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Juanitas reloaded

Yuriria Sierra

Un mismo país, el nuestro, dos realidades distintas. O la misma, pero disfrazada de paridad. En el Congreso de la Unión, por primera vez en su historia, la equidad se hizo realidad: subimos del noveno al cuarto lugar en el ranking mundial que mide la presencia de mujeres en el Poder Legislativo que elabora la Unión Interparlamentaria.

Es un motivo de celebración, por supuesto. Ahora, estamos por encima de países como Suecia. No es sarcasmo.

Tras la elección del 1 de julio pasado, la Cámara de Diputados recibió a 241 mujeres, el resto de curules, 259, son de hombres. En el Senado, la distribución quedó de manera similar, de sus 128 espacios, 63 fueron para mujeres legisladoras.

Suena bien, un retrato casi perfecto de lo que la paridad en su sentido más elemental tiene que ser: la misma proporción de oportunidades para ésa otra mitad que históricamente fue/es puesta a un lado. Suena o, más bien, sonó bien.

La realidad que en números nos pone por encima de países como Suecia, se vuelve ironía cuando vemos que esta paridad no pasó de ser eso, sólo un número: en ninguna de las dos cámaras, esa mitad de representantes quedó al frente de órganos de gobierno.

Ni la Mesa Directiva ni la Junta de Coordinación Política. Vamos, ni los grupos parlamentarios son encabezados por mujeres. La toma de decisiones quedó donde siempre: en manos de hombres.

La fotografía parlamentaria podrá ser una inspiración en temas de paridad para muchos, sobre todo para los partidos, los primeros en celebrar su “progresismo”, pero es una imagen vacua si observamos que esa inspiración no alcanza para convertir a las mujeres en un elemento necesario, obligatorio, en la participación política.

¿O las mujeres legisladores sólo sirven para salir en la foto? Hasta hoy, aún con esos porcentajes de representación, parece que sí.

Y el Congreso de la Unión es el ejemplo más “aplaudible” en este sentido. Imagínese. Porque en otras partes del país, las cosas son mucho peores.

La paridad no sólo es utilizada como utilería para sesiones fotográficas, sino como estrategia política. Ahí está Chiapas, uno de los estados más rezagados del país en más de un sentido.

El Instituto Nacional Electoral ha enviado a consejeros para que investiguen las coincidente renuncias de 36 mujeres electas el 1 de julio para distintos cargos de ámbito local porque sus salidas son la puerta de entrada para que sean hombres quienes ocupen sus cargos.

No es alucinación, es déjà vu. Ya antes habíamos conocido a Las Juanitas, ¿Las recuerda?: aquellas diputadas electas en 2009 que, una vez con la curul con su nombre, renunciaron para que hombres tomaran posesión.

Su misión fue sólo cubrir la cuota de género que se pedía en las candidaturas. El escándalo en Chiapas tuvo que hacer eco demasiado fuerte, para que, incluso, el gobernador, Manuel Maromas Legislativas Velasco, se pronunciara en contra de esta práctica. Condenó —creemos que mordiéndose la lengua— que las mujeres candidatas electas sean presionadas para dejar sus cargos.

Ahora nos dicen, que estas funcionarias recién electas han comenzado a retirar sus renuncias, que asumirán sus cargos.

Sin embargo, si vemos la fotografía del Congreso de la Unión, al asumir no termina el problema, porque no es lo único que deben hacer, deben convertirse en figuras esenciales en la toma de decisiones, capital político activo.

En México, la paridad y su relevancia en el cotidiano social, es vista no más allá de ser un requisito a cubrir. Aún no alcanza esa categoría que la convertiría en parte integral del sano desarrollo de nuestra comunidad.

Mientras eso no cambie, el regreso de las Juanitas estará siempre latente. Aquí en el Congreso o en el de Chiapas. O donde sea.

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