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La catafixia de AMLO

Víctor Beltri 

Tienes dos opciones, Juan. La primera consiste en aranceles progresivos a tus exportaciones, comenzando el próximo lunes. La segunda es que —pero sólo si tú quieres— puedes pasar a la catafixia. Aunque ya lo sabes: si pasas a la catafixia puedes perderlo todo. ¿Qué decides?

Juan guarda silencio, y voltea a ver a la audiencia que le aconseja a gritos. ¡Mejor vete a tu casa, Juan!, vocifera la parte derecha de la tribuna, como desde que empezó el programa: a esos ni para qué mirarlos, reflexiona. ¡Los aranceles, Juan!, le animan desde el centro, mientras presta atención.

No tengas miedo, le explican: el gringo que te amenaza tiene mucho más que perder que tú y, en el caso de que se decidiera a imponer las tarifas, quienes terminarían pagándolas serían sus propios ciudadanos. Los demócratas te apoyan, y también —cada vez más— los republicanos que no lo hacían antes: esto no se trata de un problema real, sino de una campaña por la reelección. Vas a ver que no se atreve a ir más del primer incremento e incluso, después, tendrá que retractarse. Aguanta los aranceles unas semanas: no le sigas el juego, Juan.

¡No, no! ¡La catafixia!, gritan desde la izquierda. Para la catafixia, a seis meses de haber llegado al gobierno —y, justo tras el descenso del grado de inversión adjudicado por las calificadoras— cualquier tarifa arancelaria adicional terminaría por ir en contra de lo que siempre prometimos. Las cifras combinadas de los países involucrados no dejan lugar a dudas: el manejo mediático de las cifras objetivas tan sólo favorece a los fifís, mientras que los pobres, invariablemente, terminan por pagar por estos errores. Ajá.

Gritos que son consignas, causas que son movimientos: manifestaciones que se entienden de una manera, o de otra, y que terminan por aglutinarse en intereses compartidos. Las redes no sólo son un espacio de venta de productos o ideas, el lugar de tránsito de personas y personajes, o el hogar de mucha gente que sólo ahí puede encontrar un grupo que las reciba: las redes son, también, un elemento de validación de las políticas públicas de las administraciones anteriores.

Unas administraciones que podrían entenderse de manera paradójica. De manera paradójica, primero, porque su involucramiento inicial —con el Gobierno federal que les ha tocado en turno— ha distorsionado su altura frente a la sociedad civil, como ocurrió durante las administraciones anteriores. Administraciones que, sin duda, fueron paradójicas porque han sido las primeras que entendieron el rol no sólo de las personas en torno a su género, sino del espacio público alrededor de las mismas en la conformación de los nuevos espacios de convivencia.

Errores infinitos, y aciertos afortunados. Errores que ya pasaron, aciertos que no cimentaron. Administraciones que no entienden su realidad más allá de los signos de la pertenencia, de los relacionamientos de la edad, o de las amistades de la tierna infancia. Sin miedo a las catafixias, amigos. Con todo lo que implica, con todo lo que implican los cambios —y las alianzas— para los empresarios que están cerca del poder. Muy cerca, cuates.

Un poder que, sin dudarlo, se sustenta en sus propias instituciones. Un poder que se apoya en sus propias certidumbres y sus propias alianzas históricas. Un poder que se cuestiona en sí mismo: ¿Estás seguro, cuate? ¿Qué decides, amigo? ¿Bolsa derecha, bolsa izquierda, catafixia uno, dos, o tres?.

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