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La fuerza del perdón…

Vivimos temerosos, inseguros, atormentados, no encontramos la paz y lejos muy lejos espera la felicidad. Abrumados por las demandas de la vida en un mundo que cada día nos hace más dependientes y sumisos a sus caprichos, arrastramos un enojo y no sabemos  por qué o en contra quién, y luego el odio se apodera de nosotros ante la imposibilidad  de no encontrar la paz y la felicidad.

Leo, analizo, reflexiono y medito sobre la riqueza de sabiduría que contiene el mensaje del libro: “Un Curso de Milagros”, de él rescato uno de los comentarios relativos al perdón: El Perdón es la Llave de la Felicidad, es el apartado, y nos dice que ésta es la respuesta a nuestra búsqueda de paz; la senda que conduce a la seguridad en medio de aparentes peligros que parecen acecharnos en cada recodo del camino y eso es lo que socava nuestras esperanzas de poder hallar la paz y tranquilidad.

Ésta idea conlleva la respuesta y la contesta a la desesperanza y la incertidumbre; la mente que no perdona vive atemorizada, y no le da margen al amor, para ser lo que es y pueda desplegar sus alas de paz y así remontarse por encima de la confusión del mundo; la mente que no perdona está triste, sin esperanzas de poder hallar alivio o liberarse del dolor. Sufre y mora en la aflicción, merodeando en las tinieblas sin poder ver nada convencida de que el peligro la acecha allí.

La mente que no perdona vive atormentada por la duda, confundida respecto a sí misma, así como con respecto a todo lo que ve. La mente que no perdona es débil y presumida, tan temerosa de seguir adelante, como quedarse donde está, de despertar como irse a dormir. Tiene miedo también de cada sonido que oye, pero todavía más del silencio; la oscuridad la aterra cada día más. ¿Qué puede percibir la mente que no perdona sino su propia condenación? ¿Qué puede contemplar sino la prueba de que todos sus pecados son reales?

La mente que no perdona no ve errores sino pecados. Contempla el mundo con ojos invidentes y da alaridos al ver sus propias proyecciones que se alzan para arremeter contra la miserable parodia  que es la vida. Desea vivir, sin embargo, anhela estar muerta. Desea el perdón, sin embargo, no puede ni siquiera concebirlo, pues ve pecado por doquier.

La mente que no perdona vive desesperada, sin la menor esperanza de que el futuro puede ofrecerle nada que no sea desesperación. Ve sus juicios con respecto al mundo, como algo que no puede transformar, sin darse cuenta de que se ha condenado a sí misma a esta desesperación. No cree que puede cambiar, pues lo que ve da testimonio de que sus juicios son acertados. No pregunta, pues cree saber. No cuestiona convencida de que tiene razón.

El perdón es algo que se adquiere, se gana. No algo inherente a la mente la cual no puede pecar. Del mismo modo de que el pecado es una idea que nos enseñamos a nosotros mismos, así el perdón es algo que debemos aprender, no de cada uno o de ti mismo, sino del Maestro que representa a tu otro Ser. A través de Él aprendes a perdonar al ser que crees haber hecho y dejas que desaparezca. Así es como le devuelves tu mente en su totalidad a Aquél que es tu Ser y que jamás puede pecar.

Cada mente que no perdona te brinda una oportunidad más de enseñarle a la tuya como perdonarse a sí misma. Cada una de ellas está esperando a liberarse del infierno a través de ti, y se dirige a ti implorando al Cielo aquí y ahora. No tiene esperanzas, pero tú te conviertes en su esperanza. Y al convertirte en esperanza, te vuelves la tuya propia. La mente que no perdona, tiene que aprender mediante tu perdón que se ha salvado del infierno. Y a medida que enseñes salvación, aprenderás lo que es. Sin embargo, todo cuanto enseñes y todo cuanto aprendas no procederá de ti, sino del Maestro que se te dio para que te mostrase el cambio.

Piensa en alguien que te irrita o con quien lamentamos habernos encontrado en la vida, alguien que se detesta.

Cierra los ojos visualizando a esa persona contémplalo un rato. Luego, trata de percibir algún atisbo de luz en alguna parte de esa persona. Algún pequeño destello que nunca habías notado. Hay que encontrar alguna luminosidad brillando a través de la desagradable que de esa persona tenemos hasta que esa luz cubra totalmente a esa persona.

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