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La cuarta transformación de La Veros

Yuriria Sierra

Sí, la televisión y el cine han sido las grandes máquinas culturales del último siglo. Crean, inventan y transforman realidades: dan marco discursivo a la vida de las personas y las sociedades. Y la industria del entretenimiento ha sido la más poderosa fábrica de narrativa colectiva del presente (en cada presente determinado). Así, como vimos a Hollywood contarnos la Guerra Fría y al mundo post-URSS o a Televisa la paz posrevolucionaria, hoy vemos a Netflix contarnos el mundo posmoderno (y, a ratitos, pareciera, también postoccidental). Y cada país ha creado a sus propios íconos (y por lo tanto, voceros encarnados) de dichas apuestas narrativas. En México, muchos. Desde Pedro Infante o María Félix hasta la extraña fusión de ficción y realidad que ha sido para el país Angélica Rivera.
Pero en los últimos 50 años, acaso nadie como Verónica Castro. Una estrella que ha sabido brillar escogiendo estratégicamente sus cielos. A la primera generación le habló sin llamar nunca a las cosas por su nombre; porque así era entonces la televisión: oblicua y condescendiente. Y aún así, se atrevió a aceptar papeles controvertidos, con temas entonces tabú, como el aborto, a hablar del proceso de una mujer cuando toma una decisión como ésta. Empezaba la década de los 80. Y ahí estaba ella, diciendo lo que no podía decirse. El derecho de nacer, un melodrama escrito con los atajos necesarios para evadir, en cierto grado, la polémica. A la segunda generación, una que ansiaba romper patrones, que quería tumbar muros y encontrar nuevos lenguajes para nombrar su realidad, Verónica Castro también trajo una novedad: el late night show. Trajo a México un formato televisivo que, al menos en América Latina, no encontró liderazgo en ninguna figura masculina: La Vero se convirtió en la reina de la noche. Ahí estuvo ella, con sus conversaciones deliciosas y maratónicas con quien le sentaran al lado: Lo mismo con María Félix que con Juan Gabriel, una naciente estrella como Luis Miguel o una vaca sagrada como Jacobo Zabludovsky. Desvelando y haciendo reír (con esa chispa e ingenio que conserva hasta hoy) a un continente entero. A la tercera generación también le ofreció algo hasta entonces inédito: La “televisión de realidad”. Ésa que se observa a través de las cámaras, la voyeurista, la que desnuda a quien lo desea a través de sus más cotidianas nimiedades. Big Brother nos regaló a la inolvidable Big Sister: Vero Castro, nuevamente. Y a ésta, la cuarta generación frente a sus ojos: La global, la que no se ata a horarios de transmisión, la del selfie y las libertades todas. Verónica Castro llega ahora acompañada de una plataforma global, ésa que con un clic te acerca lo mismo en la televisión que en un teléfono celular, y no importa si es en la intimidad de una habitación o en un vuelo de avión. En la CDMX, Monterrey, Madrid, Buenos Aires, Los Ángeles o Berlín.
La apuesta de Netlfix y Manolo Caro es tan inteligente como la de la propia Verónica Castro. Y es que ella rompió fronteras desde décadas, siempre ha estado ahí. Es pieza fundamental de la cultura popular: Primero de nuestro país, después de lugares tan lejanos como Rusia, Turquía o Singapur. Verónica, La Veros para el continente entero, nunca se alejó de su identidad. Ha sabido cuidar todos y cada uno de sus proyectos y ha escogido sólo los que huelen a innovación.
Verónica, la Rosa Salvaje que hoy es la dueña de una Casa de las Flores, donde también habita la diversidad sexual y el consumo de mariguana. La Big Sister que hoy es la Big Mother. Verónica Castro creció, y sus personajes con ella. Quienes la vieron hace 40 años la verán a la hora que les dé la gana. Quienes la conocieron en La Movida, saben que tienen ahora 13 capítulos para decir que Mala Noche ni de chiste. Quienes hoy la mirarán por primera vez en Netflix entenderán la fuerza de su regreso a las pantallas, porque al lado de estrellas globales, como Cecilia Suárez o Paco León, se sentirán prendados de esa madre alivianada que “se las truena” con un churrito de mariguana, para lidiar con su propia realidad.
Porque su nombre ha estado aquí, en nuestra cultura. La industria del entretenimiento tiene en Verónica Castro una figura esencial de su estructura. Pocas como ella se han convertido en vasos comunicantes con todos los estratos de una sociedad. Pocas como ella han sido vehículos culturales capaces de seguir su marcha a través de varias generaciones. Verónica siempre fue una mujer fugada hacia el futuro, pero en sus propias palabras: “Yo no pensé que llegaría aquí, pero ahora se friegan y ahora me aguantan…”, me dijo en entrevista. Aunque ahora regresa para ser vista, simultáneamente, en más de 170 países a través de Netflix, esa plataforma que pareciera creada para sumar a estas estrellas: las que saben hablarles a todos los públicos, que reaccionan a los tiempos, que responden a los cambios. Hoy se viven debates que necesitan, más que nunca, de estas conexiones con la sociedad que quiere aprender, crecer y renovarse. Para eso sirve la ficción, en eso radica la relevancia de personajes que saben comunicar y mantenerse. Como La Veros. Que también vive hoy su “cuarta transformación”.

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