas, Hitler asumió todo el poder y continúa con la demolición del Estado democrático. Primero anuló los derechos y las libertades; el segundo movimiento será derribar las instituciones. El régimen democrático es vulnerable, desde adentro podría ser dinamitado. Sin contrapesos, quien usó la democracia para crecer se convertirá en el fundador de la dictadura totalitaria.
Para descifrar las entrañas del poder y la psicología de este líder, recomiendo la lectura de un breve ensayo sobre las memorias de Albert Speer, el arquitecto del nazismo, donde Elías Canetti elabora un diagnóstico del carácter paranoico del Führer. A partir de los proyectos arquitectónicos imaginados para edificar una nueva capital para el Reich, el delirio persecutorio desnuda su mecanismo mental con dos ciclos: la manía de la magnificencia y el terror de la aniquilación. En las horas finales, la espiral paranoica conduce a un callejón sin salida con un solo legado: nadie debe sobrevivir.
El gran rival de Hitler fue Napoleón. Su misión era vencer donde el emperador fracasó. Tras la invasión de Francia, recorre París y considera su demolición. Lo único que se lo impide es que necesita a esa capital de Europa para compararla con sus planes arquitectónicos imaginarios: crear una capital para la Alemania Nazi. Si Champs Elysées tiene dos kilómetros de largo, la gran vía de Berlín será más ancha y de cinco kilómetros. Si el arco del triunfo napoleónico mide 50 metros de alto, se construirá uno que alcance los 120. Este delirio de grandeza anuncia el ciclo de destructivo. Incapaz de erigir sus edificaciones fantasiosas, despierta una pesadilla de persecución y terror. Lo peor está por comenzar: el exterminio.
Hitler vive con el temor de ser capturado. Siente una presencia hostil e indefinida que lo acosa y podría atacarlo en cualquier momento o lugar. Esa angustia lo exhibe indefenso y lo trastorna. Necesita crear espacio para defenderse, un campo de protección, dónde vigilar y controlar todo posible acercamiento. Ante el sentimiento de amenaza, el paranoico reacciona con dos maniobras: busca extender su espacio, incorporarlo a su cuerpo; por otro lado, aspira a la duración eterna. Dos dimensiones del poder: tiempo y espacio; crecer indefinidamente. Extender su territorio y durar hasta el fin de los tiempos. Ése fue el delirio del Tercer Reich. El Reich Milenario.
El anhelo del líder es demasiado humano: sobrevivir. Tan antigua como nuestra naturaleza: sobrevivir significa ver morir a los otros. “El superador es el vencedor incesante” y “Hitler fue el esclavo de la superación”. El 12 de abril de 1945, encerrado en su búnker, Hitler mandó llamar con urgencia a su arquitecto Albert Speer. Preso de una emoción intensa, agitaba un periódico: “Lea aquí. Por fin, el milagro que siempre he pronosticado. ¿Quién tiene la razón ahora? La guerra no se ha perdido. ¡Lea! ¡Roosevelt ha muerto!”. Dieciocho días después, mientras los soviéticos han sitiado la capital alemana, aislado en un refugio, atrapado en su delirio, Hitler se suicida. No soporta la angustia de ser capturado. Afuera, la guerra y la muerte continúan.