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La cama de Procusto

Pascal Beltrán del Río

La mañana del 16 de febrero de 1985, la temperatura en New Haven, Connecticut, estaba cerca del punto de congelación. Pero ese frío era nada comparado con el que sentían los simpatizantes del Partido Demócrata de Estados Unidos, que tres meses antes había sido barrido en las elecciones presidenciales.

Ronald Reagan acababa de tomar posesión para un segundo periodo de cuatro años, luego de ganar los comicios por un apabullante 59% de los votos, llevándose el triunfo en todos los estados de la Unión Americana salvo Minnesota, la tierra de su rival demócrata, el exvicepresidente Walter Mondale.

Ese día, en New Haven, sede de la Universidad de Yale, había expectativa por la presencia del gobernador de Nueva York, el demócrata Mario Cuomo. Si alguien podía explicar a los estadunidenses que no habían votado por la reelección de Reagan qué podían esperar del futuro, sin duda era él. Y Cuomo pronunció allí un discurso que sigue resonando en nuestros días y sigue siendo citado por los interesados en política.

El gobernador, quien había ganado el cargo dos años antes, dijo que en ocasiones el deseo de triunfo de un candidato puede convertirse en un intento de complacer. Un intento no de ejercer un liderazgo, sino de simplemente ganar.

“El hecho desafortunado es que lo que es correcto en ocasiones no es lo popular, o, por lo menos, puede ocasionar que uno no resulte electo. Que el precio de decir lo que uno piensa sea el ser rechazado”.

Una década antes de la aparición del internet comercial, Cuomo ya se quejaba de una tendencia a la simplificación creada por la comunicación mediante los medios electrónicos.

“El problema de apegarse a principios es tener que explicarlos y, en esta era de propugnación electrónica, eso puede ser tedioso y frustrante. Uno debe comunicar su mensaje en trozos de celuloide de 28 segundos, cuando las imágenes son más convincentes que las ideas”.

La simplificación de los conceptos, dijo, conduce a los estereotipos. “Nos quedamos con caricaturas en lugar de candidatos”.

Explicó que él mismo se había enfrentado en campaña a la decepción de muchos de sus seguidores, quienes esperaban que se ajustara a la imagen que tenían de él. “Por eso empecé a preludiar mis discursos con una advertencia: lo que están ustedes a punto de escuchar puede no gustarles”.

Quizá habría que proponer un nuevo partido político, añadió, “el Partido del Sentido Común, cuya única plataforma fuera lo razonable”.

Y entonces expresó Cuomo la frase por la que es más recordado ese discurso en Yale: “La verdad es que hacemos campaña en poesía, pero cuando nos eligen nos vemos obligados a gobernar en prosa”.

Cuando se llega a gobernar, abundó, se entiende la diferencia entre hacer discursos y aplicar las leyes. “Es ahí cuando las nobles aspiraciones, las bonitas promesas y los lemas de campaña son torcidos hasta quedar irreconocibles o incluso rotos al tratar de ajustarlos a la cama procusteana de la realidad”.

(Procusto, hijo de Poseidón en la mitología griega, era un asaltante de caminos que ataba a sus víctimas a una cama y cortaba las extremidades de quienes estaban sobrados de estatura y jalaba, hasta sacar de sus coyunturas, las de quienes eran más bajos.)

“¿Hay alguna manera de evitar esa contradicción?”, se preguntó Cuomo. “¿Hay manera de zanjar la brecha de credibilidad entre lo que prometemos y lo que al final podemos realizar? Yo creo que sí. Uno debe comenzar por ser claro sobre aquello en lo que se cree, tanto en campaña como después, diciendo de la forma más directa y clara, una y otra vez, en qué consisten los principios de su política, que son su alma”.

Me he acordado mucho de ese discurso en estos días en que las promesas de la pasada campaña presidencial en México comienzan a ajustarse a nuestra propia cama de Procusto.

De repente, los programas ofrecidos durante los largos meses de proselitismo comienzan a quedar grandes o cortos a la realidad y van siendo ajustados con poleas o serrucho. La edad para recibir la pensión universal para adultos mayores, a aumentarse; el programa de ayuda para jóvenes, a achicarse.

Parece que al entonces candidato, hoy Presidente electo —que ganó, igual que lo hizo Reagan en 1984, con una mayoría aplastante—, le faltó explicar cómo pensaba lograr lo que prometía. Y también, que a nosotros, los periodistas, nos faltó preguntarle más al respecto (aunque lo cierto es que dio muy pocas entrevistas).

En campaña, evitó decepcionar a quienes creyeron en él no hablando con claridad sobre lo que se podía y no se podía lograr. El problema que enfrentará ahora es decepcionarlos cuando se den cuenta que aquello que daban por hecho —reducir la inseguridad, acabar con la política tradicional, etcétera— quizá no llegue.

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