MINUTO X MINUTO

La Forma del agua. Un canto a la diversidad


Hay pocas películas con una narrativa tan simple y, a su vez, con elementos intrínsecos tan complejos como los de “La forma del agua”. En eso reside su éxito y profundidad.
La narrativa es sencilla: es un canto, una celebración a la diversidad. Es recordarnos que no hay otros, sino que sólo existe un “nosotros”. Es un filme que, como dijo Del Toro en una entrevista con Julio Patán, “abraza la otredad”. La abraza sin tapujos y de la forma más bella posible: construyendo un puente de empatía. Ése es el genio de la trama: uno puede ver, entre los pliegues cinematográficos, las fibras que constituyen la empatía. Ese sentimiento tan complejo, pero que Del Toro logra representar sencillamente.
El espectador se pone en el lugar de Elisa, una mujer muda que, paradójicamente, dice todo lo que hay que decir. El espectador se pone en el lugar de Giles, quien por su preferencia sexual vive frustrado y oprimido. El espectador se pone en el lugar de Zelda, una mujer negra que por su color es discriminada. Y, claro, el espectador se pone en el lugar del monstruo, una criatura que en vez de atemorizarnos nos embelesa con sus movimientos, con su inocencia, con su generosidad, y al final, con su toque místico.
Esa capacidad de colocar al espectador en el lugar del otro, se logra todavía mejor por el trasfondo frente el cual se contrastan los rasgos de estos personajes. El telón de fondo es uno cruel, que personifica el verdadero monstruo de la película: Richard Strickland, el militar que vivifica todo lo que está mal de este mundo. A diferencia de Eichmann –y de la descripción que de él hizo Hannah Arendt-, Strickland no cae en la “banalidad del mal”, no es un ser humano que haya perdido la capacidad de pensar en términos morales. No. Es un ser que ve al mundo como el terreno en donde debe aniquilarse a todo aquél que no entendamos, a todo aquél a quien sea diferente. Tiene, por así decirlo, una moralidad maniquea: todo aquél que no sea como yo, es malo y debe aniquilarse.
El mensaje central es sencillo: una dosis de empatía para un mundo cada vez más dividido. Ahora bien: los elementos que constituyen la historia son de una complejidad apabullante. El trato de la sexualidad de la propia Elisa; la historia de amor que atraviesa toda la película; las múltiples escenas que sorprenden y te mueven de la butaca; el manejo de los tiempos y de cada uno de los detalles estéticos, hacen de esta película una verdadera obra de arte. Lo único que puedo decir es que si no la han visto, vayan a verla y que ¡viva Del Toro!

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